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sábado, 4 de junio de 2011

Instrucciones para leer unas instrucciones


Hay quien tiene la gallardía, pero sobre todo el tiempo para permanecer estoicamemte hincado y tener en el suelo, frente a sí, la siguiente escena (forense): una caja abierta, con importantes y tribales rasguños, despojada con primitiva ansiedad del moño y cuantas capas geológicas de papel se hayan interpuesto entre tu humanidad y la diversión.


El producto en cuestión junto a la caja, llámese computadora, iPod, cuelgatoallas para hacer ejercicio, rack para zapatos, tele, compu, licuadora, cuna, arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, medicina, o gadget de la naturaleza que funcionará (por un ratito: en lo que llega uno más nuevo) para el género que sea.

Y uno, absorto frente a la caja, arrodillado, con lentes para ver de cerca, un té, resaltador amarillo y libreta para tomar puntuales notas de las instrucciones del aparato en cuestión.

Nada más ficticio (y nerd). Uno debe romper, descomponer y desahuciar el producto, antes de acercarse al manual. Eso debería de obrar en amarillo, gigaBold y 80 pts en la primera página de todo instructivo.

Desde niños nos enseñan a patear y romper las cosas antes de aprender a usarlas. ¿Por qué deberíamos guardar recato ahora que tenemos aparente uso de nuestras facultades?

Y otra preguntita: ¿Para qué perder energía y encanto del nuevo gadget que tienes en las manos, en chutarte 240 páginas de nanoletra , si puedes 'picarle' para ver cómo funciona. es más fácil. Más burdo. Más divertido.

Este arte basal de 'picarle'  al artefacto, entraña la mexicanísima concepción de privilegiar -qué va- honrar el método empírico y aplicarlo en todo aquello que se deje: juguetes, electrodomésticos, muebles, parejas y hasta con el cuerpo mismo.

Por ello, leer las instrucciones es para nerds, para clavados, para ociosos o para ansiosos que buscan una solución a la gracia perpetrada traducida en desperfecto o fractura.

Velo así: hoy son pocos los productos que ofrecen instructivo detallado con el producto. Los jetones directores de marca a priori saben que es pésima idea meter un librucho en donde sea. Casi como meter una señal del diablo. Por eso es mejor subirlo a un sitio web (que tampoco será pelado) o puesto el proceso en tres rápidos y esquemáticos pasos en una hojita de papel.

Sobre todo si se parte de la idea de que un producto ahora debe ofrecer la condición de tener que ser intuitivo. De otro modo, habrá que leer el instructivo. Y como eso cuesta trabajo y demanda esfuerzo, no sirve.

Antes, los instructivos hasta para un Hot Wheels, eran manuales. Ahora los manuales de procedimientos son quick fact sheets. No tenemos tiempo. Mucho menos que antes.

La tecnología ha incumplido su promesa, y nosotros seguimos lamiendo sus digitales botas: Se nos hizo creer que con ésta, haríamos las cosas más rápido y mejor para ahorrar tiempo. ¿Para qué? Evidentemente sería para agregar calidad de vida a la misma.

Pero efectivamente hacemos las cosas más rápido para que al terminarlas hagamos más o pongamos a girar la rueda del hámster con las redes sociales y otros señuelos. Pero la calidad de vida por el subsuelo. ¿O cuentas con más tiempo que tus abuelos?

Para ninguna de estas redes sociales se requieren instrucciones. Sería lo peor que pudiera sucederles. Invitar e incitar a leer a la gente y con ello comprender procesos para eventualmente cuestionarlos y reimaginarlos.

No. Eso no es lo que busca ahora la gente.

Eso está out.

viernes, 6 de mayo de 2011

Instrucciones para decir una mentira

Por mentiroso que suene, el día está plagado y plagiado por mentiras. Mentiras blancas, mentiras piadosas, mentiras de mientras, mentiras obligadas, mentiras por ósmosis, mentiras sin querer, mentiras automáticas (o autómatas), mentiras al fin.

¿Cuál es el afán de mentir? Probablemente se logre un cometido transitorio que repercutirá (sin mentir) como efecto causal y del cual, uno sorprendido se pregunte: "¿Y por qué me pasa todo esto a mí?". Uno miente por inseguridad.

¿Será que este actuar está incrustado en la naturaleza humana (y mentirosamente lo intentamos negar)?

Hay personas a las que les sale tan florida una mentira, como aquéllas a las que se les escucha delicioso cuando lanzan una palabra altisonante. ¿Será que el mentir es una técnica para la cual uno se entrena (diariamente)?

Me llama mentirosamente la atención que el primer mecanismo de defensa con el que cuenta nuestra (especial) especie, sea la negación: una mentira soslayada como un procedimiento rutinario e instintivo.

Para saber que se trata de una mentira hay que conocer la verdad. De lo contrario, estos dos conceptos serán entes irreconocibles en una pecera ahumada.

Sería, por esto, revelador hacer un conteo diario de las mentiras que escapan de la laringe, sólo como dato. Por ejemplo, en alguna ocasión con mis alumnos universitarios hice precisamente este ejercicio.

Les pedí que mantuvieran presencia mental durante todo el tiempo que pudieran durante una semana (en realidad ese era el reto) y que detectaran el momento en que "tenían" que mentir. Una vez acontecido esto tendrían que levantar un reporte de lo experimentado en toda una semana y lo más padre: se tenían que pintar y retocar (en el miserable y poco probable caso de que se bañaran) una rayita en la parte anterior del brazo, por cada mentira proferida en esos siete días.

- Es que vamos a parecer presos, intentó escaparse uno.
- Precisamente eso es lo que somos, de las mentiras, sugerí.

El caso es que a la semana llegaron a clase, misteriosamente todos, con su camisa arremangadita. Quien más rayitas traía era una chava que apenas mostraba seis.

