martes, 2 de junio de 2009

Instrucciones para tomar una foto



Si contamos los segundos del día, no sólo podremos atestiguar el paso del tiempo por nosotros mismos, sino que cabrá la complejidad de definir la fotografía como el simple hecho de robarle un instante a la realidad.

 

La fascinación de la fotografía radica precisamente en la reificación del momento en franca afrenta a la ley natural de la impermanencia. Uno observa por la mirilla. Apunta cuidadosamente y trata de blindar su respiración mediante un Diazepán mental. Entonces, en el preciso instante hace “click”. Y sale corriendo con la evidencia dentro de la cámara.

 

Tener una foto de la familia en el escritorio sugiere perpetrar un vínculo. La mediación del mensaje la da el impacto y el puente significativo constituye el sustento de esa imagen como contenido de plataforma para sonreír o, ya de menos, enviar un signo protocolario.

 

El espejo que presenta la fotografía como herramienta de exploración de la realidad, pone de manifiesto el interés y curiosidad por investigarnos y respondernos preguntas tan añejas y complejas, como deducir la forma de la leche cuando una canica cae sobre ella, la arquitectura los párpados y por supuesto el dibujo magnético que sólo las nubes pueden obsequiar.

 

Y es que el principio de la fotografía subyace en la sabia administración del tiempo y el espacio, como los grandes placeres, las verdades más evidentes, y los momentos en los que parece “haber caído un veinte”. Veinte veintes.

 

En particular el tiempo viste un doble vínculo con un documento visual. Por un lado conforma uno de los núcleos constitutivos para la génesis de la foto: sea con una cámara manual o automática, instamatic o réflex, la imagen es captada gracias a un diafragma y a un obturador. Este último, balancea la luz que penetra en la cámara con base en la regulación de fragmentos de segundo de luz que impregnarán material fotosensible.

 

Por otro lado, el momento preciso en que (paradójicamente) se dispara, se hace alarde de la habilidad para captar la fugacidad de la realidad y ser mostrada en una pieza bidimensional que congela una escena.

 

¡Aquí está la fascinación! No por nada los periodistas reconocen que son las fotografías las primeras en arrancar miradas en una plana. Es por eso que a lo largo de los últimos años podrás ver en periódicos y revistas, fotos mucho más destacadas y coloridas que antes. Se trata de presentar al exiguo lector, anzuelos como ventanas de lo acontecido, que faculten una experiencia geométrica y que puedan imprimir e impregnar momentos de presencia experiencial.

 

De este modo se puede hacer una comparación de la fotografía con el flujo de la conciencia. Si por un momento se piensa la escena a fotografiar como el tránsito vital, la fotografía será el fruto del refinamiento de la atención para saber hacer "click" en el momento decisivo, como lo refería Cartier Bresson.

 

Darte cuenta que te das cuenta es una evidente oportunidad que otorga hacer “click”.

 

La fotografía es la posibilidad y prueba metafórica de que la mente puede voltearse a ver a sí misma. Este punto de partida permite que el acto mecánico que supone obturar, deje de serlo para tener una iniciativa coherente y consistente (sobre todo consciente). Después de todo, si una cámara pudiera tomarse una foto a sí misma y analizarla, no precisaría mucho empeño para obtener conclusiones que le hicieran aprender de sí. Por lo menos darse cuenta que tiene claridad para tomar fotos.

 

El arte de saber encuadrar, al mismo tiempo sugiere una estricta y rápida ponderación –sí: manipulación- y selección de aquello que se va a registrar y lo que no. Dicha discriminación es lo que construye el mensaje que guarda una fotografía tras su grano o pixel. De ahí la importancia de la propuesta: detenerte a pensar la foto antes de oprimir el botón.

