viernes, 6 de mayo de 2011
Instrucciones para decir una mentira
lunes, 14 de febrero de 2011
Instrucciones para tener más followers
jueves, 20 de mayo de 2010
Instrucciones para llamarse Walter

Escribe un dicho sabio y tu nombre perdurará para siempre
-Anónimo
El nombre no deja de ser un interés mundano. Es correcto que por medio de éste te reconocen y hasta te identifican, pero eso no significa ni que seas tu nombre, ni qué éste te posea.
Tiene unos días que con el explosivo y elegante pase del Santos a la final, comencé a preguntar a muy diversos sectores: “Si fueras futbolista, ¿cuál sería tu apodo?” Esto a cuenta de que el apodo se trata de un designio que muchas ocasiones puede tener mayor tino que el propio nombre. Y sin embargo, ¡no deja de ser un designio!
¿O cómo es que decides ponerle nombre un perro o a un cuyo? ¿O cómo te podrías a ti mismo en este instante?
Tu nombre ni siquiera es tuyo, para empezar. No hay título de propiedad, ni factura que lo demuestre. Tal vez por eso Walter sea la treta que me condujo a replantear la funcionalidad del nombre y su utilidad en la práctica de la vida cotidiana y murmurada. Algo que tal vez utilizan los coches al portar un color, o la esencia al vestir un número.
Pero, ¿qué haces con tu nombre? ¿Te lo llevas a la cama y lo acaricias como a un peluche imprevisto? ¿Te gusta tu nombre? ¿Sabes lo que significa? ¿Reparas en cuánta energía se pierde en la defensa diaria de la reputación de ese nombre? ¡N'ombre!...
Llamarte como te llamas no altera el ciclo lunar. Tampoco decidir designar de otra manera aquello que te circunda. Por ello distinguir que el hecho de nombrar, poco tiene que ver con el objeto nombrado hace que recuerdes la deliciosa garantía individual de llamarte como se te antoje y saber que hay mucho más debajo de ese cascarón.
Wilson, Walter, Wilbur, Watson... Seguramente ya captaste la idea y creerás que le estoy dando vueltas al asunto para completar mis 3 mil caracteres... Bueno, ahora observa lo que sucede cuando cambias de nombre a tus posesiones: en tu elegante underwear: cambia de Ck a Trueno, por ejemplo... ( y continúa con cualquier otra categoría…)
Sin embargo el nombre y las chácharas se quedan en la superficie. No dejan de ser temporales. Los Egipcios enterraban al séquito con el dignatario y su colección de gemas. Los mexicanos sólo vivimos pensando que no vamos a morir. Y en esa certeza se da rienda a un sustancialismo predicador de toda fe en aquello que se percibe: sea un color, sea un número, un nombre (y hasta un equipo de futbol).
La forma en la que solemos relacionarnos con el entorno habla de uno mismo: se busca suprimir aquello que es desagradable e intensificar lo que es placentero. Esto pareciera idiotamente obvio, pero cuando se logra entender que se trata de una mera percepción y que es en ella en la que reside la carga valorativa y no en el fenómeno externo, la totalidad de la experiencia cambia y con él la importancia del nombre. De cualquiera. De todo.
Por eso da lo mismo que llames a lo que llames como lo llames. Es sólo un mote y de ningún modo es eso. Ahora intenta prescindir -así sea por un día- de lanzar nombres al mundo (ya no digas adjetivos...).
Quedémonos sin nombres por un ratito, que al fin, así es como estamos en este escenario.
viernes, 9 de abril de 2010
Instrucciones para hablar sin teléfono

