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sábado, 4 de junio de 2011

Instrucciones para leer unas instrucciones


Hay quien tiene la gallardía, pero sobre todo el tiempo para permanecer estoicamemte hincado y tener en el suelo, frente a sí, la siguiente escena (forense): una caja abierta, con importantes y tribales rasguños, despojada con primitiva ansiedad del moño y cuantas capas geológicas de papel se hayan interpuesto entre tu humanidad y la diversión.


El producto en cuestión junto a la caja, llámese computadora, iPod, cuelgatoallas para hacer ejercicio, rack para zapatos, tele, compu, licuadora, cuna, arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, medicina, o gadget de la naturaleza que funcionará (por un ratito: en lo que llega uno más nuevo) para el género que sea.

Y uno, absorto frente a la caja, arrodillado, con lentes para ver de cerca, un té, resaltador amarillo y libreta para tomar puntuales notas de las instrucciones del aparato en cuestión.

Nada más ficticio (y nerd). Uno debe romper, descomponer y desahuciar el producto, antes de acercarse al manual. Eso debería de obrar en amarillo, gigaBold y 80 pts en la primera página de todo instructivo.

Desde niños nos enseñan a patear y romper las cosas antes de aprender a usarlas. ¿Por qué deberíamos guardar recato ahora que tenemos aparente uso de nuestras facultades?

Y otra preguntita: ¿Para qué perder energía y encanto del nuevo gadget que tienes en las manos, en chutarte 240 páginas de nanoletra , si puedes 'picarle' para ver cómo funciona. es más fácil. Más burdo. Más divertido.

Este arte basal de 'picarle'  al artefacto, entraña la mexicanísima concepción de privilegiar -qué va- honrar el método empírico y aplicarlo en todo aquello que se deje: juguetes, electrodomésticos, muebles, parejas y hasta con el cuerpo mismo.

Por ello, leer las instrucciones es para nerds, para clavados, para ociosos o para ansiosos que buscan una solución a la gracia perpetrada traducida en desperfecto o fractura.

Velo así: hoy son pocos los productos que ofrecen instructivo detallado con el producto. Los jetones directores de marca a priori saben que es pésima idea meter un librucho en donde sea. Casi como meter una señal del diablo. Por eso es mejor subirlo a un sitio web (que tampoco será pelado) o puesto el proceso en tres rápidos y esquemáticos pasos en una hojita de papel.

Sobre todo si se parte de la idea de que un producto ahora debe ofrecer la condición de tener que ser intuitivo. De otro modo, habrá que leer el instructivo. Y como eso cuesta trabajo y demanda esfuerzo, no sirve.

Antes, los instructivos hasta para un Hot Wheels, eran manuales. Ahora los manuales de procedimientos son quick fact sheets. No tenemos tiempo. Mucho menos que antes.

La tecnología ha incumplido su promesa, y nosotros seguimos lamiendo sus digitales botas: Se nos hizo creer que con ésta, haríamos las cosas más rápido y mejor para ahorrar tiempo. ¿Para qué? Evidentemente sería para agregar calidad de vida a la misma.

Pero efectivamente hacemos las cosas más rápido para que al terminarlas hagamos más o pongamos a girar la rueda del hámster con las redes sociales y otros señuelos. Pero la calidad de vida por el subsuelo. ¿O cuentas con más tiempo que tus abuelos?

Para ninguna de estas redes sociales se requieren instrucciones. Sería lo peor que pudiera sucederles. Invitar e incitar a leer a la gente y con ello comprender procesos para eventualmente cuestionarlos y reimaginarlos.

No. Eso no es lo que busca ahora la gente.

Eso está out.

viernes, 25 de marzo de 2011

Instrucciones para entender una motivación



Uno de los factores primordiales en el escrutinio de la conducta es conocer el motor de ésta, y con ello, saber precisamente de qué trató el momento que acaba de suceder, para darle un sentido y peso.

Si partes de la premisa de que todo el tiempo estás tomando decisiones, es un infortunio capital desconocer las causas y los resultados del momento en que autómatamente llegaste a tal decisión. Y dicha decisión cuenta con un agente expansivo que trastoca múltiples eventos y hasta personas. De aquí que no haya acciones menores.

Parece tonto, pero lo es más, no precisarlo en un ejercicio diario, instantáneo, de advertir los nexos causales de cada ligera y leve acción.

La palabra está de por sí gastada. Conduce al peligroso y maloliente sendero de la polisemia, donde motivar conduce tanto al principio sutil de un comportamiento, como a un peligroso sendero de complacencia kitsch.

Pero comprender y no sólo entender una motivación toma más tiempo, precisión y disciplina que el shopping o el fut.

Hacerte la honesta pregunta (como una especie de alarma a tiempo y modo) en torno al por qué, para qué y con qué consecuencias de vaciar la cartera en el shopping o la expectativa en el fut, cambia por completo el modelo de percepción de realidad, por ende, la naturaleza de experiencia de lo que entiendes por vida.

Esa vida, si lo piensas, no es otra cosa, más que este instante. Es lo único que tienes como evidencia y  prueba irrefutable de existencia. Sin embargo, ¿cómo es que distingues el instante en su inicio y fin. ¿Cuál es el perímetro del instante y cómo dejas algo fuera y dentro de él? ¿Dónde está la parte constitutiva de un instante que lo vuelve ese instante y no otro?

