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jueves, 23 de junio de 2011

Instrucciones para oprimir un botón



El resorte tiene un encanto que ya lo quisiera alguien por las mañanas.

La magia de la insistencia convertida en una cruzada nacional vuelta tic absorbe hipnóticamente el contacto del hombre con su creación: un botón, y lo vuelve esmeril en cada ventana.

Los hay negros, azules, amarillos, nucleares, fisiológicos, florales, de vestir, en elevadores y en computadoras, en aires acondicionados y en controles remoto, los hay virtuales y congelados. Los botones están con el ser para ser oprimidos por la clase dactilar como consigna vital y universal, como triste, pero real, evidencia de un mundo desigual.

Sin embargo, puede que sea tan sabroso como degustar un buen pozole o bailar en tu cuarto a solas, pero apretar un gran botón conlleva –necesariamente- a tener que apretarlo de nuevo.

Esta es la magia del mismo. Y lo que sucede es que un botón nunca tiene soledad. Siempre está ahí, esperando lealmente ser oprimido y prácticamente, gracias a su oculto y secreto mecanismo, emerge con soltura, como retando al respetable, a ser apretado una vez más. Noble, bonito.

No imagino el día que se inventó el botón como dispositivo para activar algo que de otro modo perdía chiste. Lo más probable es que un hombre en blanco y negro (siempre viene a mi mente Nikola Tesla con música de trompetas como fondo), haya dibujado planos y hecho maquetas para encontrar que la magia de la espiral (sin mencionar aquí el paroxismo de ésta, llamada Phi) tendría que portar un techo para fungir como receptáculo caprichosamente funcional. Aprietas, funciona. Así son las cosas.

Por ello el capataz de la eficiencia en un botón es su propia vigencia. En él se refleja el estigma oprimido en un botón y la firmeza del que blande su dedo para hacer clic. Por eso un botón se aprieta con rostro iluminado, como atestiguando el proceso que lo llevó a ser botón y procurando nunca renacer en uno de ellos (aunque nadie puede garantizar tal certeza, por lo que valdría la pena estar precautoriamente advertido e ir eligiendo qué botón podría ser en la siguiente vida).

Piénsalo fríamente: el teclado son botones, como la paciencia evidencia botones para su contraparte. Un bebé, por ejemplo, controla magistralmente a sus padres activando con maestría diversos botones. Pero casi seguro esa responsabilidad, la de saber escribir y la de conocer los propios botones, se va diluyendo como alambre que ha perdido tensión y por lo cual, cualquier botón pierde cualquier chiste.

Deberían prohibir a un botón viejo salir a la calle así nomás, con la facilidad de ser visto en público y exponerse a ser apretado sabiendo que tiene sus opresiones contadas. Pero lo que lo hace realmente sagaz y valeroso es que ningún botón es fabricado con su número de apachurramientos contados.

De ser así, esto sería sumamente aburrido y lo más probable es que se guardaría en alguna vitrina o museo y se oprimiría un par de veces por año, en alguna fiesta del pueblo u ocasión especial, como el lanzamiento de algún misil.

Pero esto no pasa así. Es imposible calcular la vida útil de un botón, por lo que es necesario digitar con delicadeza, pero estilo, cualquier botón que uno tenga que oprimir. 

lunes, 4 de abril de 2011

Instrucciones para ponerte unos lentes



Para todos aquellos que contamos con el fértil privilegio de ver borroso y así poder dudar, tanto de la claridad de la realidad, como de la validez de los sentidos, ponerse los anteojos es lo más parecido a ponerse un condón.

Hay autores de la corriente Gestalt que comparan el proceso de ver uno a uno a los ojos, con el hacer el amor. Por eso la actitud más responsable en esta promiscua fiesta de miradas, es ponerse lentes.

Cuando te cambian la graduación el mundo renace de su escuela preparatoria y parece que por fin cambió gracias a un par de cristales. En lo que no reparas en ese momento es que si esos cristales fueran rojos, el mundo para ti sería percibido como absolutamente rojo.


No imagino a un miope en tiempos prehistóricos. ¿Habría evitado cualquier tarea diaria por su imprecisión ocular? ¿O al carecer de precedente del concepto ni siquiera existía la necesidad materializada en la mente del respetable?


De ser así, habría que ponerse los lentes ante el hecho de que este conjunto de respetables que habita el 2011 cuenta con una serie inaudita de situaciones anómalas y benévolas por desarrollar, mismas que para este ojo, son llanamente inexistentes.


Es muy entretenido. Le hemos exigido al proceso de civilización diversos accesorios para sofisticar o condimentar las ventanas sensoriales. Guantes, cubrebocas, lipstick, orejeras, aretes, calcetines, zapatos y por supuesto, gafas.


