jueves, 23 de junio de 2011
Instrucciones para oprimir un botón
sábado, 5 de junio de 2010
Instrucciones para volar y ser volado
viernes, 28 de mayo de 2010
Instrucciones para abrir una puerta

Las puertas son las que eligen. No el hombre.
-Borges
Cualquier hueco tiene puntos débiles.
Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.
Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).
No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.
Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.
La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.
Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.
En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.
Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.
En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.
viernes, 26 de febrero de 2010
Instrucciones para contarse los dedos

¿Qué pasa con el puño cuando se abren los dedos?
-Pregunta zen
Si tuviera que explicarle a mis dedos que –literalmente- cuentan conmigo por un humilde y honesto agradecimiento por lo que han hecho en aras del contagioso eco de realidad diaria, seguramente lo tendría que hacerlo con mímica.
Dibujaría una casa en el aire. Desde la ventana más cercana al piso sacaría la mano para agitarla en signo de saludo alebrestado a mi mano que lo responde igual. O tal vez subiría al ático a buscar un par de guantes a la medida y lanzarlos como ofrenda y entrevista al viento en lo que toca su destinatario.
Imagino el arte de jugar billar, tomar café o escribir estas letras si la mano no tuviera dedos. ¿Cómo diez filamentos pueden hacer una diferencia que seguramente modificarían el tránsito de la historia? Simple: los detalles no necesariamente lo son.
Pero por más que apilo estos dedos en malabáricas formas, y los hago parecer extremidades, rorschach o palillos chinos, los dedos no dejan de ser las pinzas del robot que en algún momento somos.
¿A quién ha saludado tu mano? ¿Qué tanto ha tomado, tocado y sentido que te honras y te arrepientes? (naturalmente no al unísono). ¿Cuánta sorpresa ha perdido por el hecho de saber qué se siente sentir?
-Uy, mano, si yo te dijera…
Las cosas no suceden por azar. El lío en la fábrica seguramente comenzó con el primer prototipo. ¿Simétrico o asimétrico? ¿18 dedos o cinco por mano? Lo curioso es que el cuerpo tiene tal maravilla que al estar dentro de él se toma como dado y pronto la mano busca el control de la tele para desaburrirse de sí misma.
Basta verte las manos. Encontrar arrugas nuevas, o por lo menos conocerlas, algo que sería lo más parecido a saludarte a ti mismo. Pero, por el contrario, nos damos la señal del dedo medio cuando se trata de onfeccionar un ejercicio introspectivo. Evitar el contacto, la sorpresa el registro minucioso nos hace indistinguibles de un wc.
Los dedos murmuran. Diariamente se cuentan a sí mismos como cuando en la primaria tomas distancia y volteas a ver cuántos pelados hay detrás de ti. El dedo meñique guarda penitencia hasta en su nombre. Sea en el pie (aunque muchos aseguran que es crucial factor para guardar equilibrio) o en la mano, todos los apuntan que –de ser racistas- discriminarían al pequeño por inútil. Como sea, el índice es el del prejuicio, el medio el del estilo, el anular para flashear el compromiso y el pulgar permite la palanca.
Voltear a ver los dedos es prender tu propio History Channel. Uno de los múltiples testimonios que guardas está precisamente en la palma de tu mano. No es la misma mano la de un carpintero que la de un banquero, la de un piloto que la de un sastre, la de un minero que la de un modelo. La huella indeleble de la vida por el paso dactilar y metacarpiano tampoco deja de ser algo por lo cual valga tomar un minuto y contar del uno al diez.
¡Rediez!
viernes, 5 de febrero de 2010
Instrucciones para renunciar

There's no such thing as quitting. Just sometimes there's a longer pause between relapses.
-Alan Moore
Hay quien ve al estoicismo como herramienta y quien lo ve como refriega. Si se encuentran en la calle, igual cruzarán miradas y seguirán un rumbo browniano. Igual que el de sus prejuicios y negligencias.
Pero hay también momentos en los que el momento es lo de menos por traer consigo una nutrida cantidad y calidad de ollas express que impiden seguir el rumbo, por errático que éste sea. La presión invade. Sutura.
Desde niños hay ollas express con su ruido excepcionalmente blanco. Expectativas, reconocimiento, desempeño, y la competencia malentendida obran como libro de texto, no precisamente gratuito (ni fortuito), para el resto de los días.
En ese trayecto, cuando uno hace una progresión lineal de sus anécdotas y sus anémonas, es cuando al más puro estilo de una cuenta T, se arroja el resultado: “T friegas: es momento de crearlo (el momento y el resultado)”.
Para renunciar tiene que haber dos polos. Uno de ellos debes ser tú y tu manifiesta inconformidad. Al ser eso (polo y externo) es importante no perder de vista que todo el tiempo, lo que sea que pienses y opines será una versión y una percepción parcial. Sesgada. Por ello basta ajustar el enfoque, el ángulo y la perspectiva para dar fe de cómo cambia dicho polo.
Si a pesar de estos ajustes el polo no cambió como para estarse en paz, habrá que ponderar el otro polo. Y es ahí donde la decisión oprimirá varias veces “escape” en tu teclado mental.
El otro polo parece ser no sólo un polo. Por decirlo de otro modo, los argumentos sobran, pero aún así se siguen buscando indicios para actuar al respecto. Pero sin importar la versión de que se trate, uno sabe bien cuando el vaso está lleno.
Para renunciar basta una firma. Parece raro que en un mundo donde el hacker y el phisher son los nuevos delincuentes a detectar, con una firma selles el compromiso o la ausencia de éste. Me quedo pensando en el momento en el que uno confecciona su firma. ¿Realmente podríamos imaginar todos los lugares y papeles por donde pasará ese garabato que según los grafólogos nos define como personas, y según las personas nos define como consumidores?
La firma puede parecer sobrevalorada, después de todo es un garabato que puede ir desde la caligrafía de tu nombre, a tres equis bien puestas. Pero esa firma, ese identificador, ese poder es el que deja testimonio de que fuiste tú y no una memoria anónima quien se apersonó.
Una carta de renuncia es hueca en fondo y forma. Es en cierto modo, un paño de lágrimas, un trapeador y un desinfectante. Para redactarla es indispensable estar dotado con cierto cinismo conocido en el mundo moderno como diplomacia, y para entregarla se requiere saber que un ciclo ha quedado en esa carta.
Ciclos. Renunciar tiene que ver con ciclos. La fuerza gravitacional de estos ciclos es la misma que en un momento evocó una liga y en esta ocasión ruptura. ¿Qué otra cosa somos más que un bonche de ciclos? (muchos de ellos inadvertidos)
Identificar los polos, empuñar la pluma y despedir la firma, así como reconocer estos ciclos, son sólo parte de la voluntad y del hartazgo; de la fractura de la cual emana un nuevo (ilusorio) piso, que eventualmente se fracturará también. Sin temor, sin hallazgo, sin melancolía ni traspaso. Sin exceso ni soberbia, sin shit happens ni mal que dure cien años. Sin excusa.
Por eso renunciar cuenta con más de una connotación. Si en un momento dado se puede renunciar a este estado cíclico y reiterativo vía el reconocimiento del hartazgo de ello, entonces por medio de la firma de la claridad de la conciencia se abrirá una posibilidad de encontrar algo visceral y burbujeantemente nuevo.