No somos una especie de preguntas (en todos sentidos). Al menos no de las preguntas conducentes a crecer (en todos sentidos). Y es que el valor de una buena pregunta subyace precisamente en la respuesta, y el sentido de ésta aporta elementos incandescentes para seguir preguntándote. Finalmente, nunca deberíamos de dejar de hacer preguntas. Cuando aceptamos el mundo tal cual es presentado a la vista, nos volvemos dóciles, livianos e infértiles en el terreno de las ideas.

Imagina por un instante hacer presente ese instante y lograr sostener este ejercicio a lo largo del día. Seguro cambiarían muchas cosas, pero lo más fuerte quedaría puesto de manifiesto en la integridad que guardases del momento presente.

Y al advertir el momento de inicio y fin de dicho presente, por fuerza sobrevendría la preparación y la evaluación de presentes que pasaron ya y que aún no suceden. Y eso es auscultar la motivación.
¿Entonces, ¿qué te mueve? ¿Por qué lo hace y de ese modo? Ahí radican las preguntas por medio de las cuales el Oráculo de Delfos pretendió sacarnos de onda con la simple idea de retar la introspección y saber si te conoces.

¿Lo haces?

¿Y con qué motivación?

lunes, 28 de febrero de 2011

Instrucciones para adoptar una costumbre



La pobre no tiene tutor ni tutorial. Tal vez por eso sea contundente su atracción.


Te acostumbras a la comida fría, al  respondón en público, al intermitente Territorio Telcel, a escuchar y procrear mentiras, a sobrellevar tu vida… menos a no comer y a dejar de ser víctima de acostumbrarte a algo.

Se necesitan 21 días para cobijar a una de estas pobres, y para llamar la gravedad del peso de su orientación basta un instante.

En esas tres semanas se gesta una organización de comités de acoplamiento de hábitos, no necesariamente con un corte democrático.

La tiranía del impulso condicionado es el verdadero incubador en esta cuna de adopción. Mece al recién pensado con rostro de insana ternura en tres tiempos: uno para embelezarlo con inconciencia, otro para dormirlo festivamente y otro para proyectarlo con normalidad por los días venideros bajo el más astuto síndrome de adecuación. O sea, para hacer de cuenta que no hay cuenta, porque a no tener cuenta es a lo que te estás acostumbrando con el simple hecho de acostumbrarte a lo que sea que te estés acostumbrando.

Pero sin rima peligrosa ni acento extraterrestre, vale poner el tentáculo ahí: cuando te acostumbras, pierdes cierta cualidad humana.

Piénsalo en términos de un beso. ¿No es patéticamente execrable ver cómo un par de esposos se despiden lanzando un besito por el aire? ¿O qué tal cuando te ponen a modo de “Ahí te ves” un cálido y apreciado “Besos”? Por favor, cuando te hagan esto, responde de inmediato con la pregunta “¿Cuántos?”.

Acostumbrarte a cualquier costumbre no puede terminar nada bien. Sea a los golpes o a los cariños, esta costumbre termina elaborando facturas difícilmente pagaderas en una sola exhibición.

Para acostumbrarte a algo lo primero que hay que hacer es rendirle culto a la zona de confort. Permitir qie el día gobierne la sorpresa y que la rutina se transforme en ley absoluta. Poner cara de zombie o de güey (es lo mismo, pero una tiene un grado mayor de sofisticación) es mandatorio. De nada te servira acostumbrarte a lo que sea si no demuestras tu hipnótica adicción a la complacencia por ceder tu vida sin intereses (en cualquiera de sus sentidos).

Por ello habría que abrazar esta adecuación con el mayor sentido de onanismo y hacer a un lado cualquier pusilánime posibilidad de generar frescura de pensamiento para comprender con ello que la llave se llama instantes de conciencia. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué consecuencias?

Mientras no haya respuesta, no habría por qué (ni para qué) acostumbrarte a desacostumbrarte.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Instrucciones para poner freno de mano al año


Recuerdo que los años se iban escandalosamente rápido entre onmásticos torcidos y dedos artríticos. Sabía de lo escurridizos y reptantes que son para hacerse pasar por semestres y hasta meses, pero la contabilidad creativa que supone el trayecto del punto A al B del día de un modo hurañamente mecánico los convierte en constructo residual de lo que tendría que ser una vida.

Un año es una ideación artificial. ¿Quién dijo que tendrían que ser 365 días los recovecos que le caben a este placard? De ahí que el desencuentro con las cifras y las categorías permitan ver como endeble hasta la cantidad de años que uno posee (esto es donde se pone bueno esto).
Pero un año en retrospectiva no es otra cosa más que el reflejo de un día y de una vida, sin mayor vuelta ni peritaje. Lo que uno confecciona y destroza suele ser cíclico y encuentra patrones que difícilmente se resisten al vistazo panorámico.

Así como en un año pasan muchas cosas, la melancolía por terminar un ciclo (que no es necesariamente digerirlo) otorga la posibilidad de turistear en la alfombra roja de la conciencia y valorar si en el fondo, dicho ciclo merece ser eso o puede desdoblarse en otra cosa. Algo que resulte nuevo, poco evidente y al menos, lo suficientemente lejano a un aburrido y pusilánime caminar del punto A al B.