No sabría decir qué se veía más fresco: la tinta o sus rostros. Pero algunos meses después, me aceptaron que habían olvidado hacer el ejercicio y curiosamente mintieron en su ejercicio… detector de mentiras.

Para soltar una mentira hay que ser, o muy bruto, o muy ingenuo: deberás poner cara de absoluta fiabilidad (el proceso se dificulta porque evidentemente es algo que ni tú te crees). Simpáticamente tendrás que hacer que te crees tu mentira y hasta construir estratégicas y calculadas submentiras para respaldar la inverosimilitud de la original.

Habrá entonces que controlar el trastabilleo, el movimiento telúrico de las rodillas, las manos y la quijada. Tendrás que comprarte un cuadernito para apuntar tus mentiras y de ese modo poder administrarlas: ¿A quién le dijiste qué y cuándo? Y por supuesto, habrá que mentir al respecto de la naturaleza de dicha libretita.

Mentir es realmente fácil, lo difícil es asumir responsabilidad sobre esto y optar por una vertiente de verdad.

Desgraciadamente lo que no se conoce no se desea.

sábado, 19 de marzo de 2011

Instrucciones para guardar toda proporción



La vida puede ser concebida como un neurótico tránsito de balances e imbalances.

Y probablemente uno de los asediados trucos sea, precisar proporción (no necesariamente balance) entre estos dos.

La proporción exige perspectiva y sentido de ponderación entre dos puntos. Pero todo se colapsa cuando entre esos dos puntos estas tú como agente observador.

Heisenberg planteaba que el observador afectaba la realidad con el simple acto de percibirla. Con este tipo de argumento, la proporción pierde curiosamente  perspectiva al retar decididamente los puntos A y B que afanosamente hay que comparar.

¿Por qué (y para qué) nos ha de costar tanto entender una proporción si estamos manufacturados bajo cualquier tipo de éstas?

Por ejemplo, de acuerdo a la Proporción de Fibonacci, si mides tu estatura en centímetros y la multiplicas por 0.618, tendrás la cantidad de centímetros también, que debes contar desde el suelo hacia arriba en tu cuerpo y que apuntarán a tu punto 'áureo'.

Esta simple forma de medir qué tan proporcionado es tu cuerpo, es la gran carencia en la forma de conducir tu dirección de pensamiento.

Basta imaginar una métrica que apunte al silencio instantáneo cuando una espontánea brutalidad escape de tu opérculo bucofaríngeo, para aplaudir el dispositivo.

El punto es que no hay punto. No puede haberlo cuando la visión desproporcionada por condicionamiento natural altera la percepción y con ello el sentido de realidad.

¿O es proporcional tu ego con la capacidad de, al menos, percibirlo?

El ego se tiende como la desproporción de cualquier medida. Si te das cuenta, desde el tropezón en el que te torciste todo, pero cuidas el sigilo para que nadie te haya cachado, hasta el incansable ejercicio de no observar ninguna otra posibilidad, más que el 'para mí' tiene a este planeta en una cruzada contra sí mismo. Fuera de cualquier proporción, sea de higiene mental o de sentido común.

Por eso ser proporcional tiene la gracia de pensar la realidad de modo geométrico y no aritmético. Con volumen, con gracia, con sazón y plena consideración de la otredad es como la legítima proporción se acurruca ronrroneando el momento.

La proporción entre el ego, la dispersión y la inconciencia es suficientemente grande como para ser percibidas como desproporción en la mente cotidiana.

Por ello sería muy honesto y útil decidir si mejor guardas tu proporción y con ella el respectivo silencio que, después de todo, es un privilegio y no una obligación.



lunes, 28 de febrero de 2011

Instrucciones para adoptar una costumbre



La pobre no tiene tutor ni tutorial. Tal vez por eso sea contundente su atracción.


Te acostumbras a la comida fría, al  respondón en público, al intermitente Territorio Telcel, a escuchar y procrear mentiras, a sobrellevar tu vida… menos a no comer y a dejar de ser víctima de acostumbrarte a algo.

Se necesitan 21 días para cobijar a una de estas pobres, y para llamar la gravedad del peso de su orientación basta un instante.

En esas tres semanas se gesta una organización de comités de acoplamiento de hábitos, no necesariamente con un corte democrático.

La tiranía del impulso condicionado es el verdadero incubador en esta cuna de adopción. Mece al recién pensado con rostro de insana ternura en tres tiempos: uno para embelezarlo con inconciencia, otro para dormirlo festivamente y otro para proyectarlo con normalidad por los días venideros bajo el más astuto síndrome de adecuación. O sea, para hacer de cuenta que no hay cuenta, porque a no tener cuenta es a lo que te estás acostumbrando con el simple hecho de acostumbrarte a lo que sea que te estés acostumbrando.

Pero sin rima peligrosa ni acento extraterrestre, vale poner el tentáculo ahí: cuando te acostumbras, pierdes cierta cualidad humana.

Piénsalo en términos de un beso. ¿No es patéticamente execrable ver cómo un par de esposos se despiden lanzando un besito por el aire? ¿O qué tal cuando te ponen a modo de “Ahí te ves” un cálido y apreciado “Besos”? Por favor, cuando te hagan esto, responde de inmediato con la pregunta “¿Cuántos?”.

Acostumbrarte a cualquier costumbre no puede terminar nada bien. Sea a los golpes o a los cariños, esta costumbre termina elaborando facturas difícilmente pagaderas en una sola exhibición.

Para acostumbrarte a algo lo primero que hay que hacer es rendirle culto a la zona de confort. Permitir qie el día gobierne la sorpresa y que la rutina se transforme en ley absoluta. Poner cara de zombie o de güey (es lo mismo, pero una tiene un grado mayor de sofisticación) es mandatorio. De nada te servira acostumbrarte a lo que sea si no demuestras tu hipnótica adicción a la complacencia por ceder tu vida sin intereses (en cualquiera de sus sentidos).