Quien ose no acatar las normas elementales de armonía de la moda estará seguramente out en más de un sentido. Por ello es imprescindible auscultar con pleno sentido del colorido cualquier blanco que pueda ser negro.


Por eso tomar las dos patitas con cuidado (no vaya a ser que se descuadre lo que pretende ser curvo) y empotrarlas en el cráneo es de lo más invasivo. Tanto, que ya es plenamente normal y hasta fashion.


Seguramente como el concepto que tenían los australopitecus de sí mismos.

sábado, 19 de marzo de 2011

Instrucciones para guardar toda proporción



La vida puede ser concebida como un neurótico tránsito de balances e imbalances.

Y probablemente uno de los asediados trucos sea, precisar proporción (no necesariamente balance) entre estos dos.

La proporción exige perspectiva y sentido de ponderación entre dos puntos. Pero todo se colapsa cuando entre esos dos puntos estas tú como agente observador.

Heisenberg planteaba que el observador afectaba la realidad con el simple acto de percibirla. Con este tipo de argumento, la proporción pierde curiosamente  perspectiva al retar decididamente los puntos A y B que afanosamente hay que comparar.

¿Por qué (y para qué) nos ha de costar tanto entender una proporción si estamos manufacturados bajo cualquier tipo de éstas?

Por ejemplo, de acuerdo a la Proporción de Fibonacci, si mides tu estatura en centímetros y la multiplicas por 0.618, tendrás la cantidad de centímetros también, que debes contar desde el suelo hacia arriba en tu cuerpo y que apuntarán a tu punto 'áureo'.

Esta simple forma de medir qué tan proporcionado es tu cuerpo, es la gran carencia en la forma de conducir tu dirección de pensamiento.

Basta imaginar una métrica que apunte al silencio instantáneo cuando una espontánea brutalidad escape de tu opérculo bucofaríngeo, para aplaudir el dispositivo.

El punto es que no hay punto. No puede haberlo cuando la visión desproporcionada por condicionamiento natural altera la percepción y con ello el sentido de realidad.

¿O es proporcional tu ego con la capacidad de, al menos, percibirlo?

El ego se tiende como la desproporción de cualquier medida. Si te das cuenta, desde el tropezón en el que te torciste todo, pero cuidas el sigilo para que nadie te haya cachado, hasta el incansable ejercicio de no observar ninguna otra posibilidad, más que el 'para mí' tiene a este planeta en una cruzada contra sí mismo. Fuera de cualquier proporción, sea de higiene mental o de sentido común.

Por eso ser proporcional tiene la gracia de pensar la realidad de modo geométrico y no aritmético. Con volumen, con gracia, con sazón y plena consideración de la otredad es como la legítima proporción se acurruca ronrroneando el momento.

La proporción entre el ego, la dispersión y la inconciencia es suficientemente grande como para ser percibidas como desproporción en la mente cotidiana.

Por ello sería muy honesto y útil decidir si mejor guardas tu proporción y con ella el respectivo silencio que, después de todo, es un privilegio y no una obligación.



sábado, 19 de febrero de 2011

Instrucciones para abrir (y cerrar) los ojos



Hasta en el magro asunto de cerrar los ojos existe una veta con capas geológicas a investigar. E instigar.

El aleteo sutil que precisa ser el parpadeo lleva a un automatismo que, como todo proceso automatizado, paradójicamente se deja de observar y se gesta con la misma destreza con la que un contador saca una básica y eficiente suma fiscal.

El objeto ya no es pagar un deber, sino ver cómo se toma un atajo, se saca el mejor partido y se aprovecha de la situación contable. Muy parecido que con cerrar los ojos.

Si con esa maestría y artimaña se decidiera dar cabida a la espaciosidad de la atención en algo que puede ser instantáneamente misterioso y común como el parpadeo, la oportunidad de realmente ver se daría, precisamente, en alta definición independientemente de que estuvieran abiertos o cerrados los ojos.

Con recapacitar un momento se entiende que los ojos siempre están abiertos y lo que se abre y cierra como válvula de filtraje en relación a lo interno y lo aparentemente externo, son los párpados.

He visto párpados tatuados con un dibujo de un ojo y lo que de inmediato pienso es el afán por observar, por inteligir y decodificar, por encima de guardar la vista para uno mismo. Pero si en este último actuar reside la capacidad de comprensión del método y el proceso, se comete un grave error a nivel civilización, al pretender dirigir con primaveral onanismo la atención hacia afuera y querer comprender la realidad con el método externo como base y resultado.