Nacer, crecer, reprobar un examen (o una colección de ellos), idiotizarse con videojuegos, muñecas y luego novios y novias, casarse, reproducirse, ver la tele , trabajar como insano y morir parece ser lo suficientemente entretenido como para quedarse en una guardería toda la vida.

Por encima supone ser un reto, pero ante la incuestionable e irresoluble duda de lo que esto pueda significar para un próximo evento, se opta por el inmediato plazo: “total, de algo me he de morir…”.

Uno manda correos, cadenas y palabras con el menor empacho ni emoción deseando “lo mejor de lo mejor” sin siquiera entender lo trillado y absurdo que eso puede ser. Pero se queda tranquilo por haber cumplido la tarea moral. En esas líneas, en esas palabras corre una importante carga de lo que se es y lo que se transmite no es otra cosa que una extensión de sí.

Y en este reto significativo los conceptos y sus designaciones pululan como felicitaciones de Año Nuevo que en un instante se convierten en felicitaciones de cumpleaños, de bodas y de recuperación por la enfermedad mortal. La fugacidad de este juego es tan hipnotizante que no permite reparar en ella.

Un freno de mano podría ser optar por acariciar el punto A y el B y patearlos como una lata de 
refresco imprevista. Desnudar cualquier ruta programada que tenga que ver con satisfacer nece(si)dades impuestas que tengan como fin cumplir el rol familiar, social y del ego que sólo puede asegurar una insana competencia estresante y una abierta herida autodestructiva por complicar lo que de por sí es simple y fundamentalmente transitable.

Los seres humanos nos complicamos tanto las cosas, que hasta hemos privatizado el agua, misma que para ser bebida, se paga más cara que la gasolina, aunque ésta última no quiere quedarse atrás en esta carrera. Lo que supone ser una civilización encuentra en guerras domésticas, civiles, frías y de las galaxias, la llave para embrutecerse de poder y luego no tener idea qué diablos hacer con él.

En un año pasan muchas cosas.
Que no pasen inadvertidas es por lo menos, un tremendo y poderoso avance.

sábado, 30 de octubre de 2010

Instrucciones para replantear (casi) cualquier cosa



No existe el presente; lo que así llamamos no es otra cosa que el punto de unión del futuro con el pasado

-Michel Eyquem de Montaigne


La vida se escurre en cualquier cosa. Sea una necedad (necesaria o innecesaria), pero se va, se esfuma en ganarse la vida sin reparar si le sumas años a la vida, o vida a los años.

Cualquier cosa tiene como característica la capacidad de ser delimitada. Cualquier cosa opera como referente y conversación. Cualquier cosa importa como importa un recuerdo no obtenido acerca, precisamente, de cualquier cosa.

Hasta hace unos días, el único recuerdo de la oportunidad  para repensar algo era algún recuerdo que de gorrón pisaba el lobby mental, tan despreocupado e inerte como su padre, el hubiera.

Para escuchar el pasado hay que sincronizarse con él. No hay peor error que escuchar un acetato en las revoluciones erróneas. Si piensas tu pasado con la perspectiva del presente, las memorias crecerán como enemistad de lo que pudo ser y sus fantasmas gobernarán las noches del futuro.

La reminiscencia de un tiempo que no es ahora trae por resultado el aroma costumbrista de pudrirse a sí mismo (y a sus congéneres) en un acto más bien discursivo y aéreo, prófugo de lo único que en realidad está aconteciendo: el presente.

Bajo esa premisa sería tonto repensar algo.

Pero si se repiensa esto (o algo) y se entiende que ser y tiempo son exclusivamente conceptos que utilizamos para designar algo que no necesariamente tienen la delimitación que concebimos, estaremos ante un problema que ni Heidegger imaginó: voltear al pasado carecerá de importancia, del mismo modo que asomarse al futuro. Y en este caso, el presente dejaría de existir como se entiende por ser el único tiempo conceptual tasado en sucesiones hiladas y no siempre provistas de atención a sí mismas.

Por ejemplo: Si existiera el presente, ¿cuánto dura?  Pero lo que se concibe como presente es una desaprovechada circunstancia que pudo ser y ni siquiera se entendió cómo. Perseguir la añoranza o la expectativa nos hace más brutos de lo que pueda pensarse y pone en entredicho la razón de ser de uno.

¿O hay plena conciencia de que se está desperdiciando la misma para repensar cómo se extraña al ‘ya sabes quién’?

Replantea el tema. Revisa el contexto. Recurre a la locura (toda locura tiene un método, según Shakespeare). Revuelve los consejos. Resume todo concepto. Estíralo e ignóralo, ya que se trata de un concepto, de un juego, de un efluvio. Revisa las consecuencias. Revive lo no ocurrido.

Replantear la instrucción parecería tanto como oprimir pausa y en slow motion buscar el momento que indica el sustento anímico como para agregar el "re" sin temor a la represalia egoíca que tiene que venir como el grito sigue al manazo.

¿Qué otro regaño puede aparecer en este cuadrilátero, que el del apego a un momento bañado en Chantilly y chispas multicolor, digno de ser enmarcado por todo tipo de arquetipos?