 

El gusto por la foto nace del ingenio que se gesta en la producción de la misma, hasta el destino que se le dará. La investigación de cómo mejorar el mensaje gráfico, pensar en la posible mejora de la calidad de dicho mensaje y saber que –como cualquier lenguaje- la foto cuenta con signos para preparar, vestir, refrendar y ponderar un mensaje visual. Así se trate del cumpleaños de la tía peleonera. Incluso en una fotografía de registro se puede aplicar el proceso de la conciencia y de la elegancia en el diario transitar y el porte de congelar la eternidad en un instante.

 

Una foto, pues, es un recuerdo, un bookmark temporal que refiere el interés genuino por conservar dicho instante.

 

Y de pronto -y con la sofisticación de los celulares- todos nos volvimos fotógrafos.

 

Si en esa misma línea nos  hiciéramos presentes del instante (de este mismo en que lees esta palabra), ese cuadro, por sí mismo, merecería una fotografía.

 

¿Y si le tomaras una foto a tu conciencia?

 

¿Y si ella te tomara una a ti?

domingo, 31 de mayo de 2009

Instrucciones para declarar nada



El mundo, la sociedad y hasta el SAT nos piden declarar.

Lo primero que haces al llegar y dejar un país es declarar. La alfombra roja internacional es extendida con la confianza y hermandad entre los hombres que sólo pueden brindar las largas filas, los jetones oficiales y las entretenidas formas migratorias que remplazan un sudoku, la lectura de esa revista de compras inútiles, o simplemente ver por la ventana lo que parece una fantasía.

Cuando tienes el honor de pisar un Ministerio Público, naturalmente -entre todas las atenciones y protocolo de bienvenida- tendrás que declarar ante un elegante consejo.

Recuerdo cuando a los trece años uno reconocía en una declaración, que la chava de enfrente sería oficialmente una novia, o una nostalgia dolorosa. Pero sin la respectiva declaración, nada era oficial. Para bien o para mal.

Una guerra se mantiene "fría" si no es declarada, por lo que patadas, amenazas e insultos se harán veladamente y con sonrisa abyecta. Entre gobiernos como entre personas.

Si alguien decide laborar en el gobierno, a diferencia de las cabezas decisoras y líderes que no tienen tiempo para hoscos trámites (pero sí para contabilidades creativas y política ficción), deberá hacer una divertida declaración patrimonial.

Y una de las desventajas más serias de crecer, es que hay que declarar impuestos como si fuera esto en sí mismo, un impuesto a las libertades adquiridas. Probablemente cuando sea evidente que los impuestos son utilizados sabia y eficientemente, dejen de ser impuestos y figuren como la más noble expresión del sentido altruista de una sociedad. Mientras, no dejan de ser una patada en el trasero por donde se le vean.

Una declaración supone un acto comunicativo el cual no necesariamente presenta un registro honesto, cuando por naturaleza del acto tendría que ser de ese modo. Declaras porque se te pide o porque debes de hacerlo. Estás compartiendo información de un modo formal. Sueltas la sopa, vaya.

En cualquiera de los casos arriba mencionados se dan poses, oficios mentales, tergiversaciones de la realidad y por ende, usualmente se da una falta de la titularidad del espectro de la conciencia.

Bajo esta óptica, valdría comprender la magia del dictum que reza "si no tienes cómo mejorar el silencio, simplemente no lo hagas".

El lenguaje viciado por la discursividad, saturado de autoimagen proyectiva, convierte al sentido de la comunicación en retazos convencionales, saturados de lugares comunes.

La declaración de Derechos Humanos, como cualquier otra declaración, debe entrañar un consenso básico con la naturaleza de la realidad donde sustenta su navegar.

Por eso el problema del fundamento es su contenido. Y por coherencia y congruencia, mientras no se aclare la estructura y fundamentación de la propia conciencia, valdrá por el momento, refrenarse a declarar.

Esto es un sinónimo de hacer una pausa en la vida dominada por impulsos y hábitos compulsivos basados en la proliferación y literal esclavitud ante estímulos sensoriales que temporalmente nos abrigan con la idea de ser dadores de placer.