Si en efecto se tratara de lubricar el ojo, basta pensar que esa leve, inmediata oscuridad y breve revisión de la ventana interna (algo mucho más real que cualquier reality check) es lo que en realidad lubrica eso: la ilusión de la realidad. La capacidad de creer que lo que desvela y permite un par de párpados es the real thing. Tan real y tan thing , que ni siquiera reparas en cualquier otra posibilidad.

Parpadear no tiene mucho sentido fuera de ese lavado y engrasado inmediato. ¿Qué pasaría si el proceso mecánico fuera a la inversa? Es decir, que constantemente hubiera visualización interna y de vez en vez se accediera a abrir el ojo, como para saber que lo que sea que hay allá afuera está condicionado por el mecánico accionar de la percepción, detonada y sagazmente manipulada por todo tipo de filtros emocionales e histórica y contextualmente condicionados?

Por ello, parpadear es más arquetípico que funcional, si es lo que quieres. Quien pueda contar sus parpadeos diarios recibirá el premio de estar alerta. Quien pierda la cuenta tampoco importará si lo que hace es capturar la esencia del ejercicio. Quien parpadea como si fuera una obligación, de ese modo transita por este suelo (que debería ser para él, subsuelo).

Parpadear es algo tan minúsculo y pasajero que seriamente pone a discusión el concepto y validez –sobre todo vigencia- de ‘Ahora’.

viernes, 4 de febrero de 2011

Instrucciones para saludar a alguien


El paso medido, cronometrado y calculado para evitar toparte con alguien, usualmente desemboca en lo contrario. De este modo, verle a la cara es equivalente a verte la cara:


"¿Cómo estás?"
"Bien, ¿y tú?"
"También"
"Bueno, tengo prisa, bye"
"Sí, yo también, adiós"


El saludo se ha vuelto cosa tan mezquina, rutinaria y burda, que los diputados deberían dejar sus insultos y sus iPads por un momento y promover una iniciativa para derogar los saludos al ser éstos, un cliché y lugares comunes esparcidos de un modo hipócrita y poco elegante.

¿O qué quiere decir el "Bien, gracias ¿Tú?, si no es "Me da lo mismo, quiero evitarte, pero tengo que ser diplomático"? Ese 'bien' no sólo navega en una amplitud de disonancia, sino en un resorte para esquivar una plática no deseada. Por lo mismo, no necesariamente la respuesta estriba en que estés bien o mal, sino en que estés.

Por el contrario, la respuesta más honesta tendría que ser 'mal, estoy mal porque no sé cómo decirte que no te quiero saludar'. Ahí tienes, por ejemplo, la diplomacia al saludar en Egipto.

Un saludo es reconocer a alguien y expresar lo que sea que esto provoque en uno: usualmente alegría o sorpresa. Paradójicamente con este momento, la historia del saludo data de 5 mil años atrás, en tierras egipcias y mostrado en jeroglíficos, donde por medio de estrechar un par de sudadas manos, se sellaban pactos entre hombres y deidades.

En Grecia y Roma se acostumbraba saludar chocando las manos, pero con una pequeña variante a la de hoy: tenías que tomar la muñeca de la otra persona y el apretón tenía que ser sustancialmente fuerte.  Esto se le atribuye a que cuando se encontraban dos aldeanos de distantes pueblos, lo primero que debías hacer era pacíficamente retirar sus dagas y ver cómo reaccionaba la contraparte. Si ésta hacía lo mismo, entonces se guardaba el arma y agarrabas fuertemente la muñeca derecha de la otra persona para que no sacara su arma y te apuñalaran a traición. Sólo así podían hablar tranquilamente.

En la Edad Media se daba la mano contraria al lugar donde llevabas tu espada, (que solía ir colgada a la izquierda) al ofrecer esa mano el contrincante observaba que no ibas a sacar la espada y apañarlo cual sanguijuela.

Poco a poco, el saludo fue evolucionando en una camaradería, hasta que hoy se encuentra, casi como una App en iTunes, como un must, como un gadget pasado de moda, como un auto 1999 en lamentable estado: ¿Qué significa: “Besos o Xoxo”, por ejemplo? El descarado nivel de lejanía proxémica nos hace tamagochis alimentados por estímulos semiautómatas.

Y estas letras no son una apología grinch a sonreírle al prójimo, sino a cuestionar el nivel de superficialidad y automatismo que hemos cultivado.

¿Qué pasaría si saludaras a quien realmente quieres saludar? ¿Si conscientemente registraras el campo energético de tu interlocutor y estrecharas con total fuerza e intención su mano? ¿Si al preguntar: “¿Cómo estás?”, realmente te interesara?

viernes, 28 de enero de 2011

Instrucciones para ver la Luna



It may be that the old astrologers had the truth exactly reversed, when they believed that the stars controlled the destinies of men. The time may come when men control the destinies of stars.
-          Arthur C. Clarke


Lo primero sería saber que de ninguna manera podríamos verla sin que ella deseara ser vista.
Esta anuencia vuoyerista colma y calma cualquier ansia astronómica o meramente anecdótica que pueda emerger en el público cautivo.