Por ello habría que abrazar esta adecuación con el mayor sentido de onanismo y hacer a un lado cualquier pusilánime posibilidad de generar frescura de pensamiento para comprender con ello que la llave se llama instantes de conciencia. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué consecuencias?

Mientras no haya respuesta, no habría por qué (ni para qué) acostumbrarte a desacostumbrarte.

sábado, 19 de febrero de 2011

Instrucciones para abrir (y cerrar) los ojos



Hasta en el magro asunto de cerrar los ojos existe una veta con capas geológicas a investigar. E instigar.

El aleteo sutil que precisa ser el parpadeo lleva a un automatismo que, como todo proceso automatizado, paradójicamente se deja de observar y se gesta con la misma destreza con la que un contador saca una básica y eficiente suma fiscal.

El objeto ya no es pagar un deber, sino ver cómo se toma un atajo, se saca el mejor partido y se aprovecha de la situación contable. Muy parecido que con cerrar los ojos.

Si con esa maestría y artimaña se decidiera dar cabida a la espaciosidad de la atención en algo que puede ser instantáneamente misterioso y común como el parpadeo, la oportunidad de realmente ver se daría, precisamente, en alta definición independientemente de que estuvieran abiertos o cerrados los ojos.

Con recapacitar un momento se entiende que los ojos siempre están abiertos y lo que se abre y cierra como válvula de filtraje en relación a lo interno y lo aparentemente externo, son los párpados.

He visto párpados tatuados con un dibujo de un ojo y lo que de inmediato pienso es el afán por observar, por inteligir y decodificar, por encima de guardar la vista para uno mismo. Pero si en este último actuar reside la capacidad de comprensión del método y el proceso, se comete un grave error a nivel civilización, al pretender dirigir con primaveral onanismo la atención hacia afuera y querer comprender la realidad con el método externo como base y resultado.

Si en efecto se tratara de lubricar el ojo, basta pensar que esa leve, inmediata oscuridad y breve revisión de la ventana interna (algo mucho más real que cualquier reality check) es lo que en realidad lubrica eso: la ilusión de la realidad. La capacidad de creer que lo que desvela y permite un par de párpados es the real thing. Tan real y tan thing , que ni siquiera reparas en cualquier otra posibilidad.

Parpadear no tiene mucho sentido fuera de ese lavado y engrasado inmediato. ¿Qué pasaría si el proceso mecánico fuera a la inversa? Es decir, que constantemente hubiera visualización interna y de vez en vez se accediera a abrir el ojo, como para saber que lo que sea que hay allá afuera está condicionado por el mecánico accionar de la percepción, detonada y sagazmente manipulada por todo tipo de filtros emocionales e histórica y contextualmente condicionados?

Por ello, parpadear es más arquetípico que funcional, si es lo que quieres. Quien pueda contar sus parpadeos diarios recibirá el premio de estar alerta. Quien pierda la cuenta tampoco importará si lo que hace es capturar la esencia del ejercicio. Quien parpadea como si fuera una obligación, de ese modo transita por este suelo (que debería ser para él, subsuelo).

Parpadear es algo tan minúsculo y pasajero que seriamente pone a discusión el concepto y validez –sobre todo vigencia- de ‘Ahora’.

lunes, 14 de febrero de 2011

Instrucciones para tener más followers


Si algo hay que dar crédito a la Web 2.0, es que su espíritu voraz y ventajoso no tiene límite.
Piénsalo un momento: en la Web 1.0 el editor era el responsable de los contenidos de los sitios y el lector, de algún modo se quedaba inmóvil, al borde de la pantalla con toda la pasividad que puede generar una lectura.

Para la versión 2, esto cambió. Imagina la red (al más puro estilo Farmville) como una parcela de campo donde el dueño permite que entre quien quiera para que la siembre y la cultive. El morbo, la curiosidad y las ganas de compartir miradas a otras tierras será el punto de gravitación, pero al final del día, el dueño de las hectáreas será quien lucre con lo que otros producen. El público es el generador y consumidor del contenido y el dueño no mueve un dedo.

Era lo que le faltaba al absurdo para que esta época lo adoptara como badge recién adquirido en Foursquare. El ego y el ocio instan a que se ventile la comunicación del modo más volátil posible. 140 caracteres. Unos cuantos segundos. Salir del anonimato y volverte trend topic. Hacer grupos y regodearte como fabricante de algo que es intangible. Estar enredado. Literal.

La vida en la red es lo más parecido a verte como araña. Tejes varios filamentos que bien podrán operar como obstáculo, y requerirás múltiples brazos y ojos para poder revisar tus cuentas y cuentos.

¿Qué twiteas para ganar aprecio en la Red? Hay quienes deciden generar una bitácora de su día, en respuesta obvia de que no hay quien lo escuche. Hay otros que optan por revelar que está desayunando un kiwi como dato quintaescencial para el desarrollo de la civilización. Y en teoría la herramienta está ahí para que compartas al mundo la respuesta personal al “¿Qué está pasando?”

Naturalmente, en la medida en la que parezcas más inteligente, más irónico, más sabio y más oportuno, será el grado en el que consigas más followers en el holográfico mundo donde un follow es el nuevo abrazo.

Para que alguien te siga (a menos que hayas estrenado la loción que te regalaron en Navidad o seas Mubarak sin escoltas), requieres tener algo de valor. Y ese es precisamente el punto: en las redes sociales vales con una métrica más cool, lo que permite que nerds y geeks estén mucho más emocionados que el verdadero cool análogo.