Frente a esta compulsividad envuelta en vida, puede ser legítimo declarar nada y simplemente voltearse a ver adentro. Sin pretensión, ni prejuicio, ni declaratoria alguna.

Protesto lo necesario.

jueves, 28 de mayo de 2009

Instrucciones para decir Adiós



No es una palabra fácil.

Por un lado conforma una cadena emocional de alejamiento. Por el otro se trata de una palabra cargada de responsabilidad encargada a un tercero.


“Adiós”, literalmente es la contracción de “a dios encomiendo tu alma”. De ese modo le encargas a la deidad de tu elección el rumbo de tu interlocutor, para que haga lo que le plazca, tanto al encargado, como al tutor.

Decir adiós puede ser común y muy simple, o puede significar una decisión definitiva y no por ello simple. Ya sea para salir rumbo al trabajo, o al terminar una llamada telefónica, uno puede por costumbre despedirse de este modo.

Pero un adiós puede proferir tristezas o fragmentaciones de confitura delicada para la capa más frágil del apego: la impermanencia.

Hay adioses (sin que suene politeísta o Avant Garde) que son para llevar. Parecieran bienvenir cataratas de imágenes y cavilaciones que lo último que generan es una despedida congruente a la palabra. Por el contrario, son ediciones remasterizadas de lamentaciones y telenovelas ni siquiera advertidas por nuestra parte consciente.

Hay otros adioses, pírricos y mediocres. Lambiscones (con su propia desazón) o por lo menos timoratos: Bye, Besos, TQM y parafernalia adolescente que evoca distancia kitsch y lugares comunes indiscriminados. Algo casi tan violento como mandar un beso a distancia cuando te despides en persona. Decir “Bye, te cuidas” mientras besas tu propia mano y la agitas en franca señal de “Estás loco si crees que me acercaré a los linderos de tu sucia mejilla a concluir un saludo”, no hace sino confirmar que la cultura del desperdicio y la distancia se apoderan sigilosamente de mentes desprovistas, de al menos un valor. El de la congruencia con la realidad. Sería tan factible como querer terminar una conversación en persona, buscando un emoticon para lanzarlo en lugar de la atención y elegancia de la calidez.

Tanto el saludo como la despedida tienen códigos propios. Se tratan, desde que dos se identificaron como afines, de rituales donde se intercambian sendos agentes, entre ellos, energía y respeto, receptividad y decoro.

En un aeropuerto y en una funeraria se respiran distintos tipos de adioses. Y es aquí cuando la merma emocional suele llevar consigo arrepentimiento por la incapacidad de al menos haberse despedido –ya no con profundidad- sino con actitud.

Pero uno no necesita experimentar un adiós hacia otra persona. Sobran –por desgracia- ocasiones en las que uno –sin siquiera advertirlo- se dice “adiós” a sí mismo del modo más inclemente y frívolo. Incluso cuando se dice “hola “ y en realidad se quería decir “adiós”, o viceversa. El negociar lo no negociable, o no negociar lo negociable, irreductiblemente se transforma en un adiós hacia uno mismo.

Pero hay adioses dignos. No todo es chantilly sobre oropel.
Saber decir adiós en un momento clave, y hacerlo con madurez, dignidad y conciencia, puede generar un estado de franca precisión evolutiva desde el punto de vista de la impermanencia. Reconocer que el cambio es una constante y la inflexibilidad una predicción segura de problemas y dolor, hace que tarde o temprano se blanda la ductibilidad no encontrada por ceguera y necedad egoísta.

Léase, pues, al adiós como una afilada y nada simple espada de Damocles. Igual puede comunicar y trascender como un vector comunicativo claro, como arrojar precisamente lo contrario. Además cabe la viabilidad de que sea un cortés gesto en tiempo presente que evoca un fuerte deseo por un devenir mejor.