Para ver la Luna en serio hay que convertirse en cuerpo celeste. Esto es, encontrar un espacio reservado exclusivamente para apostarse sobre la plataforma de la hipnosis y poder recorrer -delinear una vez más- el perímetro luminoso de dicha incandescencia. Unir los puntos y saber que no habrá fin numérico, si es que estamos hablando de números imaginarios, que serían los únicos que podrían dibujar la Luna.

Me resulta inexplicable acostumbrarse a no voltear a ver hacia arriba. Es sinónimo perfecto de aceptar al mundo en su versión más ramplona y contentarte con su desasosiego.

Tal vez para eso existe el cielo: como un recordatorio de la intangibilidad, pero accesabilidad de una realidad distinta a la que es percibida por estos cinco limitados (y también ramplones) sentidos.

Sin necesariamente hacerlo, pero febrilmente querer aullar cuando ni parpadeas frente al disco, a la uña recortada o al cuarto creciente, a la sandía gris, al conejo apenas perceptible, el espectáculo es el más impactante que un ser pudiera presenciar y deberían arrestar por no voltear a verla - al menos diario-.

Parece tan cotidiana, tan frugal y urbana, que hasta la adaptamos a nombres y apellidos, a marcas, espejos, tiendas, canciones y la asociamos con creencias de cualquier tipo de suceso en principio incomprensible.

Para ver la Luna tienes que saber que te provocará lo que precisamente traes dentro, como una proyección fidedigna de cualquier emoción o falta de esta, en una refinada versión de un intempestivo buffet experiencial y testimonial.

La noche boca arriba se tiende sin penumbra como lámpara velada en lo alto de la pared más alta que encuentres. Las poleas invisibles que sostienen y juguetean con las estrellas, que tan cómodamente se balancean para asombro del respetable le han puesto un caballito de tequila a la misma noche. ¿Quién hubiera pensado que la Luna lo iba a tener todo tramado?

Un vacío que se instala entre el (celeste) cuerpo y el cuerpo (celeste) no alcanza a dimensionar ni la magnitud ni el desmayo que de modo lógico generaría.

Así, con un halo, verde, roja, panzona, pellizcada, cacariza o escondida, la Luna y su origen, enigma apenas explicable por medio de mitologías o síndromes de adecuación se tiende como perfecto post it a la vista de todos, como para recordar constante e insidiosamente que no hay cómo creer que todo esto es “normal”, rutinario ni oblongo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Instrucciones para ponerle MUTE al mundo




                                                La música de Wagner es mucho mejor de lo que suena
                                                           -Edgar Wilson Nye

Hay momentos en los que el cisticerco mental ocupa una privilegiadísima posición en la estampa cotidiana y se incrusta en lo más recóndito del sándwich (festejado por el TRI) personal… hasta que la olla express decide reventar como le dé la pusilánime gana.

Instantes estertores en los que no hace falta que llueva para estar quitecitamente mojado por pompas y circunstancias que materializan los temores, expectativas, ilusiones y hasta pesadillas oblongas que alienan el momento, precisamente del momento mismo.

Pero el ruido siempre complica las cosas. En la mañana y horas picos se está tan cerca del infierno, que de verdad parece que la más sucia e inteligente trampa que tiene el demonio es hacernos pensar que no existe. Y en ese pensamiento demoníaco-existencial es que sobreviene una muy corta y delicada mecha que hace fresco delante del espejo.

Agachar la cabeza para calzarla de acuerdo al silencio más sabroso es casi como meter la cabeza en una alberca y escuchar la expansividad de la proximidad. En esa repentina penumbra sonora que parece envolver al policía, al peatón y al patán, empezarás a sentir una especie de calor en el rostro, signo de que el botón fue correctamente oprimido. Irás por la calle con una sonrisota cual pez lagarto, dado que todo aquello que sirva como fuente sonora, habrá sido derrocada de tal capacidad.

Es lo más parecido a secuestrar la realidad y ponerle una bolsa del ISSSTE en la cabeza. Pero seguir viendo y atestiguando a través del plástico blanco. Justo es blanquizco el silencio. Por suerte sabemos que no hay colores, sino designaciones conceptuales, pero no deja de ser blanco en apariencia.

Dado que el sonido no es otra cosa sino vibraciones eléctricas que son interpretaciones de lo que consideramos “agudo”, “grave”, “fuerte” o “bajo”, siempre se puede arrugar esta irrupción sonora con un poco de blanca y dócil bolsa del ISSSTE que tendrá en una gimnasia eufórica las compulsivas ganas de quitarte elbotón mental y volver a la “normalidad” (¿de la “anormalidad”?).

