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jueves, 23 de junio de 2011

Instrucciones para oprimir un botón



El resorte tiene un encanto que ya lo quisiera alguien por las mañanas.

La magia de la insistencia convertida en una cruzada nacional vuelta tic absorbe hipnóticamente el contacto del hombre con su creación: un botón, y lo vuelve esmeril en cada ventana.

Los hay negros, azules, amarillos, nucleares, fisiológicos, florales, de vestir, en elevadores y en computadoras, en aires acondicionados y en controles remoto, los hay virtuales y congelados. Los botones están con el ser para ser oprimidos por la clase dactilar como consigna vital y universal, como triste, pero real, evidencia de un mundo desigual.

Sin embargo, puede que sea tan sabroso como degustar un buen pozole o bailar en tu cuarto a solas, pero apretar un gran botón conlleva –necesariamente- a tener que apretarlo de nuevo.

Esta es la magia del mismo. Y lo que sucede es que un botón nunca tiene soledad. Siempre está ahí, esperando lealmente ser oprimido y prácticamente, gracias a su oculto y secreto mecanismo, emerge con soltura, como retando al respetable, a ser apretado una vez más. Noble, bonito.

No imagino el día que se inventó el botón como dispositivo para activar algo que de otro modo perdía chiste. Lo más probable es que un hombre en blanco y negro (siempre viene a mi mente Nikola Tesla con música de trompetas como fondo), haya dibujado planos y hecho maquetas para encontrar que la magia de la espiral (sin mencionar aquí el paroxismo de ésta, llamada Phi) tendría que portar un techo para fungir como receptáculo caprichosamente funcional. Aprietas, funciona. Así son las cosas.

Por ello el capataz de la eficiencia en un botón es su propia vigencia. En él se refleja el estigma oprimido en un botón y la firmeza del que blande su dedo para hacer clic. Por eso un botón se aprieta con rostro iluminado, como atestiguando el proceso que lo llevó a ser botón y procurando nunca renacer en uno de ellos (aunque nadie puede garantizar tal certeza, por lo que valdría la pena estar precautoriamente advertido e ir eligiendo qué botón podría ser en la siguiente vida).

Piénsalo fríamente: el teclado son botones, como la paciencia evidencia botones para su contraparte. Un bebé, por ejemplo, controla magistralmente a sus padres activando con maestría diversos botones. Pero casi seguro esa responsabilidad, la de saber escribir y la de conocer los propios botones, se va diluyendo como alambre que ha perdido tensión y por lo cual, cualquier botón pierde cualquier chiste.

Deberían prohibir a un botón viejo salir a la calle así nomás, con la facilidad de ser visto en público y exponerse a ser apretado sabiendo que tiene sus opresiones contadas. Pero lo que lo hace realmente sagaz y valeroso es que ningún botón es fabricado con su número de apachurramientos contados.

De ser así, esto sería sumamente aburrido y lo más probable es que se guardaría en alguna vitrina o museo y se oprimiría un par de veces por año, en alguna fiesta del pueblo u ocasión especial, como el lanzamiento de algún misil.

Pero esto no pasa así. Es imposible calcular la vida útil de un botón, por lo que es necesario digitar con delicadeza, pero estilo, cualquier botón que uno tenga que oprimir. 

sábado, 30 de octubre de 2010

Instrucciones para replantear (casi) cualquier cosa



No existe el presente; lo que así llamamos no es otra cosa que el punto de unión del futuro con el pasado

-Michel Eyquem de Montaigne


La vida se escurre en cualquier cosa. Sea una necedad (necesaria o innecesaria), pero se va, se esfuma en ganarse la vida sin reparar si le sumas años a la vida, o vida a los años.

Cualquier cosa tiene como característica la capacidad de ser delimitada. Cualquier cosa opera como referente y conversación. Cualquier cosa importa como importa un recuerdo no obtenido acerca, precisamente, de cualquier cosa.

Hasta hace unos días, el único recuerdo de la oportunidad  para repensar algo era algún recuerdo que de gorrón pisaba el lobby mental, tan despreocupado e inerte como su padre, el hubiera.

Para escuchar el pasado hay que sincronizarse con él. No hay peor error que escuchar un acetato en las revoluciones erróneas. Si piensas tu pasado con la perspectiva del presente, las memorias crecerán como enemistad de lo que pudo ser y sus fantasmas gobernarán las noches del futuro.

La reminiscencia de un tiempo que no es ahora trae por resultado el aroma costumbrista de pudrirse a sí mismo (y a sus congéneres) en un acto más bien discursivo y aéreo, prófugo de lo único que en realidad está aconteciendo: el presente.