La remembranza impide la claridad. Si bien la palabra "recordar" tiene que ver con la palabra corazón, el mismo corazón -por medio de su diario accionar- registra la función de la concentración en Justo-Este-Momento como elemento no negociable en este tránsito vital.

Tal vez por eso no se pueda repensar, sino recuperar. Especialmente tiempo.
Biography lends to death a new terror.
Happy Halloween.


sábado, 9 de octubre de 2010

Instrucciones para fruncir el ceño

Somos seres mágicos
Y pensar que nos empeñamos en tan sólo ser personas

-Tulku Ulgyen Rinpoché

Echad bronca los unos a los otros. Pareciera que este versículo opera como mandamiento exclusivo y es rector de la estructura de comportamiento ante cualquier situación en la que se pueda, fácil y generosamente, echar un poco de bronca.


Tal vez no sea materia de reflexión diaria mientras haces tus poderosos pilates, navegas en el tránsito o en internet, pero la bronca verdadera pudiera ser otra, la que tiene un curioso sustento generalizado y se llama desesperación.
 

Uno suele desesperarse por cualquier cosa. Difícilmente puedes quedarte quieto haciendo una fila, y buscas que aparezca una gaviota (sin ser Peña Nieto) en tu celular, o bien, le das rienda suelta a tu mente y su discurso.
 

Pero una desesperación aún más riesgosa es la que te orilla a prenderte y enojarte pensando que es natural o que te hará ver interesante. Lo cierto es que este enojo basado en la falta de la práctica de la paciencia tiene que ver con una deficiencia que proyecta una enorme inhabilidad de arreglar las cosas con madurez, ingenio y estilo.
 

Seguro que en cada quark con el que interactúas existen varias opciones, de las cuales, tú eres el único responsable. Por un lado, existe la posibilidad de montar en cólera, suponer y asumir que todo es personal, o mantener la más elegante postura y recurrir al principio (teórico) de nuestra especie: el ser que se da cuenta de que se está dando cuenta (homo sapiens sapiens).
 

Si lanzas bronca o no, es tu imperial predilección, sólo que habrás ignorado que en el poco advertido trazo del largo plazo, que somos un hilo conductor (sumamente predecible): cada acción y reacción generará una impresión que refuerza la familiaridad para ser reiterada la siguiente ocasión, incluso hasta con dejo de automatización y hasta gesto zombie: en automático te enojarás. ¿O no conoces a los “mecha corta”?
 

Y en lugar de hacer algo urgente al respecto, ¡se siguen enojando! Por ello, lo más viable para enojarte es practicarlo. Y no te enojes –por favor- si lees aquí un “no te enojes”.
 

No echar bronca parece tan difícil en un mundo donde todo es un complot en tu contra, desde el bache que calculó el trayecto de tu llanta, hasta que haya amanecido el día con dos grados centígrados más, o menos, a elegir. Todo puede ser objeto de tu ira: si bloquearon unas calles, si el político en turno soltó una flemática declaración, si no te salieron las cosas justo como lo tramabas…
 

Sin la menor pretensión samaritana, estas letras lo único que buscan es voltear a ver -estudiar si se quiere- un comportamiento condicionado por la reiteratividad y el abandono de la cualidad de ponderación, que es lo que finalmente nos erige en homos que saben que saben.
 

Por ello, por meloso que se lea, un extraordinario antídoto para evitar aglomerarte con dificultades y músculos tensos, radica en el espontáneo y simple acto de generar paciencia, sin que esto se vea como permitir que el mundo pase por encima. Es el acto voluntario de tomar perspectiva y evitar reacciones incendiarias que lo único que generarán es que se multiplique y acidule el problema.

Alguna vez le escuché a un profesor que los seres humanos somos máquinas de generar problemas. Y tal vez el problema mayúsculo, en sí mismo, es que nos impedimos de ser personas solucionadoras de éstos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Instrucciones para ponerle MUTE al mundo




                                                La música de Wagner es mucho mejor de lo que suena
                                                           -Edgar Wilson Nye

Hay momentos en los que el cisticerco mental ocupa una privilegiadísima posición en la estampa cotidiana y se incrusta en lo más recóndito del sándwich (festejado por el TRI) personal… hasta que la olla express decide reventar como le dé la pusilánime gana.

Instantes estertores en los que no hace falta que llueva para estar quitecitamente mojado por pompas y circunstancias que materializan los temores, expectativas, ilusiones y hasta pesadillas oblongas que alienan el momento, precisamente del momento mismo.

Pero el ruido siempre complica las cosas. En la mañana y horas picos se está tan cerca del infierno, que de verdad parece que la más sucia e inteligente trampa que tiene el demonio es hacernos pensar que no existe. Y en ese pensamiento demoníaco-existencial es que sobreviene una muy corta y delicada mecha que hace fresco delante del espejo.

Agachar la cabeza para calzarla de acuerdo al silencio más sabroso es casi como meter la cabeza en una alberca y escuchar la expansividad de la proximidad. En esa repentina penumbra sonora que parece envolver al policía, al peatón y al patán, empezarás a sentir una especie de calor en el rostro, signo de que el botón fue correctamente oprimido. Irás por la calle con una sonrisota cual pez lagarto, dado que todo aquello que sirva como fuente sonora, habrá sido derrocada de tal capacidad.