Adiós no es una palabra fácil.
Menos aún lo que integra en su etimología y en su práctica.

Adiós.

viernes, 22 de mayo de 2009

Instrucciones para vivir como mexicano





Nadie dijo que era sencillo. Ni en este o en otro país.

Pero por lo menos en estos aciagos meses, pareciera que ser mexicano conlleva algunos pícaros grados más de complejidad.

Y es que estar en medio de Centroamérica (en ocasiones confundido con esta región) y Estados Unidos no es precisamente una posición geopolítica privilegiada, viéndolo desde aristas de migración, economía, cultura de masas y hasta sociológicas..

Pero es aquí donde vivimos y valdrá más entender la lógica de la vida cotidiana para trascender las limitantes que reiteramos y proyectamos como neuróticos condicionamientos, a simplemente orbitar por los días como window shopper en centro comercial.

Para ser mexicano, uno no sólo tiene que ser víctima de su gobierno, sino aprender a estoicamente soportarlo. Con declaraciones y rectificaciones de expresidentes que incriminan a sucesores (y luego se ridiculizan al grado de aludir pobreza mental), empresarios videograbadores y oscuros hasta el iris en posición de defensa, llegando a fugas (fiestas) de reos abiertamente cobijadas por las autoridades, mismas que se deslindan con cara y manos de “yo no fui”.

México Mágico. Todo esto, en tiempos post AH1N1. Parece que lo que muchos gritan acerca del franco estado de ingobernabilidad, pendula en una especie de administración del desorden o cleptocracia representativa, misma que es evidente, pero la soportamos y toleramos cual Pípila.

No sólo son necesarias agallas para validar saqueos burlesques, tanto de expresidentes rancheros con fincas nuevas y esposas-sanguijuelas, gobernadores maratonistas que encuentran atajos en la ruta, como miembros de la oposición que se roban hasta las ligas de los fajos de sobornos y favores.

Sí, pareciera un libreto de Alan Moore o una broma mal jugada.

El poder para el mexicano suele ser algo más peligroso que una espada de Damocles. Excedido en el ego y con iniciativa subestimada, generaciones de mafias confinan a un pueblo que parece no cansarse de que le vean la cara con los métodos más creativos y al mismo tiempo los más cínicos y burdos.

Parece ser -en otra forma del egoísmo- que mientras no se metan con la familia y la tranquilidad doméstica, pueden hacer lo que gusten.

Aguantamos tránsito vehicular que hermana la espera. Por si esto fuera poco, sabemos que los tiempos electorales dictan pautas fluorescentes, y soportamos bloqueos multizonales que contendrán por algunas temporadas el desastre urbanístico en el que nos enredamos. Pero postes y objetos disponibles al dispendio electorero, empiezan a ser cobijados con basura que todos fustigamos.

También hemos aprendido a entender policías obesos, que encuentran en parte de sus funciones, bloquear calles con los restos geológicos de sus patrullas para reinterpretar la vialidad desde sus propias córneas.

Y si no bastara, sabemos de la natural oleada de promesas de nuevas corporaciones, nuevos jefes, nuevos incentivos; pero en la calle, la extorsión, el soborno, la trampa y hasta la complicidad con cuadros criminales dejan de ser noticia por erigirse en abierta, cruel y sórdida realidad.

Una contaminación segmentada y diversificada mantiene distraída la mente por si no había suficiente adrenalina. Desde la infame sobreestimulación visual, hasta una que es sonora y ambiental, no vacilamos hasta dar cobijo con la idea mundial de haber sido padrinos del cuate AH1N1, sus caprichos y arbitrariedades globales.

La motivación laboral con trucos de empleadores para no contratar personal y no pagar lo justo, al mismo tiempo que la ineficiencia de personal dispuesto a chatear lo imposible con tal de parecer que trabaja su jornada completa, es –en ocasiones- cómicamente aderezada por sindicatos que ponen el chantilly en la escena productiva.