Ahora tu reputación se mide en cuántos pelados siguen lo que sea que tengas que decir. Sea tuyo o pirateado. El chiste es que parezcas inteligente, cool, único o gracioso. De este modo quien te siga tendrá un texto que copiar o piratear para buscar que alguien más lo siga.

viernes, 28 de enero de 2011

Instrucciones para ver la Luna



It may be that the old astrologers had the truth exactly reversed, when they believed that the stars controlled the destinies of men. The time may come when men control the destinies of stars.
-          Arthur C. Clarke


Lo primero sería saber que de ninguna manera podríamos verla sin que ella deseara ser vista.
Esta anuencia vuoyerista colma y calma cualquier ansia astronómica o meramente anecdótica que pueda emerger en el público cautivo.

Para ver la Luna en serio hay que convertirse en cuerpo celeste. Esto es, encontrar un espacio reservado exclusivamente para apostarse sobre la plataforma de la hipnosis y poder recorrer -delinear una vez más- el perímetro luminoso de dicha incandescencia. Unir los puntos y saber que no habrá fin numérico, si es que estamos hablando de números imaginarios, que serían los únicos que podrían dibujar la Luna.

Me resulta inexplicable acostumbrarse a no voltear a ver hacia arriba. Es sinónimo perfecto de aceptar al mundo en su versión más ramplona y contentarte con su desasosiego.

Tal vez para eso existe el cielo: como un recordatorio de la intangibilidad, pero accesabilidad de una realidad distinta a la que es percibida por estos cinco limitados (y también ramplones) sentidos.

Sin necesariamente hacerlo, pero febrilmente querer aullar cuando ni parpadeas frente al disco, a la uña recortada o al cuarto creciente, a la sandía gris, al conejo apenas perceptible, el espectáculo es el más impactante que un ser pudiera presenciar y deberían arrestar por no voltear a verla - al menos diario-.

Parece tan cotidiana, tan frugal y urbana, que hasta la adaptamos a nombres y apellidos, a marcas, espejos, tiendas, canciones y la asociamos con creencias de cualquier tipo de suceso en principio incomprensible.

Para ver la Luna tienes que saber que te provocará lo que precisamente traes dentro, como una proyección fidedigna de cualquier emoción o falta de esta, en una refinada versión de un intempestivo buffet experiencial y testimonial.

La noche boca arriba se tiende sin penumbra como lámpara velada en lo alto de la pared más alta que encuentres. Las poleas invisibles que sostienen y juguetean con las estrellas, que tan cómodamente se balancean para asombro del respetable le han puesto un caballito de tequila a la misma noche. ¿Quién hubiera pensado que la Luna lo iba a tener todo tramado?

Un vacío que se instala entre el (celeste) cuerpo y el cuerpo (celeste) no alcanza a dimensionar ni la magnitud ni el desmayo que de modo lógico generaría.

Así, con un halo, verde, roja, panzona, pellizcada, cacariza o escondida, la Luna y su origen, enigma apenas explicable por medio de mitologías o síndromes de adecuación se tiende como perfecto post it a la vista de todos, como para recordar constante e insidiosamente que no hay cómo creer que todo esto es “normal”, rutinario ni oblongo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Instrucciones para poner freno de mano al año


Recuerdo que los años se iban escandalosamente rápido entre onmásticos torcidos y dedos artríticos. Sabía de lo escurridizos y reptantes que son para hacerse pasar por semestres y hasta meses, pero la contabilidad creativa que supone el trayecto del punto A al B del día de un modo hurañamente mecánico los convierte en constructo residual de lo que tendría que ser una vida.

Un año es una ideación artificial. ¿Quién dijo que tendrían que ser 365 días los recovecos que le caben a este placard? De ahí que el desencuentro con las cifras y las categorías permitan ver como endeble hasta la cantidad de años que uno posee (esto es donde se pone bueno esto).
Pero un año en retrospectiva no es otra cosa más que el reflejo de un día y de una vida, sin mayor vuelta ni peritaje. Lo que uno confecciona y destroza suele ser cíclico y encuentra patrones que difícilmente se resisten al vistazo panorámico.

Así como en un año pasan muchas cosas, la melancolía por terminar un ciclo (que no es necesariamente digerirlo) otorga la posibilidad de turistear en la alfombra roja de la conciencia y valorar si en el fondo, dicho ciclo merece ser eso o puede desdoblarse en otra cosa. Algo que resulte nuevo, poco evidente y al menos, lo suficientemente lejano a un aburrido y pusilánime caminar del punto A al B.

Nacer, crecer, reprobar un examen (o una colección de ellos), idiotizarse con videojuegos, muñecas y luego novios y novias, casarse, reproducirse, ver la tele , trabajar como insano y morir parece ser lo suficientemente entretenido como para quedarse en una guardería toda la vida.

Por encima supone ser un reto, pero ante la incuestionable e irresoluble duda de lo que esto pueda significar para un próximo evento, se opta por el inmediato plazo: “total, de algo me he de morir…”.

Uno manda correos, cadenas y palabras con el menor empacho ni emoción deseando “lo mejor de lo mejor” sin siquiera entender lo trillado y absurdo que eso puede ser. Pero se queda tranquilo por haber cumplido la tarea moral. En esas líneas, en esas palabras corre una importante carga de lo que se es y lo que se transmite no es otra cosa que una extensión de sí.

Y en este reto significativo los conceptos y sus designaciones pululan como felicitaciones de Año Nuevo que en un instante se convierten en felicitaciones de cumpleaños, de bodas y de recuperación por la enfermedad mortal. La fugacidad de este juego es tan hipnotizante que no permite reparar en ella.

Un freno de mano podría ser optar por acariciar el punto A y el B y patearlos como una lata de 
refresco imprevista. Desnudar cualquier ruta programada que tenga que ver con satisfacer nece(si)dades impuestas que tengan como fin cumplir el rol familiar, social y del ego que sólo puede asegurar una insana competencia estresante y una abierta herida autodestructiva por complicar lo que de por sí es simple y fundamentalmente transitable.

