jueves, 23 de junio de 2011
Instrucciones para oprimir un botón
lunes, 4 de abril de 2011
Instrucciones para ponerte unos lentes
Para todos aquellos que contamos con el fértil privilegio de ver borroso y así poder dudar, tanto de la claridad de la realidad, como de la validez de los sentidos, ponerse los anteojos es lo más parecido a ponerse un condón.
Hay autores de la corriente Gestalt que comparan el proceso de ver uno a uno a los ojos, con el hacer el amor. Por eso la actitud más responsable en esta promiscua fiesta de miradas, es ponerse lentes.
Cuando te cambian la graduación el mundo renace de su escuela preparatoria y parece que por fin cambió gracias a un par de cristales. En lo que no reparas en ese momento es que si esos cristales fueran rojos, el mundo para ti sería percibido como absolutamente rojo.
No imagino a un miope en tiempos prehistóricos. ¿Habría evitado cualquier tarea diaria por su imprecisión ocular? ¿O al carecer de precedente del concepto ni siquiera existía la necesidad materializada en la mente del respetable?
De ser así, habría que ponerse los lentes ante el hecho de que este conjunto de respetables que habita el 2011 cuenta con una serie inaudita de situaciones anómalas y benévolas por desarrollar, mismas que para este ojo, son llanamente inexistentes.
Es muy entretenido. Le hemos exigido al proceso de civilización diversos accesorios para sofisticar o condimentar las ventanas sensoriales. Guantes, cubrebocas, lipstick, orejeras, aretes, calcetines, zapatos y por supuesto, gafas.
Quien ose no acatar las normas elementales de armonía de la moda estará seguramente out en más de un sentido. Por ello es imprescindible auscultar con pleno sentido del colorido cualquier blanco que pueda ser negro.
Por eso tomar las dos patitas con cuidado (no vaya a ser que se descuadre lo que pretende ser curvo) y empotrarlas en el cráneo es de lo más invasivo. Tanto, que ya es plenamente normal y hasta fashion.
Seguramente como el concepto que tenían los australopitecus de sí mismos.
sábado, 19 de marzo de 2011
Instrucciones para guardar toda proporción
sábado, 19 de febrero de 2011
Instrucciones para abrir (y cerrar) los ojos
viernes, 4 de febrero de 2011
Instrucciones para saludar a alguien
viernes, 28 de enero de 2011
Instrucciones para ver la Luna
viernes, 24 de septiembre de 2010
Instrucciones para ponerle MUTE al mundo
viernes, 10 de septiembre de 2010
Instrucciones para matar a alguien
sábado, 31 de julio de 2010
Instrucciones para ser mojado por la lluvia
viernes, 28 de mayo de 2010
Instrucciones para abrir una puerta

Las puertas son las que eligen. No el hombre.
-Borges
Cualquier hueco tiene puntos débiles.
Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.
Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).
No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.
Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.
La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.
Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.
En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.
Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.
En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.
jueves, 20 de mayo de 2010
Instrucciones para llamarse Walter