Pareciera que México funciona por obra de la Santa Madre y Patrona de todas las Casualidades y Milagros, misma que es honesta, ordenada, productiva, eficiente, recta, ética y altruista. Sólo así se entendería cómo un engranaje tan impedido de oportunidades, las va generando al día con esfuerzos dislocados o abyectos, pero con la congruencia que sólo una divertida y típica mística del desasosiego momentáneo puede ponderar.

Pero como buenos mexicanos, seguramente habremos de descomponer el juguete sin siquiera haber preguntado por la existencia de instrucciones.

¡Qué diablos!

viernes, 1 de mayo de 2009

Instrucciones para colocarse un cubrebocas


El miedo a un desastre hace que todo mundo responda de un modo que fortalece el desastre.
-Bertrand Russell

Fue cuando el pánico estornudó en la cara y la incógnita superó al caso Mouriño, a la guerra contra el narco y a la crisis.

Todos sabían que iba a suceder, pero no cómo ni dónde. Menos aún cuándo. El enemigo público ahora es rebautizado. No es más el virus de la influenza porcina. Tiene un nombre más táctico: Influenza A H1N1.

Y es enemigo y es público porque desató, en muchas vertientes, lo que nadie. Por un lado, la exigua cultura de prevención en México despertó una realidad tangible: las calles del DF literalmente están desangeladas. Los pocos transeúntes, con la insignia del momento: el cubrebocas.

Un ente 600 veces más pequeño que una célula, aparentemente en una granja de Veracruz, vino a evidenciar la fragilidad del ser humano.

"Témele a lo invisible, porque desconoces el tamaño y la furia del enemigo", reza un dicho popular.

Y es ante lo desconocido que operan múltiples facetas en la respuesta que damos al fenómeno, como sociedad y cultura: los rumores, las pláticas de taxi o en casa no pierden oportunidad para dudar acerca de "el teatrito éste".

La falta de credibilidad del gobierno detona que el pueblo suponga que se oculta información ante una situación alarmante, o que se trate de una ya conocida "cortina de humo".

Más que extremar posiciones en cualquiera de los polos, valdría excavar en lo profundo: ¿Por qué si una empresa particular supo del brote del virus a inicios de abril, fue hasta el 23 de ese mes que se dio a conocer? ¿Por qué el número de muertes en México es mucho mayor que cualquier otra parte del mundo? ¿Por qué brota precisamente en nuestro país? ¿Cuáles son los factores que determinaron la mutación de este virus, para poder prevenir nuevos brotes?

Hay como seguramente lo has atestiguado, información de todo tamaño, color y ángulo.

La responsabilidad y el criterio para abordar, filtrar e interpretar esa información es lo que distinguirá a una persona informada, de una contagiada por la confusión informativa.

Precisamente los rumores, la desinformación, el ego en busca de la primicia y la manifestación cultural de hacer de una tragedia una comedia (habrás escuchado la cumbia de la Influenza), han tenido un comportamiento precisamente viral en Internet.

Va a resultar interesante y no menos paradójico, cómo un sistema interconectado de información se comporta en la transmisión de información (o desinformación), de modo paralelo a una cobertura de una pandemia viral.

Y esto -información- es algo que en este tipo de crisis (sobre crisis), debe de quedar brillantemente claro para formar opinión, mantener un estado de alerta y tomar decisiones a tiempo.

Cuando un discurso oficial no es claro y específico y además deja más dudas al aire de las que pudo resolver, generará naturales rumores y diretes contiguos, especialmente ante un pueblo incrédulo por una serie de sucesos inéditos, que se quedan suspendidos en el aire, sin explicación, al paso de los años.