Es lo más parecido a secuestrar la realidad y ponerle una bolsa del ISSSTE en la cabeza. Pero seguir viendo y atestiguando a través del plástico blanco. Justo es blanquizco el silencio. Por suerte sabemos que no hay colores, sino designaciones conceptuales, pero no deja de ser blanco en apariencia.

Dado que el sonido no es otra cosa sino vibraciones eléctricas que son interpretaciones de lo que consideramos “agudo”, “grave”, “fuerte” o “bajo”, siempre se puede arrugar esta irrupción sonora con un poco de blanca y dócil bolsa del ISSSTE que tendrá en una gimnasia eufórica las compulsivas ganas de quitarte elbotón mental y volver a la “normalidad” (¿de la “anormalidad”?).

No hace falta, sin embargo, dejar de hablar para quedarte en silencio. Darle una finalidad utilitaria a esto representaría cercenar el discurso interior que le da una ridícula gomosidad a la concentración y permite que la discursividad sea la carta de cambio diaria.

Con toda la voluntad en el ojo izquierdo, quizá para este momento el último decibel ha caído de rodillas y se muestra suplicante, como colgado en la frente, tiritante y tierno: no quiere abrir sus ojos porque sabe que será lo último que vea, pero mañoso como cualquier indicio de la realidad, si le perdonas el instante y decidas quitar el MUTE, sacará de atrás una resortera poco agradecida y te aprisionará de nuevo con el diálogo interior y exterior.

Por eso no es ocioso secretear con los decibeles indicados, que el silencio es un privilegio y no una obligación.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Instrucciones para matar a alguien





Por Eduardo Navarrete
@elnavarrete


Sé por adelantado que hubo muchos compas en el norte, en el centro y en el sur, que habrán leído estas instrucciones con aguda anticipación y las usan a mansalva y sin reparo.

Aún con esta tremenda atemporalidad, es importante e impotente subrayar que cuando pones la muerte como contrapeso de cualquiera de tus terribles problemas, instantáneamente tomas perspectiva, principalmente por el tremendo apego a  la imagen  de unicidad con  que se presenta esta vida ante los ojos. Como lo único, como un absoluto que si pierdes, sepan Monsi y Germán qué pase.

Y por la extraña, pero eficiente magia de, al dejarte de tomar las cosas tan en serio te liberas, siempre es bienvenido un ejercicio mortal en el diario y urbano tránsito de la de por sí desfalleciente rutina.

Puedes matar de risa a alguien cuando (esto funciona mejor con unos enfáticos grados Gay Lussac encima) cuentas el implacable chiste: "Llega un loco con otro loco y le pregunta: Loco: ¿Qué hora es? ¡Viernes! Le responde, a lo que el primero concluye: ¡Chinnn! Me pasé tres cuadras!”.

Matar de sueño es tan fácil como prender el Canal del Congreso o escuchar a Hugo Chávez. Y matas de coraje cuando te enteras de cualquier noticia legislativa (como el que nuestros muñecos senadores pidieron 300 millones de pesos más de los 750 que les autorizaron nuestros alfajores de Diputados, para erigir sus nuevas oficinas). Puedes matar tiempo y matar clases.
Igualmente una rola, un programa "te  mata", así como ver un gracioso y tierno cachorro hace lo propio.

Y es que matar tiene un encanto que sólo cuando eres honesto lo entiendes. El proceso de creación y destrucción parte de la premisa de albergar una última primera ocasión para entender la fugacidad de una permanencia mal entendida.

¿Valdrá la pena escribir esto? ¿Valdrá la pena entender que la pena sería no escribir ni aullar, cuando se es perfecta víctima potencial de un homicidio imprudencial (en todo el sentido del concepto), a manos de la arrogancia de la cotidianidad y el ostracismo?  

Si vivir corresponde al proceso lineal de transitar de un punto A, a uno B, entonces considérenme no vivo. Nada más aburrido y oblongo que atestiguar el paso de cuatreros en el pórtico, con una escopeta en la mano y una espiga en la boca. Por lo menos parece haber un poco más. Parece que se es en la medida en que se excluye, y dicha exclusión conviene ser percibida como la inmensa capacidad de pintar tu raya en torno al parecer del ser.

Por eso habríamos de matar, en lugar de tiempo y de risa, el prejuicio que cuentas de ti mismo  para liberar cualquier limitación y entender que no hay designaciones absolutas, como no hay permanencia.

Y es que son como zopilotes. Los pensamientos disruptivos, generadores de ansiedad, mal humor, estrés y discursividad que emite extraños sonidos sólo comparables con una mala indigestión. Por eso la discursividad no es algo, sino alguien, porque engendra toda tu capacidad de atar tu personalidad y carácter en agitaciones deslumbrantes hasta para el más aburrido. Y eso la hace seductora.

Matar la discursividad sería la provocación perdonada para saber que del artificio del error nace la belleza.

jueves, 20 de mayo de 2010

Instrucciones para llamarse Walter


Por: Walter Navarrete


Escribe un dicho sabio y tu nombre perdurará para siempre

-Anónimo


El nombre no deja de ser un interés mundano. Es correcto que por medio de éste te reconocen y hasta te identifican, pero eso no significa ni que seas tu nombre, ni qué éste te posea.