No hace falta, sin embargo, dejar de hablar para quedarte en silencio. Darle una finalidad utilitaria a esto representaría cercenar el discurso interior que le da una ridícula gomosidad a la concentración y permite que la discursividad sea la carta de cambio diaria.

Con toda la voluntad en el ojo izquierdo, quizá para este momento el último decibel ha caído de rodillas y se muestra suplicante, como colgado en la frente, tiritante y tierno: no quiere abrir sus ojos porque sabe que será lo último que vea, pero mañoso como cualquier indicio de la realidad, si le perdonas el instante y decidas quitar el MUTE, sacará de atrás una resortera poco agradecida y te aprisionará de nuevo con el diálogo interior y exterior.

Por eso no es ocioso secretear con los decibeles indicados, que el silencio es un privilegio y no una obligación.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Instrucciones para matar a alguien





Por Eduardo Navarrete
@elnavarrete


Sé por adelantado que hubo muchos compas en el norte, en el centro y en el sur, que habrán leído estas instrucciones con aguda anticipación y las usan a mansalva y sin reparo.

Aún con esta tremenda atemporalidad, es importante e impotente subrayar que cuando pones la muerte como contrapeso de cualquiera de tus terribles problemas, instantáneamente tomas perspectiva, principalmente por el tremendo apego a  la imagen  de unicidad con  que se presenta esta vida ante los ojos. Como lo único, como un absoluto que si pierdes, sepan Monsi y Germán qué pase.

Y por la extraña, pero eficiente magia de, al dejarte de tomar las cosas tan en serio te liberas, siempre es bienvenido un ejercicio mortal en el diario y urbano tránsito de la de por sí desfalleciente rutina.

Puedes matar de risa a alguien cuando (esto funciona mejor con unos enfáticos grados Gay Lussac encima) cuentas el implacable chiste: "Llega un loco con otro loco y le pregunta: Loco: ¿Qué hora es? ¡Viernes! Le responde, a lo que el primero concluye: ¡Chinnn! Me pasé tres cuadras!”.

Matar de sueño es tan fácil como prender el Canal del Congreso o escuchar a Hugo Chávez. Y matas de coraje cuando te enteras de cualquier noticia legislativa (como el que nuestros muñecos senadores pidieron 300 millones de pesos más de los 750 que les autorizaron nuestros alfajores de Diputados, para erigir sus nuevas oficinas). Puedes matar tiempo y matar clases.
Igualmente una rola, un programa "te  mata", así como ver un gracioso y tierno cachorro hace lo propio.

Y es que matar tiene un encanto que sólo cuando eres honesto lo entiendes. El proceso de creación y destrucción parte de la premisa de albergar una última primera ocasión para entender la fugacidad de una permanencia mal entendida.

¿Valdrá la pena escribir esto? ¿Valdrá la pena entender que la pena sería no escribir ni aullar, cuando se es perfecta víctima potencial de un homicidio imprudencial (en todo el sentido del concepto), a manos de la arrogancia de la cotidianidad y el ostracismo?  

Si vivir corresponde al proceso lineal de transitar de un punto A, a uno B, entonces considérenme no vivo. Nada más aburrido y oblongo que atestiguar el paso de cuatreros en el pórtico, con una escopeta en la mano y una espiga en la boca. Por lo menos parece haber un poco más. Parece que se es en la medida en que se excluye, y dicha exclusión conviene ser percibida como la inmensa capacidad de pintar tu raya en torno al parecer del ser.

Por eso habríamos de matar, en lugar de tiempo y de risa, el prejuicio que cuentas de ti mismo  para liberar cualquier limitación y entender que no hay designaciones absolutas, como no hay permanencia.

Y es que son como zopilotes. Los pensamientos disruptivos, generadores de ansiedad, mal humor, estrés y discursividad que emite extraños sonidos sólo comparables con una mala indigestión. Por eso la discursividad no es algo, sino alguien, porque engendra toda tu capacidad de atar tu personalidad y carácter en agitaciones deslumbrantes hasta para el más aburrido. Y eso la hace seductora.

Matar la discursividad sería la provocación perdonada para saber que del artificio del error nace la belleza.

sábado, 31 de julio de 2010

Instrucciones para ser mojado por la lluvia





                                                                                                        No culpes a la lluvia
                                                                                                                              -El Sol


La mentalidad científica busca darle explicación a todo cuanto cruza frente a sí, incluso aquello que no hay cómo explicarlo de origen, y más bien debería ser disfrutado.