En este caso, diversas teorías se esparcen sin mesura: se habla ya en Internet del oportunismo de Estados Unidos y el G7 en torno a un préstamo económico; el rumor de que los laboratorios levantarían la crisis global; ideas que versan en la excusa perfecta para aplicar una política antiinmigrante completamente restrictiva; notas que hablan de un contagio perpetrado por musulmanes contra estadounidenses utilizando a mexicanos como portadores; apuntes que consideran que el virus fue creado para infectar a Obama en su visita a México.

Es precisamente aquí, donde está la cepa más peligros y donde uno debería evitar ser foco de contagio. Informarse con suficientes y robustas fuentes, asegurarse que la data recolectada tiene sustento y queda perfectamente clara, verificar y validar datos haciendo de lado o entrecomillando opiniones personales, para entonces -si así se desea- expresar una opinión fundamentada, es menester ante este tipo de fenómenos.

Por eso cuando salgo a la calle y veo a la gente con tapabocas, me gustaría pensar que metafóricamente lo portan porque saben que si no tienen una forma más elegante de vencer al silencio, no lo harán.

viernes, 24 de abril de 2009

Instrucciones para caminar por la calle





Caminar representa la generación de autonomía del ser por el hecho de poder desplazarse sin limitación aparente.

Unos lo hacen como si se arrastraran cargando tres cruces en la espalda. Otros no quitan la vista del pavimento. No faltan los jorobados ni las que bailan zumba. También habrás visto los que tienen tal prisa que ni tiempo tienen de caminar.

Caminar es un acto orfebre. Es blandir el piso con presencia. Conectar con el tiempo presente y permitir que éste transmita en nosotros su porte.

Hay formas y episodios del caminar. Está el optimista que arrastra

Nadie te obliga a caminar ni a hacerlo como lo haces. Esto remite necesariamente al concepto de libertad. Desde una garantía social, como la libertad de tránsito, hasta la libertad de culto e incluso la de pensamiento.

Si caminar supone transportar tu propia biomasa de un lugar a otro con genuina voluntad, indica también libertad de poder hacerlo gracias a la propia elección de la dirección y velocidad.

Pero esto no es más que un señuelo. Basta un ejemplo. ¿El enojo en nuestro comportamiento, es algo común? No se requieren de estímulos complejos para disparar un episodio de enojo en la cotidianía. ¿Y como cuál crees que sea la metodología para volver generalizado el recurso del enojo en tu vida diaria?
Esto es, ¿cómo se cultiva o perfecciona el enojo? Practicándolo.

Mientras más lo reiteras, más espontáneamente emerge, puesto que estás reiterando impulsos mentales que gracias a la fuerza de la habituación y familiaridad, se solidifican y perfeccionan en ti, quedando latentes para la emerger en la ocasión menos sospechada.

De un impulso aparentemente insignificante, por medio de la reiteración, nace una tendencia, misma que al ser replicada se convierte en un hábito. Pregunta: ¿cómo han llegado los hábitos que tienes a tu vida? Practicándolos, naturalmente.

Toda la serie de condicionamientos -como el enojo- que en nosotros operan de forma automática y a través de la cotidiana e instantánea replicación, hace que emerja el cuestionamiento de si en realidad somos libres.

Libertad sería, más bien, estar presente en la vida, ausente de estos condicionamientos y hábitos inconscientes, pero recurrentes y adheridos.

Por eso no habría como caminar con lo que creemos qe es libertad, enfocando los procesos que verdaderamente limitan dicha libertad. Para neutralizar un hábito, no hay más que conducir el proceso en sentido inverso: por medio de la reiteración, la familiaridad y la práctica, desarrollar impresiones mentales, que deriven en tendencias, y éstas a su vez, en hábitos.

Caminar así hará que despliegues todo el candor de tu persona mientras te transportas de un punto A, a un punto B.