Tiene unos días que con el explosivo y elegante pase del Santos a la final, comencé a preguntar a muy diversos sectores: “Si fueras futbolista, ¿cuál sería tu apodo?” Esto a cuenta de que el apodo se trata de un designio que muchas ocasiones puede tener mayor tino que el propio nombre. Y sin embargo, ¡no deja de ser un designio!

¿O cómo es que decides ponerle nombre un perro o a un cuyo? ¿O cómo te podrías a ti mismo en este instante?

Tu nombre ni siquiera es tuyo, para empezar. No hay título de propiedad, ni factura que lo demuestre. Tal vez por eso Walter sea la treta que me condujo a replantear la funcionalidad del nombre y su utilidad en la práctica de la vida cotidiana y murmurada. Algo que tal vez utilizan los coches al portar un color, o la esencia al vestir un número.

Pero, ¿qué haces con tu nombre? ¿Te lo llevas a la cama y lo acaricias como a un peluche imprevisto? ¿Te gusta tu nombre? ¿Sabes lo que significa? ¿Reparas en cuánta energía se pierde en la defensa diaria de la reputación de ese nombre? ¡N'ombre!...

Llamarte como te llamas no altera el ciclo lunar. Tampoco decidir designar de otra manera aquello que te circunda. Por ello distinguir que el hecho de nombrar, poco tiene que ver con el objeto nombrado hace que recuerdes la deliciosa garantía individual de llamarte como se te antoje y saber que hay mucho más debajo de ese cascarón.

Wilson, Walter, Wilbur, Watson... Seguramente ya captaste la idea y creerás que le estoy dando vueltas al asunto para completar mis 3 mil caracteres... Bueno, ahora observa lo que sucede cuando cambias de nombre a tus posesiones: en tu elegante underwear: cambia de Ck a Trueno, por ejemplo... ( y continúa con cualquier otra categoría…)

Sin embargo el nombre y las chácharas se quedan en la superficie. No dejan de ser temporales. Los Egipcios enterraban al séquito con el dignatario y su colección de gemas. Los mexicanos sólo vivimos pensando que no vamos a morir. Y en esa certeza se da rienda a un sustancialismo predicador de toda fe en aquello que se percibe: sea un color, sea un número, un nombre (y hasta un equipo de futbol).

La forma en la que solemos relacionarnos con el entorno habla de uno mismo: se busca suprimir aquello que es desagradable e intensificar lo que es placentero. Esto pareciera idiotamente obvio, pero cuando se logra entender que se trata de una mera percepción y que es en ella en la que reside la carga valorativa y no en el fenómeno externo, la totalidad de la experiencia cambia y con él la importancia del nombre. De cualquiera. De todo.

Por eso da lo mismo que llames a lo que llames como lo llames. Es sólo un mote y de ningún modo es eso. Ahora intenta prescindir -así sea por un día- de lanzar nombres al mundo (ya no digas adjetivos...).

Quedémonos sin nombres por un ratito, que al fin, así es como estamos en este escenario.

viernes, 9 de abril de 2010

Instrucciones para hablar sin teléfono


El silencio es un privilegio, no una obligación.

No han sido pocas las ocasiones en las que solito me he metido en problemas y ni se me había ocurrido que eso terminarían siendo.

A veces me gustaría practicar una resonancia magnética por cada parte de mis pixeles para ver dónde es que tengo ese imán. Y entre más lo pienso menos claro es.

Somos seres con tremendas carencias, entre ellas, la que faculta ponderar el modo más pertinente para llenarlas. Por eso, por la ingente necesidad de llenarlas (desde la condición social de reconocimiento hasta la perla sexual que parece ser panacea) hace, y no en pocas ocasiones, que figuremos como minotauro de un laberinto propio.

De por sí la relación interpersonal es como desactivar un explosivo: cada minucioso movimiento puede parecer que no genera mucho... hasta que te ves pidiendo "perdón, perdón, perdón" o "porfa, porfa, porfa". Las variables son tantas y tan complejas que ni se pelan y en cambio se subestiman: "total, ¿qué puede pasar si le digo lo que sé que no debo decirle?"

Somos seres tan extrañamente complejos que ni para advertir eso hay simplicidad. Basta imaginar la intrincada red de tubos y fluidos que cargamos dentro para saber que con esa misma dimensión y conciencia tendríamos que bucear en silencio. Observando el contorno del instante y su entretenida capacidad de describirnos se puede erigir un momento que dé pie a otro. Uno en donde ya no sea el acto de entretenimiento el que mueva, sino el del gusto por entender el sentido del mismo, así sea en silencio.

Para hablar, uno requiere de cadencia, ritmo y contenido. Hay técnicas para modular la voz, pero no así para obtener sentido común. Si en algún momento has hablado contigo mismo, entenderás que el proceso de comunicación es complejo por la carga emotiva y proyectiva que de él se emana. Se crean mundos y monstruos. Salen de la boca serpientes que sin reparo emanas, y tampoco podrás controlar.

Y por más ilusorio que sea el concepto del control, es cotidiano que no se midan las consecuencias de cada letra que se arroja, pero esto es muy diferente a que no haya tales.

Uno es dueño de sus palabras, como de su silencio.

viernes, 26 de marzo de 2010

Instrucciones para escuchar una rola


If Beethoven had been killed in a plane crash at the age of 22, it would have changed the history of music... and of aviation.