Los seres humanos nos complicamos tanto las cosas, que hasta hemos privatizado el agua, misma que para ser bebida, se paga más cara que la gasolina, aunque ésta última no quiere quedarse atrás en esta carrera. Lo que supone ser una civilización encuentra en guerras domésticas, civiles, frías y de las galaxias, la llave para embrutecerse de poder y luego no tener idea qué diablos hacer con él.

En un año pasan muchas cosas.
Que no pasen inadvertidas es por lo menos, un tremendo y poderoso avance.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Instrucciones para no sentir frío




Sin pagar boleto, el frío entra por los pies. Y al parecer el formato idóneo para darle la vuelta es reinventar el mismo concepto del diagnóstico climático. 

El clima es, por su parte, la mejor excusa para curiosamente romper el hielo. No importa ser burdamente evidente y ante el sudor multitudinario preguntar a alguien: “hace calor, ¿no?”. Como si la respuesta fuera la merecida: “De ningún modo. Lo que sucede es que eres único y excepcional, y todos nos estamos congelando de frío, pero tu excepcional presencia hace que nada más tú distingas este calor, por lo agraciado que eres”.

Hay climas para todo y para todos. Recuerdo lugares y parajes donde hacía un frío endiablado que estaba acidulado por un vientecillo más canijo que cualquier travesura celestial, pero al mismo tiempo estar tirado viendo estrellas, y por lo mismo, olvidar con propósito dicho frío.

De aquí desprendo que el maquillaje de la sensación es sólo eso, como cuando un soldado olvida un dolor de muela al ser encañonado por un enemigo. Pero el enemigo sería la ausencia de tal para sobredimensionar cualquier espectro sensorial que tenga como finalidad rendir tributo a la importancia personal bajo la excusa natural del “yo siento”.

Frío o caliente, son dimensiones de las cuales difícilmente podremos tener certeza en torno a su origen y presencia. Son factores endógenos y relativos, así tengan una métrica, igualmente relativa. Y esto lo apunto a propósito de la frialdad con la que se puede tomar un hecho como el mismo frío, que podría ser restituido como emblema o calcomanía accesoria en este vehículo de realidad, sin observarse como un determinante que opera incluso, en torno del humor y del capricho gritado: “Tengo frío y no me pienso mover el día de hoy”.

¿Y como por qué dos latitudes exclusivamente: frío-calor? ¿Podrías imaginar otras dos, como puntos cardinales o unos 23, en donde se puedan distinguir distintos campos sensoriales asociados a la temperatura? ¿Y será por el hecho de no imaginarlos, no conceptualizarlos y no enlazarlos al espectro de receptores que lancen la información electroquímica al mando que designa conceptualmente, que no existen?

Porque de ser así, el frío puede ser cualquier otra cosa. Sólo se percibe, pero ya no se designa. Y en este frente habrá oportunidad de tomarlo, abrazarlo, adorarlo u otorgarle total potestad para que haga con nosotros lo que le plazca.

Frío, frío, frío… Pareciera que estamos fríos en torno a este encuentro, y nos vamos fríos de aquí, sin pista alguna. Sin embargo, la voz en off que dice “tibio”, es la misma que está tiritando de frío y parece estar engolosinada y absorbida con el simple hecho de tiritar.

Al ser un diagnóstico, indiscriminadamente queda puesto como una percepción subjetiva. Pero alternar la visión de querer definirlo todo por una necedad opera en contra de uno mismo. Por eso lo más natural es dejarlo ser. Algo que no necesariamente parece (ser) natural.

Eduardo Navarrete
@elnavarrete

sábado, 30 de octubre de 2010

Instrucciones para replantear (casi) cualquier cosa



No existe el presente; lo que así llamamos no es otra cosa que el punto de unión del futuro con el pasado

-Michel Eyquem de Montaigne


La vida se escurre en cualquier cosa. Sea una necedad (necesaria o innecesaria), pero se va, se esfuma en ganarse la vida sin reparar si le sumas años a la vida, o vida a los años.

Cualquier cosa tiene como característica la capacidad de ser delimitada. Cualquier cosa opera como referente y conversación. Cualquier cosa importa como importa un recuerdo no obtenido acerca, precisamente, de cualquier cosa.

Hasta hace unos días, el único recuerdo de la oportunidad  para repensar algo era algún recuerdo que de gorrón pisaba el lobby mental, tan despreocupado e inerte como su padre, el hubiera.

Para escuchar el pasado hay que sincronizarse con él. No hay peor error que escuchar un acetato en las revoluciones erróneas. Si piensas tu pasado con la perspectiva del presente, las memorias crecerán como enemistad de lo que pudo ser y sus fantasmas gobernarán las noches del futuro.

La reminiscencia de un tiempo que no es ahora trae por resultado el aroma costumbrista de pudrirse a sí mismo (y a sus congéneres) en un acto más bien discursivo y aéreo, prófugo de lo único que en realidad está aconteciendo: el presente.

Bajo esa premisa sería tonto repensar algo.

Pero si se repiensa esto (o algo) y se entiende que ser y tiempo son exclusivamente conceptos que utilizamos para designar algo que no necesariamente tienen la delimitación que concebimos, estaremos ante un problema que ni Heidegger imaginó: voltear al pasado carecerá de importancia, del mismo modo que asomarse al futuro. Y en este caso, el presente dejaría de existir como se entiende por ser el único tiempo conceptual tasado en sucesiones hiladas y no siempre provistas de atención a sí mismas.

Por ejemplo: Si existiera el presente, ¿cuánto dura?  Pero lo que se concibe como presente es una desaprovechada circunstancia que pudo ser y ni siquiera se entendió cómo. Perseguir la añoranza o la expectativa nos hace más brutos de lo que pueda pensarse y pone en entredicho la razón de ser de uno.