Si bien dicen que hasta en el caminar uno emite un caudal inimaginable de mensajes, la posibilidad de hacer esto de un modo consciente, haciendo presente el momento de instalar un pie en el pavimento y luego el otro, junto con la postura y la respiración, se vuelve una posibilidad real para atestiguar y rehacer hábitos.

jueves, 16 de abril de 2009

Instrucciones para sacarse una muela




Lo más simple sería pedirle a algún enemigo cercano que te pegara, pero es tan burdo y potencialmente poco preciso, que a pesar de querer dibujar una sonrisa en tu enemigo favorito, vale más recurrir a un dentista, que al especialista.

¿Para qué sacarse una pieza dental? Por algo está dentro. Técnicamente es ir contra natura. Las ideas progresistas que embalsaman la sala de espera no hacen sino volver un padecimiento extra la cita, porque ya estás en el consultorio.

Es como si en la plataforma del bungee pidieras que te bajaran por el elevador.

Los sonidos arquetípicos de un consultorio dental están hechos para ahuyentar espíritus y seres humanos. De ahí que parezca que los dentistas sean una especie diferente. Una que sólo ella pueda empuñar un objeto que genere un ruido tan estertor como el agudo "rrrrrrr" por todos conocido y temido.

Los dentistas tienen bien preparado todo. Su instrumental al ojo de cualquiera intimida al más sarnoso abogado. Es una especie de Tzompantli mexica. Cráneos dispuestos en la frontera para advertir y disuadir.

El reflector mediante el cual el dentista revise el opérculo bucofaríngeo debió ser igualmente elegido con toda provocación. No puede ser cualquier lámpara. Debe ser una que el paciente, en su loca pericia por desviarse de su ansiedad, sea traído de nuevo a la sala del Cabo Castigo.

Un consultorio dental tiene olores fusiformes. Por un lado suele estar impecable (levantad sospechosismo todos), y por otro, la imagen de la multiplicidad de seres con colecciones de dolencias y tratamientos, hace que el rabillo del ojo esté atento a la cornisa más oculta.

Uno puede seguir coleccionando inéditas postales de los aparatos sin caer en cuenta que algo pasa tras bambalinas, cuando el dentista pide que abras la boca.

Es groseramente obvio. En la mano que esconde, o trae un mazo, o el modelo más temido de jeringas: ¡la de metal con orificio para el pulgar!

Como cuando te meten a una patrulla, ni tiempo tuviste de decir "soy inocente", cuando experimentas el piquete en donde nadie debería experimentar un piquete.

Ahí está de nuevo Anestesia. Baila con los recuerdos y no deja de restregar su tacón en la encía. Hasta que sale y con él, la certeza de jamás regresar con un dentista.

Pero las nuevas determinaciones de vida aún no cesan, cuando te percatas (con el mismo parlanchín rabillo del ojo) que viene una segunda carga de anestesia.

Apenas levantas el índice para entonar la reclamación formal, el dentista te taclea en el asiento, inhibe la protesta y conecta el segundo arpón del día.

Eres Moby Dick conquistado. Han ultrajado la boca y cualquier palabra que salga será anestésicamente indigna.

Como trapo adolorido, recuerdo -en un recorrido frugal- que la anestesia curiosamente es para que no duela el resto del paquete.

Y ya en la diligencia, la escena abre con un fúrico doctor tomando las pinzas como valedor de taller de talachas, forcejeando con el cárter -lo que se puede interpretar, mi muela-.

Jalones que ni mi madre me puso al no saberme el vocabulario. Estirones para los cuales Richter y Mercalli no conocen métrica.

Y cuando los crujidos comienzan a aparecer, el ritmo cardiaco y la sujeción al asiento son vigorosos y en franca pelea vital.

Cada crujido -por lo visto- es una señal del público alentando al dentista. Su emoción y violencia para maniobrar el arte de la pinza se hace lucidor, hasta que con un sudor frío que ni él ni yo podríamos describir, retira la pinza de la boca.

Parece ser niña. La raíz es delicada y aún tiene sangre en los bordes. Ya la quiero.