No puedo creer que haya gente a la que no le gusta la lluvia. No sólo por lo recreativo y aromático que esto se vuelve, sino por la instantánea enseñanza que entraña y obsequia sin esperar otra cosa a cambio, más que te mojes.

Ver llover puede ser el ejercicio más aburrido y soso, especialmente si para esto se te tiene que distraer de la novela o del resumen del resumen del partido. Y aún así, no es raro presenciar que alguien gruña y manotee porque está nublado, pero encontrar un paralelismo armónico en el trazo rasgado de un horizonte no acostumbrado a ello, tendría que emancipar el proceso de atención, el de la emoción y el de la imaginación en aras de por lo menos contagiar lo indispensable para motivar un brainstorming.

Es comprensible que no te emocione ver llover si tampoco te prende ir al baño a orinar (ni pis ni del uno: ¿qué hay con el impronunciable nombre de las acciones tal cual son llevadas a cabo?). Sin embargo, la irrefutable evidencia de estos dos acuosos eventos, es que hay vida de por medio, tanto en tu baño como en tu suelo, y eso es lo que escurre por la tasa (cuando no le atinas) o por la cara al ver llover hacia arriba (y atinar a merecer dicha afinidad con el día). 

Pero la vida suele tener una estampa tan sobrevaluada y domesticada por la cotidianidad que usualmente se da por hecho que se tiene, hasta que se da por perdida. Total, es un frente frío. Una depresión tropical (¿realmente habrá esto en el trópico?). Una tormenta aislada. Un chubasco. Da lo mismo: va a llover.

He presenciado trombas de campo donde no escuchas otra cosa que el incesante y necio golpeteo del agua con las hojas de los árboles. Cuando hace un fade out emerge el sinfónico reclamo de la fauna que no requiere ser vista para ser abrumadoramente presente en un discurso natural que tampoco requiere explicación.

Así, como un proceso simplemente natural, tendría que ser atajada la lluvia. Permitir que moje el remanso descubierto que todavía queda como resabio de lo que alguna vez nos delató como silvestres. ¿Por qué se exije un espero para verse reflejado?

Es instintivo y misterioso, pero lo que fascina y hasta otorga sustento vital, también espanta. Los cuatro elementos saben de esta bipolaridad humana y no han de parar de reír. Si se nubla hay jeta segura (y tormentosa) y hasta a San Isidro Labrador se escala la queja. Uno se cubre porque el peinado florido se marchitará, el caro ropaje evidenciará haber sido adquirido en el tianguis, las botas de gamuza perderán densidad capilar y en sí, todo esto, es muy mal plan en una ciudad donde echar bronca del frío, del agua (por abundancia o carencia) o del calor nos hace más frágiles y medievales.

Ver llover, mojarse, salpicarse, es tan deseado por un niño y odiado por un adulto.

Pensar que ahora nos da miedo mojarnos.

viernes, 28 de mayo de 2010

Instrucciones para abrir una puerta


Las puertas son las que eligen. No el hombre.

-Borges


Cualquier hueco tiene puntos débiles.

Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.

Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).

No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.

Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.

La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.

Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.

En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.

Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.

En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.

jueves, 20 de mayo de 2010

Instrucciones para llamarse Walter


Por: Walter Navarrete


Escribe un dicho sabio y tu nombre perdurará para siempre

-Anónimo


El nombre no deja de ser un interés mundano. Es correcto que por medio de éste te reconocen y hasta te identifican, pero eso no significa ni que seas tu nombre, ni qué éste te posea.

Tiene unos días que con el explosivo y elegante pase del Santos a la final, comencé a preguntar a muy diversos sectores: “Si fueras futbolista, ¿cuál sería tu apodo?” Esto a cuenta de que el apodo se trata de un designio que muchas ocasiones puede tener mayor tino que el propio nombre. Y sin embargo, ¡no deja de ser un designio!

¿O cómo es que decides ponerle nombre un perro o a un cuyo? ¿O cómo te podrías a ti mismo en este instante?

Tu nombre ni siquiera es tuyo, para empezar. No hay título de propiedad, ni factura que lo demuestre. Tal vez por eso Walter sea la treta que me condujo a replantear la funcionalidad del nombre y su utilidad en la práctica de la vida cotidiana y murmurada. Algo que tal vez utilizan los coches al portar un color, o la esencia al vestir un número.

Pero, ¿qué haces con tu nombre? ¿Te lo llevas a la cama y lo acaricias como a un peluche imprevisto? ¿Te gusta tu nombre? ¿Sabes lo que significa? ¿Reparas en cuánta energía se pierde en la defensa diaria de la reputación de ese nombre? ¡N'ombre!...

Llamarte como te llamas no altera el ciclo lunar. Tampoco decidir designar de otra manera aquello que te circunda. Por ello distinguir que el hecho de nombrar, poco tiene que ver con el objeto nombrado hace que recuerdes la deliciosa garantía individual de llamarte como se te antoje y saber que hay mucho más debajo de ese cascarón.