El silencio es un privilegio, no una obligación.
No han sido pocas las ocasiones en las que solito me he metido en problemas y ni se me había ocurrido que eso terminarían siendo.
A veces me gustaría practicar una resonancia magnética por cada parte de mis pixeles para ver dónde es que tengo ese imán. Y entre más lo pienso menos claro es.
Somos seres con tremendas carencias, entre ellas, la que faculta ponderar el modo más pertinente para llenarlas. Por eso, por la ingente necesidad de llenarlas (desde la condición social de reconocimiento hasta la perla sexual que parece ser panacea) hace, y no en pocas ocasiones, que figuremos como minotauro de un laberinto propio.
De por sí la relación interpersonal es como desactivar un explosivo: cada minucioso movimiento puede parecer que no genera mucho... hasta que te ves pidiendo "perdón, perdón, perdón" o "porfa, porfa, porfa". Las variables son tantas y tan complejas que ni se pelan y en cambio se subestiman: "total, ¿qué puede pasar si le digo lo que sé que no debo decirle?"
Somos seres tan extrañamente complejos que ni para advertir eso hay simplicidad. Basta imaginar la intrincada red de tubos y fluidos que cargamos dentro para saber que con esa misma dimensión y conciencia tendríamos que bucear en silencio. Observando el contorno del instante y su entretenida capacidad de describirnos se puede erigir un momento que dé pie a otro. Uno en donde ya no sea el acto de entretenimiento el que mueva, sino el del gusto por entender el sentido del mismo, así sea en silencio.
Para hablar, uno requiere de cadencia, ritmo y contenido. Hay técnicas para modular la voz, pero no así para obtener sentido común. Si en algún momento has hablado contigo mismo, entenderás que el proceso de comunicación es complejo por la carga emotiva y proyectiva que de él se emana. Se crean mundos y monstruos. Salen de la boca serpientes que sin reparo emanas, y tampoco podrás controlar.
Y por más ilusorio que sea el concepto del control, es cotidiano que no se midan las consecuencias de cada letra que se arroja, pero esto es muy diferente a que no haya tales.
Uno es dueño de sus palabras, como de su silencio.
viernes, 21 de agosto de 2009
Instrucciones para auditar una vida

Si el prejuicio ufano fuera un deporte olímpico, lo habríamos hecho vernáculo para embarrarle chantilly, embriagarnos hasta el delirium diabetes.
¿Qué tiene el ser humano que es tan chismoso?
“¿Qué te importa?”, podría ser una respuesta congruente.
Pero, ya, del modo más incongruente y honesto, ¿Por qué importa tanto a la persona la dádiva social y la aceptación de heces (sic) y costumbres?
Esto hace (no heces) parecer que nuestra vida es tan hueca que tenemos que recurrir a ejércitos de estímulos externos que condicionan y satisfacen el morbo con la pericia y condición de retransmitirlo exageradamente a quien más cerca tengas. Un ejemplo de este recurso son las escandalosas revistas y pasquines que dan detalle del divorcio de moda, el escándalo de los famosos y las fotos que lo comprueban (porque hay que citar fuentes y apelar al más sistemático rigor documental).
El escarnio es un involuntario imán que hace que meticulosamente te revuelques en esta insaciable indulgencia y hojees rápido (y de buen modo) la TVNotas en el súper, cuando dijiste que ibas por papel del baño (flemática coincidencia).
Ninel, Fabiruchis, El Príncipe, Súper Alex Guzmán, la Chupitos… Por si no fueran un estallido social en sí mismos, ahora nos los recetan en poderosas páginas bellamente ilustradas a todo (y recalcitrante) color para que el niño, la niña se distraigan ventilando el garfio de la idiotez y el macanazo mental que se pone al idilio sobreprotector de una mente que no tiene idea qué hacer consigo misma.
Los chismes son atractivos mientras no se enfoquen en uno, ¡claro! Pero, ¿por qué la ocupación de preparar y condimentar esta comidilla, y por qué la preocupación por verse librados de ella ante los demás?
Parece una peste o especie de AH1N1 (no me canso de repetir este nombre) de la cual huimos aterrados, pero al mismo tiempo, cimentamos y aderezamos a la menor provocación. Construimos los eventos que en un rato nos golpearán el trasero de un modo ejemplar (pero sin aprender el punto).
"Preocúpate cuando no hablen de ti" es tan insano como "Si el río suena es que agua lleva". Somos tan absurdos e infantiles que lo único que tienen en común, tanto la generación del chisme como la preocupación del impacto en uno, es la autodestrucción que conllevan. Y no sólo no somos capaces de entender esto. Nos regodeamos en el ejercicio fútil.
Igual hablarán de uno, y no precisamente por ser especiales, floridos o acidulados. ¿Como para qué rendir pleitesía al hecho y anidar problemas con un ejercicio abiertamente ocioso y tóxico? ¿Es muy difícil reparar en el efecto de las causas? ¿Podemos con tanto allanamiento del ejercicio más burdo en detrimento propio?
¿Será que muy poco es lo que tenemos que decir de uno mismo?
¿Será que es más fácil auditar la vida ajena que la propia?