¿O hay plena conciencia de que se está desperdiciando la misma para repensar cómo se extraña al ‘ya sabes quién’?

Replantea el tema. Revisa el contexto. Recurre a la locura (toda locura tiene un método, según Shakespeare). Revuelve los consejos. Resume todo concepto. Estíralo e ignóralo, ya que se trata de un concepto, de un juego, de un efluvio. Revisa las consecuencias. Revive lo no ocurrido.

Replantear la instrucción parecería tanto como oprimir pausa y en slow motion buscar el momento que indica el sustento anímico como para agregar el "re" sin temor a la represalia egoíca que tiene que venir como el grito sigue al manazo.

¿Qué otro regaño puede aparecer en este cuadrilátero, que el del apego a un momento bañado en Chantilly y chispas multicolor, digno de ser enmarcado por todo tipo de arquetipos?

La remembranza impide la claridad. Si bien la palabra "recordar" tiene que ver con la palabra corazón, el mismo corazón -por medio de su diario accionar- registra la función de la concentración en Justo-Este-Momento como elemento no negociable en este tránsito vital.

Tal vez por eso no se pueda repensar, sino recuperar. Especialmente tiempo.
Biography lends to death a new terror.
Happy Halloween.


viernes, 22 de octubre de 2010

Instrucciones para recostarse en un diván



            Exponte a tu miedo más profundo. Después de eso el miedo no tendrá ya poder, y de ese modo el miedo a la libertad menguará y desaparecerá. Estarás libre.

                                             -Jim Morrison

No se nos habría ocurrido si no hubiera algo con lo que se nos ocurriera, y que en lugar de usarlo como herramienta, tristemente se goza como paleta placebo (sin ojos ni boca de vomita).

Entrar al cuarto húmedo, lúgubre, pero disfrazado de paz con reconocimientos, libros y artificios de sabiduría en cada esquina es como permitir ser inyectado para salir de tu zona de confort y de ese piquete drenar los miedos y angustias que ni tú sabías que podías cultivar (y amaestrar).

Primero tienes que saludar con Disney-face, hacer de cuenta que todo mundo ahí adentro se encuentra erróneamente en la salita de espera (como en un planetoide repentino) o por un azar difícil de sobornar. Luego esperar como la vaca que entra al matadero y echa bronca a la que pretende meterse a la fila, sobreviene el frío de saludar al preguntón oficial que ni siquiera sabes si está más higiénico o no que tú, pero lo eriges en solucionador de problemas ajenos, o por lo menos así lo pretendes ver.

Treparte al mueble no es como decir hasta mañana. Lo que dirás de modo relajado y hasta abrupto y sin orden, manifiesta aquello que te gustaría decir sin la persona que tienes enfrente, pero que de otro modo, y por tus propias creencias, no lo has hecho.

La prueba-error pierde sentido cuando éste queda diluido en una programación a traspié que es entendida como arte de alivianarse y no intensear, así sea por un ratito.

Más valdría por eso, recostarte en una cama de clavos y ser consecuente con el drama: el común denominador de la otra cara de un ego flatulento que, en este caso, usa los problemas para erigirse como centro de gravedad de ese universo y concebir que se es blanco de todo tipo de complós siderales.

Para salir de una bronca hay que entrar a ella, y usualmente es lo que más flojera da en espera de un Ayatola que venga y lo saque a uno del lodazal para transportarlo a un jacuzzi. Para nosotros, los problemas son externos, y por lo mismo es impensable reparar en una corresponsabilidad adulta. “Al fin que dialgo nos habremos de morir…”

Pero cuando como tabla de estrellas con el hecho de que el valor de todo esto radica en las repercusiones, el sabor y la textura del mensaje anidan lo que ya no es interpretación, sino experiencia evidente. En saber que sí hay repercusiones y que son causa y efecto, tanto de estar recostado chillando las broncas, como de hacer un Premium delivery de tus fobias, traumas y eventos histórica e histriónicamente incomprendidos a otro lado.

Por eso es tan divertida la vibra en estos lugares. Porque todo mundo aquí cree que hay víctimas y victimarios, y bajo una dinámica así, lo más certero es la risa, que permite, por lo menos, entender que en un diván, se arregla todo. Hasta la misma percepción del diván.

viernes, 15 de octubre de 2010

Instrucciones para encender un cigarro




                     Aunque no sea honesto por naturaleza, lo soy por así sea por casualidad
                                               -Shakespeare


Quien piense que los placeres entendidos como premio a simplemente existir no tienen un precio que muchas veces deberá ser pagado en una sola exhibición, tiene contundentes problemas. 

Al parecer esto es muy simple: si lo disfrutas es porque, dispuesto o no, consciente o no, dicho placer es limitado tanto en tiempo como en espacio.

Y más que tener esto, un tinte abiertamente aguafiestero en tiempos donde el desmadre pasa de ser de sustituta a definitiva religión, se trata de una de las reglas del juego del principio de realidad en el que independientemente al hecho de que coincidas o no con esto, así opera: hay una consecuencia para cada causa puesta en marcha.

¿Qué quieres? Yo ni tomé ni decisión ni dictado al respecto. Como tú, reboté en este pavimento, como muñequito de Wii, y empecé a caminar hasta que comprendí que el chiste del juego era, precisamente, encontrar las instrucciones del mismo.

Por eso se siente horrible ver a alguien que rebosando energía y glamour parece desempeñarse en el cuadro vital como si no hubiera consecuencias, como si no hubiera algo qué buscar, como si le sintiera bien arrastrar un cometido. Es la persona que se va a dormir con la certeza de que despertará mañana. Como algo dado, sin la menor introspección ni perspectiva. Con la desesperación de tener lo obvio frente a los ojos, pero de tan cerca, ignorarlo por completo.