Wilson, Walter, Wilbur, Watson... Seguramente ya captaste la idea y creerás que le estoy dando vueltas al asunto para completar mis 3 mil caracteres... Bueno, ahora observa lo que sucede cuando cambias de nombre a tus posesiones: en tu elegante underwear: cambia de Ck a Trueno, por ejemplo... ( y continúa con cualquier otra categoría…)

Sin embargo el nombre y las chácharas se quedan en la superficie. No dejan de ser temporales. Los Egipcios enterraban al séquito con el dignatario y su colección de gemas. Los mexicanos sólo vivimos pensando que no vamos a morir. Y en esa certeza se da rienda a un sustancialismo predicador de toda fe en aquello que se percibe: sea un color, sea un número, un nombre (y hasta un equipo de futbol).

La forma en la que solemos relacionarnos con el entorno habla de uno mismo: se busca suprimir aquello que es desagradable e intensificar lo que es placentero. Esto pareciera idiotamente obvio, pero cuando se logra entender que se trata de una mera percepción y que es en ella en la que reside la carga valorativa y no en el fenómeno externo, la totalidad de la experiencia cambia y con él la importancia del nombre. De cualquiera. De todo.

Por eso da lo mismo que llames a lo que llames como lo llames. Es sólo un mote y de ningún modo es eso. Ahora intenta prescindir -así sea por un día- de lanzar nombres al mundo (ya no digas adjetivos...).

Quedémonos sin nombres por un ratito, que al fin, así es como estamos en este escenario.

lunes, 3 de mayo de 2010

Instrucciones para hacer una fila


Por Eduardo Navarrete

Every crowd has a silver lining.
-Phineas Taylor Barnum

No entiendo el pudor con el que la gente se asusta cuando alguien le llama "cola" si en realidad lo es: se mueve, flagela lenta y desesperadamente, crece, se reproduce y eventualmente muere, siendo una retaguardia que a nadie le place habitar.

Del principio "Primero en tiempo, primero en derecho" y la coordinada suma de la ineficiencia para atender una puerta, junto a la emocionante capacidad para dejarlo todo para el final, se genera -a mano de Hemorroide Films- la turbulencia organizada para tomar un turno espontáneo y formarse uno detrás de otro sin necesidad de tomar distancia.

En el banco, en el cine, en Hacienda, para el baño, en la calle... Las filas son condición y marca de un buen mexicano que acepta la condición de muchedumbre e impacientemente soportarlo porque ni hay de otra ni desaparecerán los que están adelante (maldita sea...).

Observa la cara de los que se forman. El tic de mover a ritmo de speed metal la piernita, abre paso para ver el reloj cada 30 segundos. Instantáneamente vendrá algún gesto de circunstancia y con él, la respuesta innata para sentirse activo: ponerse de puntas y balancearse para observar (infructuosamente) por qué no avanza la fila (y constatar que esto se debe a que hay mucha gente delante de ti). El último recurso siempre será sacar el celular y jugar a aprovechar el tiempo mientras se pierde jugando a alinear burbujar coloridas.

A nadie le gusta hacer fila. Por lo mismo, y como lo dicta nuestra verdadera Constitución (el código genético), habremos de ingeniarnos algún atajo o hábil y conspicua maniobra para, o no hacer cola, o saltarnos algunos lugares. Lo divertido del caso es que a todos los que están formados les gustaría hacer esto: democráticamente lo merecen. Pero cuando todo mundo está formadito, en paz y dócil y sale el pasado de listo, no hay uno sólo que no se maldiga por seguir respetando la estúpida cola.

Cuando no existe la tecnología de la fila y primitivamente se arrejunta el personal sobre la cadena para masoquistamente rogarle a Bobby que se apiade de ti para que te deje entrar a pagar 200 pesos de cover (¿qué significa cover? ¿Por qué pagar por algo así?) y encontrar todo a sobreprecio y sobrecupo, no hay escena más lamentable que la de -entre el bullicio de peroratas (y perroratas)- emerga con camisa hilarantemente pegadita, el engomado con la operada, le abran paso, dé un abrazo al "Donkey Kong" y siga su paso. Eso amerita una revuelta popular por decirlo tranquilo.

Para salir de un avión, en la taquilla, y hasta para pegarle a una piñata te formas. Me pregunto si la mente hace también cola para tomar un cuerpo en el proceso del renacimiento, y si también se meten en la cola, dan una propinita, hay coyotes o se encuentra un plan B para evitar formarse.