Escribe un dicho sabio y tu nombre perdurará para siempre
-Anónimo
El nombre no deja de ser un interés mundano. Es correcto que por medio de éste te reconocen y hasta te identifican, pero eso no significa ni que seas tu nombre, ni qué éste te posea.
Tiene unos días que con el explosivo y elegante pase del Santos a la final, comencé a preguntar a muy diversos sectores: “Si fueras futbolista, ¿cuál sería tu apodo?” Esto a cuenta de que el apodo se trata de un designio que muchas ocasiones puede tener mayor tino que el propio nombre. Y sin embargo, ¡no deja de ser un designio!
¿O cómo es que decides ponerle nombre un perro o a un cuyo? ¿O cómo te podrías a ti mismo en este instante?
Tu nombre ni siquiera es tuyo, para empezar. No hay título de propiedad, ni factura que lo demuestre. Tal vez por eso Walter sea la treta que me condujo a replantear la funcionalidad del nombre y su utilidad en la práctica de la vida cotidiana y murmurada. Algo que tal vez utilizan los coches al portar un color, o la esencia al vestir un número.
Pero, ¿qué haces con tu nombre? ¿Te lo llevas a la cama y lo acaricias como a un peluche imprevisto? ¿Te gusta tu nombre? ¿Sabes lo que significa? ¿Reparas en cuánta energía se pierde en la defensa diaria de la reputación de ese nombre? ¡N'ombre!...
Llamarte como te llamas no altera el ciclo lunar. Tampoco decidir designar de otra manera aquello que te circunda. Por ello distinguir que el hecho de nombrar, poco tiene que ver con el objeto nombrado hace que recuerdes la deliciosa garantía individual de llamarte como se te antoje y saber que hay mucho más debajo de ese cascarón.
Wilson, Walter, Wilbur, Watson... Seguramente ya captaste la idea y creerás que le estoy dando vueltas al asunto para completar mis 3 mil caracteres... Bueno, ahora observa lo que sucede cuando cambias de nombre a tus posesiones: en tu elegante underwear: cambia de Ck a Trueno, por ejemplo... ( y continúa con cualquier otra categoría…)
Sin embargo el nombre y las chácharas se quedan en la superficie. No dejan de ser temporales. Los Egipcios enterraban al séquito con el dignatario y su colección de gemas. Los mexicanos sólo vivimos pensando que no vamos a morir. Y en esa certeza se da rienda a un sustancialismo predicador de toda fe en aquello que se percibe: sea un color, sea un número, un nombre (y hasta un equipo de futbol).
La forma en la que solemos relacionarnos con el entorno habla de uno mismo: se busca suprimir aquello que es desagradable e intensificar lo que es placentero. Esto pareciera idiotamente obvio, pero cuando se logra entender que se trata de una mera percepción y que es en ella en la que reside la carga valorativa y no en el fenómeno externo, la totalidad de la experiencia cambia y con él la importancia del nombre. De cualquiera. De todo.
Por eso da lo mismo que llames a lo que llames como lo llames. Es sólo un mote y de ningún modo es eso. Ahora intenta prescindir -así sea por un día- de lanzar nombres al mundo (ya no digas adjetivos...).
Quedémonos sin nombres por un ratito, que al fin, así es como estamos en este escenario.
lunes, 3 de mayo de 2010
Instrucciones para hacer una fila

Por Eduardo Navarrete
No entiendo el pudor con el que la gente se asusta cuando alguien le llama "cola" si en realidad lo es: se mueve, flagela lenta y desesperadamente, crece, se reproduce y eventualmente muere, siendo una retaguardia que a nadie le place habitar.
Del principio "Primero en tiempo, primero en derecho" y la coordinada suma de la ineficiencia para atender una puerta, junto a la emocionante capacidad para dejarlo todo para el final, se genera -a mano de Hemorroide Films- la turbulencia organizada para tomar un turno espontáneo y formarse uno detrás de otro sin necesidad de tomar distancia.
En el banco, en el cine, en Hacienda, para el baño, en la calle... Las filas son condición y marca de un buen mexicano que acepta la condición de muchedumbre e impacientemente soportarlo porque ni hay de otra ni desaparecerán los que están adelante (maldita sea...).
Observa la cara de los que se forman. El tic de mover a ritmo de speed metal la piernita, abre paso para ver el reloj cada 30 segundos. Instantáneamente vendrá algún gesto de circunstancia y con él, la respuesta innata para sentirse activo: ponerse de puntas y balancearse para observar (infructuosamente) por qué no avanza la fila (y constatar que esto se debe a que hay mucha gente delante de ti). El último recurso siempre será sacar el celular y jugar a aprovechar el tiempo mientras se pierde jugando a alinear burbujar coloridas.
A nadie le gusta hacer fila. Por lo mismo, y como lo dicta nuestra verdadera Constitución (el código genético), habremos de ingeniarnos algún atajo o hábil y conspicua maniobra para, o no hacer cola, o saltarnos algunos lugares. Lo divertido del caso es que a todos los que están formados les gustaría hacer esto: democráticamente lo merecen. Pero cuando todo mundo está formadito, en paz y dócil y sale el pasado de listo, no hay uno sólo que no se maldiga por seguir respetando la estúpida cola.
Cuando no existe la tecnología de la fila y primitivamente se arrejunta el personal sobre la cadena para masoquistamente rogarle a Bobby que se apiade de ti para que te deje entrar a pagar 200 pesos de cover (¿qué significa cover? ¿Por qué pagar por algo así?) y encontrar todo a sobreprecio y sobrecupo, no hay escena más lamentable que la de -entre el bullicio de peroratas (y perroratas)- emerga con camisa hilarantemente pegadita, el engomado con la operada, le abran paso, dé un abrazo al "Donkey Kong" y siga su paso. Eso amerita una revuelta popular por decirlo tranquilo.
Para salir de un avión, en la taquilla, y hasta para pegarle a una piñata te formas. Me pregunto si la mente hace también cola para tomar un cuerpo en el proceso del renacimiento, y si también se meten en la cola, dan una propinita, hay coyotes o se encuentra un plan B para evitar formarse.
La arquitectura de la fila es importante: los que están en el primer tercio distal saben que su espera será premiada cuando salgan y vean que aún hay cola e incluso se hizo más grande. Eso da una secreta especie de satisfacción y ahorro de tiempo, mismo que será sabiamente invertido en ver la tele.
Si te toca estar en la parte media de la cola, sabes que no puedes irte porque en una de esas, los pelados de adelante avanzan rápido y cada minuto ahí depositado hubiera sido desperdiciado. Además, siempre que haya alguien detrás de ti, vale la pena conservar el lugar.
Simpáticamente, si ocupas la parte más lejana de la entrada es porque sabes que llegaste tarde y te lo mereces, o con realismo abortas el plan y regresas otro día. Eso sí, cuando eres la última persona de la fila -exactamente la antítesis de la conveniencia- asaltan tu mente varias ideas progresivas (y no progresistas) en torno a la factibilidad de que algún día llegues, si eres el brutazo que aceptará presumirle al mundo el último lugar, y por cuánto tiempo, si estás haciendo la fila indicada...hasta que llega otro que se forma detrás tuyo, y con tu nuevo alivio y el viejo rabillo del ojo ves que inicia con su tormenta de dudas y lápida culpígena.
Un entrañable fenómeno es el de encargar el lugar. ¿Por qué habremos de cuidar el espacio dejado a algún vivales que haga fila de modo virtual a costa de uno? Lo más probable es que si se llega a este estado de amargue es porque en definitiva se ha perdido todo temple y lo mejor será salir de la fila y regresar por donde veniste.
Hasta estas letras que lees están formadas para ser leídas por ti. Por ningún motivo dejes qeu anu se quiear paasr de litsa y se adealtne la fila.
No vaya a sucdeer lo qeu pasa a diairo en nuetsra cuidad...
viernes, 16 de abril de 2010
Instrucciones para saber que no es sábado

Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.
- Anthony Burgess
Los sábados solían ser mis amigos.
Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.
Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.
Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.
Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.
El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).
Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.
Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.
Por eso un domingo puede verse como lunes.
Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.
Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.
viernes, 26 de marzo de 2010
Instrucciones para escuchar una rola

If Beethoven had been killed in a plane crash at the age of 22, it would have changed the history of music... and of aviation.
Tom Stoppard
Lo mismo da poner a Laura León o a Tomasso Albinoni si se trata de adoptarlos como el fondo de otra canción: la de la dispersión.
No sé si tuvieras respuesta inmediata, si te preguntara en este instante: ¿cuál sería la canción que definiera el soundtrack de tu historia? Probablemente alguien puede ser tan adicto que requiriera varios Gigas en playlists.
Pero el punto es que la música, al ser un conjunto de vibraciones oscilantes de frecuencias dispuestas en un campo abierto para ser captadas e interpretadas (e interpeladas), ni siquiera es como se percibe. Pero el headbangueo, las lágrimas circunstanciales y la metódica práctica del air guitar suceden a lo que se piensa "está bien chida esta rola" o "El Buki me las va a pagar porque no ha sacado un disco como los de antaño".
La música sabe llegar a donde tiene que llegar, con el timing preciso, la dinamita exacta y toda ámpula por levantar. Por más plasta que uno sea, no hay cómo ser inmune a la música.
En un acto de diversión privada (imagina qué tan bomba me la estaré pasando) suelo poner mute mental al antro y de pronto quedarme con la imagen de los cuerpos en curiosas contracciones y quiebres. La música prende, recuerda, mueve. Es una burbuja -de esas que tanto se disfrutan y que tanto escasean.
La música es un gran ejemplo, de uno de tantos ejercicios condicionados de alienación de los cuales, y sin mayor sofisticación, disfrutamos y empleamos para refugiarnos en nuestra madriguera. La que sea. Pero que sea.
No son pocas las personas que conozco que requieren -como una especie de curioso hábito sexual- conectarse los audífonos, para desconectarse del mundo en una especie de revancha cool contra este mundo ramplón que nada tiene de comprensivo.
Oír a Nine Inch Nails mientras corres, a Sigur Ross mientras duermes, a José José mientras haces quehacer, a Yuri -como es la ocasión- cuando entra la maldita Primavera, a Pablito Ruiz para recordar la vulnerabilidad del sentido común, a Metallica para acelerar el auto, a Juanga para sacar el showman oculto, a Fernando Delgadillo para botear por los pasillos universitarios, a El Sol para preguntarse por qué no es de noche, a los Black Eyed Peas para lavar el coche y así sucesivamente, tener un cómplice musical parece IN y con onda.
Y puede serlo, pero exclusivamente en el estrato de una realidad convencional donde difícilmente se le pone pausa a ésta o al iPod, como para escucharse a uno mismo sin distracción voluntaria, autoimpuesta o inconsciente.