Todo placer es fugitivo. No es advertencia, es una observación. Y lo es porque se trata de una designación que tiene dueño con carga subjetiva e igualmente cambiante al respecto de precisamente todo. ¿O tu idea de tu primera pareja en la vida sigue siendo exactamente la misma que la de ese primer día? La trampa más elegante del placer es hacernos suponer que puede durar. Enterrados en dicha suposición subyacen prejuicios, condicionamientos y sobre todo costumbre. ¿O te has puesto a revisar cómo opera toda esta puesta en escena, con detenimiento crítico? ¿Has visto cómo hay personas que buscan a toda costa involucrarse en una lucha que está a priori garantizada para ser perdida, contra el tiempo? ¿Notas cómo surgen nuevos productos, anuncios y estrategias para lucir y parecer más joven, como si la edad por sí misma fuera una condicionante padecer o disfrutar? ¿Te das cuenta cómo pasa el tiempo en ti, y cuál es tu respuesta en torno a esto, tomando en cuenta que hay una regeneración celular, al menos cada 21 días?

Lo valioso del placer de darte cuenta estriba en la oportuna posibilidad de aligerar cargas condicionadas por el hábito socializado y automático que no hacen sino masificar y masticar la cordura y buen gusto de orientar el juego.

Un juego donde las reglas están escondidas, pero están. ¿Y no será que el tropiezo con la misma piedra, que el padecimiento de esa broncota que te raspa el lóbulo frontal, que tus preocupaciones y padecimientos tengan que ver con la incapacidad de comprender y conducir tu tránsito con base en estas reglas?

Lo más elegante que nos pudo hacer la vida, o quien haya orquestado el rally, es hacer que generemos interés o curiosidad por buscar las propias instrucciones de éste.

Pero si eso no genera el menor dejo de placer para ti, entonces préndete un cigarrito y lee otra cosita.

sábado, 9 de octubre de 2010

Instrucciones para fruncir el ceño

Somos seres mágicos
Y pensar que nos empeñamos en tan sólo ser personas

-Tulku Ulgyen Rinpoché

Echad bronca los unos a los otros. Pareciera que este versículo opera como mandamiento exclusivo y es rector de la estructura de comportamiento ante cualquier situación en la que se pueda, fácil y generosamente, echar un poco de bronca.


Tal vez no sea materia de reflexión diaria mientras haces tus poderosos pilates, navegas en el tránsito o en internet, pero la bronca verdadera pudiera ser otra, la que tiene un curioso sustento generalizado y se llama desesperación.
 

Uno suele desesperarse por cualquier cosa. Difícilmente puedes quedarte quieto haciendo una fila, y buscas que aparezca una gaviota (sin ser Peña Nieto) en tu celular, o bien, le das rienda suelta a tu mente y su discurso.
 

Pero una desesperación aún más riesgosa es la que te orilla a prenderte y enojarte pensando que es natural o que te hará ver interesante. Lo cierto es que este enojo basado en la falta de la práctica de la paciencia tiene que ver con una deficiencia que proyecta una enorme inhabilidad de arreglar las cosas con madurez, ingenio y estilo.
 

Seguro que en cada quark con el que interactúas existen varias opciones, de las cuales, tú eres el único responsable. Por un lado, existe la posibilidad de montar en cólera, suponer y asumir que todo es personal, o mantener la más elegante postura y recurrir al principio (teórico) de nuestra especie: el ser que se da cuenta de que se está dando cuenta (homo sapiens sapiens).
 

Si lanzas bronca o no, es tu imperial predilección, sólo que habrás ignorado que en el poco advertido trazo del largo plazo, que somos un hilo conductor (sumamente predecible): cada acción y reacción generará una impresión que refuerza la familiaridad para ser reiterada la siguiente ocasión, incluso hasta con dejo de automatización y hasta gesto zombie: en automático te enojarás. ¿O no conoces a los “mecha corta”?
 

Y en lugar de hacer algo urgente al respecto, ¡se siguen enojando! Por ello, lo más viable para enojarte es practicarlo. Y no te enojes –por favor- si lees aquí un “no te enojes”.
 

No echar bronca parece tan difícil en un mundo donde todo es un complot en tu contra, desde el bache que calculó el trayecto de tu llanta, hasta que haya amanecido el día con dos grados centígrados más, o menos, a elegir. Todo puede ser objeto de tu ira: si bloquearon unas calles, si el político en turno soltó una flemática declaración, si no te salieron las cosas justo como lo tramabas…
 

Sin la menor pretensión samaritana, estas letras lo único que buscan es voltear a ver -estudiar si se quiere- un comportamiento condicionado por la reiteratividad y el abandono de la cualidad de ponderación, que es lo que finalmente nos erige en homos que saben que saben.
 

Por ello, por meloso que se lea, un extraordinario antídoto para evitar aglomerarte con dificultades y músculos tensos, radica en el espontáneo y simple acto de generar paciencia, sin que esto se vea como permitir que el mundo pase por encima. Es el acto voluntario de tomar perspectiva y evitar reacciones incendiarias que lo único que generarán es que se multiplique y acidule el problema.

Alguna vez le escuché a un profesor que los seres humanos somos máquinas de generar problemas. Y tal vez el problema mayúsculo, en sí mismo, es que nos impedimos de ser personas solucionadoras de éstos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Instrucciones para ponerle MUTE al mundo




                                                La música de Wagner es mucho mejor de lo que suena
                                                           -Edgar Wilson Nye

Hay momentos en los que el cisticerco mental ocupa una privilegiadísima posición en la estampa cotidiana y se incrusta en lo más recóndito del sándwich (festejado por el TRI) personal… hasta que la olla express decide reventar como le dé la pusilánime gana.