Tom Stoppard

Lo mismo da poner a Laura León o a Tomasso Albinoni si se trata de adoptarlos como el fondo de otra canción: la de la dispersión.

No sé si tuvieras respuesta inmediata, si te preguntara en este instante: ¿cuál sería la canción que definiera el soundtrack de tu historia? Probablemente alguien puede ser tan adicto que requiriera varios Gigas en playlists.

Pero el punto es que la música, al ser un conjunto de vibraciones oscilantes de frecuencias dispuestas en un campo abierto para ser captadas e interpretadas (e interpeladas), ni siquiera es como se percibe. Pero el headbangueo, las lágrimas circunstanciales y la metódica práctica del air guitar suceden a lo que se piensa "está bien chida esta rola" o "El Buki me las va a pagar porque no ha sacado un disco como los de antaño".

La música sabe llegar a donde tiene que llegar, con el timing preciso, la dinamita exacta y toda ámpula por levantar. Por más plasta que uno sea, no hay cómo ser inmune a la música.

En un acto de diversión privada (imagina qué tan bomba me la estaré pasando) suelo poner mute mental al antro y de pronto quedarme con la imagen de los cuerpos en curiosas contracciones y quiebres. La música prende, recuerda, mueve. Es una burbuja -de esas que tanto se disfrutan y que tanto escasean.

La música es un gran ejemplo, de uno de tantos ejercicios condicionados de alienación de los cuales, y sin mayor sofisticación, disfrutamos y empleamos para refugiarnos en nuestra madriguera. La que sea. Pero que sea.

No son pocas las personas que conozco que requieren -como una especie de curioso hábito sexual- conectarse los audífonos, para desconectarse del mundo en una especie de revancha cool contra este mundo ramplón que nada tiene de comprensivo.

Oír a Nine Inch Nails mientras corres, a Sigur Ross mientras duermes, a José José mientras haces quehacer, a Yuri -como es la ocasión- cuando entra la maldita Primavera, a Pablito Ruiz para recordar la vulnerabilidad del sentido común, a Metallica para acelerar el auto, a Juanga para sacar el showman oculto, a Fernando Delgadillo para botear por los pasillos universitarios, a El Sol para preguntarse por qué no es de noche, a los Black Eyed Peas para lavar el coche y así sucesivamente, tener un cómplice musical parece IN y con onda.

Y puede serlo, pero exclusivamente en el estrato de una realidad convencional donde difícilmente se le pone pausa a ésta o al iPod, como para escucharse a uno mismo sin distracción voluntaria, autoimpuesta o inconsciente.

viernes, 19 de marzo de 2010

Instrucciones para negarte a ver la verdad

-La verdad os hará libres

Juan 8:32


¿Ah verdad?

¿Verdad que la intransigencia, cuando es propia, levanta doble curiosidad?

No es elegante esquivar las suspicacias diarias de aquello que pueda existir de verdad, de modo independiente a los órganos sensoriales, a la conciencia, y saber de memoria los integrantes de un grupo impronunciable en estado sobrio.

Aquello de “ser es ser percibido” dejó de tener sentido cuando alguien preguntó por las características dimensionales del pensamiento y puso en órbita la certeza de que la realidad es una, es absoluta, y es un prurito visual abrazable y untable.

De la misma forma se extiende la famosa verdad, "Mi beldá", esa que hace del prejuicio un tobogán a la vergüenza y que te convierte en Papa de tu propio Vaticano.

La mera verdad, es que no hay tal. El concepto en sí alberga dosis de presunción, término absoluto y unidimensionalidad, preceptos para achicar el criterio y sentarse en un trono de oropela hacer berrinche y parecer feliz. Todo encadenado y cíclicamente.

Si eres un incansable arqueólogo de la verdad, si supones que dicha verdad aporta lecciones definitivas para tu vida, si consideras que la inmutabilidad de esta verdad genera certeza, y es a partir de ésta con la que tomas decisiones, podría decirse que vas en el microbús correcto hacia tu viaje más confuso e indigno, llamado “Muy Lejos”.

Una verdad existe (y naturalmente, de modo relativo) mientras su sustentador se la crea. Creer poseer la verdad otorga una especie de báculo que nos hace sentir idiotamente únicos y nos hace ver únicamente idiotas. Si la verdad puede encontrarse únicamente a través de la razón, si sólo puede hacerse por medio de la experiencia, si es subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, si hay un tipo de verdad ontológica enfrentada a una lógica, si hay una verdad material en oposición a una formal, si se trata de una verdad de hecho contra una verdad de razón, tal vez ni siquiera uno se acerque al entendimiento de la verdad, que es la ausencia de ésta y de cualquier concepto absoluto y absolutizante.

¿O de verdad crees que el mundo es lo que tus ojos interpretan, y de ahí puedes extraer originales y divertidas verdades absolutas?

¿Verdad que quién sabe?

viernes, 12 de marzo de 2010

Instrucciones para desear no desear



The desire to take medicine is perhaps the greatest feature

which distinguishes man from animals.

-Sir William Osler

Por la vida confluyen viaductos que cargan ansiedades y adrenalinas de diverso tamaño, mismas que acidulan el tránsito y lo vuelven espejo de las propias debilidades.

Es imposible saciar con holgura cuanto deseo abrupto cae en la alcancía de la conciencia: habría que desear no desear. Y en sí, continúa sigue siendo un deseo.