La arquitectura de la fila es importante: los que están en el primer tercio distal saben que su espera será premiada cuando salgan y vean que aún hay cola e incluso se hizo más grande. Eso da una secreta especie de satisfacción y ahorro de tiempo, mismo que será sabiamente invertido en ver la tele.

Si te toca estar en la parte media de la cola, sabes que no puedes irte porque en una de esas, los pelados de adelante avanzan rápido y cada minuto ahí depositado hubiera sido desperdiciado. Además, siempre que haya alguien detrás de ti, vale la pena conservar el lugar.

Simpáticamente, si ocupas la parte más lejana de la entrada es porque sabes que llegaste tarde y te lo mereces, o con realismo abortas el plan y regresas otro día. Eso sí, cuando eres la última persona de la fila -exactamente la antítesis de la conveniencia- asaltan tu mente varias ideas progresivas (y no progresistas) en torno a la factibilidad de que algún día llegues, si eres el brutazo que aceptará presumirle al mundo el último lugar, y por cuánto tiempo, si estás haciendo la fila indicada...hasta que llega otro que se forma detrás tuyo, y con tu nuevo alivio y el viejo rabillo del ojo ves que inicia con su tormenta de dudas y lápida culpígena.

Un entrañable fenómeno es el de encargar el lugar. ¿Por qué habremos de cuidar el espacio dejado a algún vivales que haga fila de modo virtual a costa de uno? Lo más probable es que si se llega a este estado de amargue es porque en definitiva se ha perdido todo temple y lo mejor será salir de la fila y regresar por donde veniste.

Hasta estas letras que lees están formadas para ser leídas por ti. Por ningún motivo dejes qeu anu se quiear paasr de litsa y se adealtne la fila.

No vaya a sucdeer lo qeu pasa a diairo en nuetsra cuidad...

viernes, 16 de abril de 2010

Instrucciones para saber que no es sábado



Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.

- Anthony Burgess

Los sábados solían ser mis amigos.

Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.

Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.

Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.

Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.

El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).

Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.

Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.

Por eso un domingo puede verse como lunes.

Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.

Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.

viernes, 26 de marzo de 2010

Instrucciones para escuchar una rola


If Beethoven had been killed in a plane crash at the age of 22, it would have changed the history of music... and of aviation.

Tom Stoppard

Lo mismo da poner a Laura León o a Tomasso Albinoni si se trata de adoptarlos como el fondo de otra canción: la de la dispersión.

No sé si tuvieras respuesta inmediata, si te preguntara en este instante: ¿cuál sería la canción que definiera el soundtrack de tu historia? Probablemente alguien puede ser tan adicto que requiriera varios Gigas en playlists.

Pero el punto es que la música, al ser un conjunto de vibraciones oscilantes de frecuencias dispuestas en un campo abierto para ser captadas e interpretadas (e interpeladas), ni siquiera es como se percibe. Pero el headbangueo, las lágrimas circunstanciales y la metódica práctica del air guitar suceden a lo que se piensa "está bien chida esta rola" o "El Buki me las va a pagar porque no ha sacado un disco como los de antaño".

La música sabe llegar a donde tiene que llegar, con el timing preciso, la dinamita exacta y toda ámpula por levantar. Por más plasta que uno sea, no hay cómo ser inmune a la música.

En un acto de diversión privada (imagina qué tan bomba me la estaré pasando) suelo poner mute mental al antro y de pronto quedarme con la imagen de los cuerpos en curiosas contracciones y quiebres. La música prende, recuerda, mueve. Es una burbuja -de esas que tanto se disfrutan y que tanto escasean.

La música es un gran ejemplo, de uno de tantos ejercicios condicionados de alienación de los cuales, y sin mayor sofisticación, disfrutamos y empleamos para refugiarnos en nuestra madriguera. La que sea. Pero que sea.

No son pocas las personas que conozco que requieren -como una especie de curioso hábito sexual- conectarse los audífonos, para desconectarse del mundo en una especie de revancha cool contra este mundo ramplón que nada tiene de comprensivo.

Oír a Nine Inch Nails mientras corres, a Sigur Ross mientras duermes, a José José mientras haces quehacer, a Yuri -como es la ocasión- cuando entra la maldita Primavera, a Pablito Ruiz para recordar la vulnerabilidad del sentido común, a Metallica para acelerar el auto, a Juanga para sacar el showman oculto, a Fernando Delgadillo para botear por los pasillos universitarios, a El Sol para preguntarse por qué no es de noche, a los Black Eyed Peas para lavar el coche y así sucesivamente, tener un cómplice musical parece IN y con onda.

Y puede serlo, pero exclusivamente en el estrato de una realidad convencional donde difícilmente se le pone pausa a ésta o al iPod, como para escucharse a uno mismo sin distracción voluntaria, autoimpuesta o inconsciente.