Instantes estertores en los que no hace falta que llueva para estar quitecitamente mojado por pompas y circunstancias que materializan los temores, expectativas, ilusiones y hasta pesadillas oblongas que alienan el momento, precisamente del momento mismo.

Pero el ruido siempre complica las cosas. En la mañana y horas picos se está tan cerca del infierno, que de verdad parece que la más sucia e inteligente trampa que tiene el demonio es hacernos pensar que no existe. Y en ese pensamiento demoníaco-existencial es que sobreviene una muy corta y delicada mecha que hace fresco delante del espejo.

Agachar la cabeza para calzarla de acuerdo al silencio más sabroso es casi como meter la cabeza en una alberca y escuchar la expansividad de la proximidad. En esa repentina penumbra sonora que parece envolver al policía, al peatón y al patán, empezarás a sentir una especie de calor en el rostro, signo de que el botón fue correctamente oprimido. Irás por la calle con una sonrisota cual pez lagarto, dado que todo aquello que sirva como fuente sonora, habrá sido derrocada de tal capacidad.

Es lo más parecido a secuestrar la realidad y ponerle una bolsa del ISSSTE en la cabeza. Pero seguir viendo y atestiguando a través del plástico blanco. Justo es blanquizco el silencio. Por suerte sabemos que no hay colores, sino designaciones conceptuales, pero no deja de ser blanco en apariencia.

Dado que el sonido no es otra cosa sino vibraciones eléctricas que son interpretaciones de lo que consideramos “agudo”, “grave”, “fuerte” o “bajo”, siempre se puede arrugar esta irrupción sonora con un poco de blanca y dócil bolsa del ISSSTE que tendrá en una gimnasia eufórica las compulsivas ganas de quitarte elbotón mental y volver a la “normalidad” (¿de la “anormalidad”?).

No hace falta, sin embargo, dejar de hablar para quedarte en silencio. Darle una finalidad utilitaria a esto representaría cercenar el discurso interior que le da una ridícula gomosidad a la concentración y permite que la discursividad sea la carta de cambio diaria.

Con toda la voluntad en el ojo izquierdo, quizá para este momento el último decibel ha caído de rodillas y se muestra suplicante, como colgado en la frente, tiritante y tierno: no quiere abrir sus ojos porque sabe que será lo último que vea, pero mañoso como cualquier indicio de la realidad, si le perdonas el instante y decidas quitar el MUTE, sacará de atrás una resortera poco agradecida y te aprisionará de nuevo con el diálogo interior y exterior.

Por eso no es ocioso secretear con los decibeles indicados, que el silencio es un privilegio y no una obligación.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Instrucciones para matar a alguien





Por Eduardo Navarrete
@elnavarrete


Sé por adelantado que hubo muchos compas en el norte, en el centro y en el sur, que habrán leído estas instrucciones con aguda anticipación y las usan a mansalva y sin reparo.

Aún con esta tremenda atemporalidad, es importante e impotente subrayar que cuando pones la muerte como contrapeso de cualquiera de tus terribles problemas, instantáneamente tomas perspectiva, principalmente por el tremendo apego a  la imagen  de unicidad con  que se presenta esta vida ante los ojos. Como lo único, como un absoluto que si pierdes, sepan Monsi y Germán qué pase.

Y por la extraña, pero eficiente magia de, al dejarte de tomar las cosas tan en serio te liberas, siempre es bienvenido un ejercicio mortal en el diario y urbano tránsito de la de por sí desfalleciente rutina.

Puedes matar de risa a alguien cuando (esto funciona mejor con unos enfáticos grados Gay Lussac encima) cuentas el implacable chiste: "Llega un loco con otro loco y le pregunta: Loco: ¿Qué hora es? ¡Viernes! Le responde, a lo que el primero concluye: ¡Chinnn! Me pasé tres cuadras!”.

Matar de sueño es tan fácil como prender el Canal del Congreso o escuchar a Hugo Chávez. Y matas de coraje cuando te enteras de cualquier noticia legislativa (como el que nuestros muñecos senadores pidieron 300 millones de pesos más de los 750 que les autorizaron nuestros alfajores de Diputados, para erigir sus nuevas oficinas). Puedes matar tiempo y matar clases.
Igualmente una rola, un programa "te  mata", así como ver un gracioso y tierno cachorro hace lo propio.

Y es que matar tiene un encanto que sólo cuando eres honesto lo entiendes. El proceso de creación y destrucción parte de la premisa de albergar una última primera ocasión para entender la fugacidad de una permanencia mal entendida.

¿Valdrá la pena escribir esto? ¿Valdrá la pena entender que la pena sería no escribir ni aullar, cuando se es perfecta víctima potencial de un homicidio imprudencial (en todo el sentido del concepto), a manos de la arrogancia de la cotidianidad y el ostracismo?  

Si vivir corresponde al proceso lineal de transitar de un punto A, a uno B, entonces considérenme no vivo. Nada más aburrido y oblongo que atestiguar el paso de cuatreros en el pórtico, con una escopeta en la mano y una espiga en la boca. Por lo menos parece haber un poco más. Parece que se es en la medida en que se excluye, y dicha exclusión conviene ser percibida como la inmensa capacidad de pintar tu raya en torno al parecer del ser.

Por eso habríamos de matar, en lugar de tiempo y de risa, el prejuicio que cuentas de ti mismo  para liberar cualquier limitación y entender que no hay designaciones absolutas, como no hay permanencia.

Y es que son como zopilotes. Los pensamientos disruptivos, generadores de ansiedad, mal humor, estrés y discursividad que emite extraños sonidos sólo comparables con una mala indigestión. Por eso la discursividad no es algo, sino alguien, porque engendra toda tu capacidad de atar tu personalidad y carácter en agitaciones deslumbrantes hasta para el más aburrido. Y eso la hace seductora.

Matar la discursividad sería la provocación perdonada para saber que del artificio del error nace la belleza.