El problema con el aparentemente sano, humano y spicy deseo es que invita a ingresar a un ciclo inacabado de insatisfacción, mismo que cataliza la replicación del modelo y con ello hacerte orgulloso acreedor a innecesarias turbulencias de conocida factura.

Ya el deseo puede observarse como un motor legítimamente humano y hasta sabroso. La auscultación de la consecuencia será providencial pero la apertura de perspectiva y poder ponderar si a eso piensas dedicar tu tránsito vital, debería ser definitorio.

Naturalmente no se espera que al término de esta lectura te quedes con la idea de ser un zombie y no experimentar emoción alguna. Si bien es naturaleza humana sentir, no lo es aferrarse a ello y contaminar lo que puede ser un modelo sano de conducción. Por eso es viable exprimir el sentimiento sin adueñarse del deseo (aunque en realidad esto último sucede a la inversa).

El deseo es una ilusión subjetiva donde se proyectan carencias y debilidades que al aferrarse sólo se pausan, con la certidumbre de que emergerán en un episodio reloaded.

El deseo nada tiene que ver con la pasionalidad que imprimas al viernes por la noche, es la crudísima versión de ni siquiera saber quién era quien deseaba y recibir la avalancha de mielda soble ti, blothel.

Ahora puedes -cuando tengas tu pastel de cumpleaños enfrente, extinguir un deseo con la misma metáfora visual que subyace al soplar.

viernes, 5 de febrero de 2010

Instrucciones para renunciar




There's no such thing as quitting. Just sometimes there's a longer pause between relapses.

-Alan Moore


Hay quien ve al estoicismo como herramienta y quien lo ve como refriega. Si se encuentran en la calle, igual cruzarán miradas y seguirán un rumbo browniano. Igual que el de sus prejuicios y negligencias.

Pero hay también momentos en los que el momento es lo de menos por traer consigo una nutrida cantidad y calidad de ollas express que impiden seguir el rumbo, por errático que éste sea. La presión invade. Sutura.

Desde niños hay ollas express con su ruido excepcionalmente blanco. Expectativas, reconocimiento, desempeño, y la competencia malentendida obran como libro de texto, no precisamente gratuito (ni fortuito), para el resto de los días.

En ese trayecto, cuando uno hace una progresión lineal de sus anécdotas y sus anémonas, es cuando al más puro estilo de una cuenta T, se arroja el resultado: “T friegas: es momento de crearlo (el momento y el resultado)”.

Para renunciar tiene que haber dos polos. Uno de ellos debes ser tú y tu manifiesta inconformidad. Al ser eso (polo y externo) es importante no perder de vista que todo el tiempo, lo que sea que pienses y opines será una versión y una percepción parcial. Sesgada. Por ello basta ajustar el enfoque, el ángulo y la perspectiva para dar fe de cómo cambia dicho polo.

Si a pesar de estos ajustes el polo no cambió como para estarse en paz, habrá que ponderar el otro polo. Y es ahí donde la decisión oprimirá varias veces “escape” en tu teclado mental.

El otro polo parece ser no sólo un polo. Por decirlo de otro modo, los argumentos sobran, pero aún así se siguen buscando indicios para actuar al respecto. Pero sin importar la versión de que se trate, uno sabe bien cuando el vaso está lleno.

Para renunciar basta una firma. Parece raro que en un mundo donde el hacker y el phisher son los nuevos delincuentes a detectar, con una firma selles el compromiso o la ausencia de éste. Me quedo pensando en el momento en el que uno confecciona su firma. ¿Realmente podríamos imaginar todos los lugares y papeles por donde pasará ese garabato que según los grafólogos nos define como personas, y según las personas nos define como consumidores?

La firma puede parecer sobrevalorada, después de todo es un garabato que puede ir desde la caligrafía de tu nombre, a tres equis bien puestas. Pero esa firma, ese identificador, ese poder es el que deja testimonio de que fuiste tú y no una memoria anónima quien se apersonó.

Una carta de renuncia es hueca en fondo y forma. Es en cierto modo, un paño de lágrimas, un trapeador y un desinfectante. Para redactarla es indispensable estar dotado con cierto cinismo conocido en el mundo moderno como diplomacia, y para entregarla se requiere saber que un ciclo ha quedado en esa carta.

Ciclos. Renunciar tiene que ver con ciclos. La fuerza gravitacional de estos ciclos es la misma que en un momento evocó una liga y en esta ocasión ruptura. ¿Qué otra cosa somos más que un bonche de ciclos? (muchos de ellos inadvertidos)

Identificar los polos, empuñar la pluma y despedir la firma, así como reconocer estos ciclos, son sólo parte de la voluntad y del hartazgo; de la fractura de la cual emana un nuevo (ilusorio) piso, que eventualmente se fracturará también. Sin temor, sin hallazgo, sin melancolía ni traspaso. Sin exceso ni soberbia, sin shit happens ni mal que dure cien años. Sin excusa.

Por eso renunciar cuenta con más de una connotación. Si en un momento dado se puede renunciar a este estado cíclico y reiterativo vía el reconocimiento del hartazgo de ello, entonces por medio de la firma de la claridad de la conciencia se abrirá una posibilidad de encontrar algo visceral y burbujeantemente nuevo.