Bajo esa premisa sería tonto repensar algo.

Pero si se repiensa esto (o algo) y se entiende que ser y tiempo son exclusivamente conceptos que utilizamos para designar algo que no necesariamente tienen la delimitación que concebimos, estaremos ante un problema que ni Heidegger imaginó: voltear al pasado carecerá de importancia, del mismo modo que asomarse al futuro. Y en este caso, el presente dejaría de existir como se entiende por ser el único tiempo conceptual tasado en sucesiones hiladas y no siempre provistas de atención a sí mismas.

Por ejemplo: Si existiera el presente, ¿cuánto dura?  Pero lo que se concibe como presente es una desaprovechada circunstancia que pudo ser y ni siquiera se entendió cómo. Perseguir la añoranza o la expectativa nos hace más brutos de lo que pueda pensarse y pone en entredicho la razón de ser de uno.

¿O hay plena conciencia de que se está desperdiciando la misma para repensar cómo se extraña al ‘ya sabes quién’?

Replantea el tema. Revisa el contexto. Recurre a la locura (toda locura tiene un método, según Shakespeare). Revuelve los consejos. Resume todo concepto. Estíralo e ignóralo, ya que se trata de un concepto, de un juego, de un efluvio. Revisa las consecuencias. Revive lo no ocurrido.

Replantear la instrucción parecería tanto como oprimir pausa y en slow motion buscar el momento que indica el sustento anímico como para agregar el "re" sin temor a la represalia egoíca que tiene que venir como el grito sigue al manazo.

¿Qué otro regaño puede aparecer en este cuadrilátero, que el del apego a un momento bañado en Chantilly y chispas multicolor, digno de ser enmarcado por todo tipo de arquetipos?

La remembranza impide la claridad. Si bien la palabra "recordar" tiene que ver con la palabra corazón, el mismo corazón -por medio de su diario accionar- registra la función de la concentración en Justo-Este-Momento como elemento no negociable en este tránsito vital.

Tal vez por eso no se pueda repensar, sino recuperar. Especialmente tiempo.
Biography lends to death a new terror.
Happy Halloween.


viernes, 15 de octubre de 2010

Instrucciones para encender un cigarro




                     Aunque no sea honesto por naturaleza, lo soy por así sea por casualidad
                                               -Shakespeare


Quien piense que los placeres entendidos como premio a simplemente existir no tienen un precio que muchas veces deberá ser pagado en una sola exhibición, tiene contundentes problemas. 

Al parecer esto es muy simple: si lo disfrutas es porque, dispuesto o no, consciente o no, dicho placer es limitado tanto en tiempo como en espacio.

Y más que tener esto, un tinte abiertamente aguafiestero en tiempos donde el desmadre pasa de ser de sustituta a definitiva religión, se trata de una de las reglas del juego del principio de realidad en el que independientemente al hecho de que coincidas o no con esto, así opera: hay una consecuencia para cada causa puesta en marcha.

¿Qué quieres? Yo ni tomé ni decisión ni dictado al respecto. Como tú, reboté en este pavimento, como muñequito de Wii, y empecé a caminar hasta que comprendí que el chiste del juego era, precisamente, encontrar las instrucciones del mismo.

Por eso se siente horrible ver a alguien que rebosando energía y glamour parece desempeñarse en el cuadro vital como si no hubiera consecuencias, como si no hubiera algo qué buscar, como si le sintiera bien arrastrar un cometido. Es la persona que se va a dormir con la certeza de que despertará mañana. Como algo dado, sin la menor introspección ni perspectiva. Con la desesperación de tener lo obvio frente a los ojos, pero de tan cerca, ignorarlo por completo.

Todo placer es fugitivo. No es advertencia, es una observación. Y lo es porque se trata de una designación que tiene dueño con carga subjetiva e igualmente cambiante al respecto de precisamente todo. ¿O tu idea de tu primera pareja en la vida sigue siendo exactamente la misma que la de ese primer día? La trampa más elegante del placer es hacernos suponer que puede durar. Enterrados en dicha suposición subyacen prejuicios, condicionamientos y sobre todo costumbre. ¿O te has puesto a revisar cómo opera toda esta puesta en escena, con detenimiento crítico? ¿Has visto cómo hay personas que buscan a toda costa involucrarse en una lucha que está a priori garantizada para ser perdida, contra el tiempo? ¿Notas cómo surgen nuevos productos, anuncios y estrategias para lucir y parecer más joven, como si la edad por sí misma fuera una condicionante padecer o disfrutar? ¿Te das cuenta cómo pasa el tiempo en ti, y cuál es tu respuesta en torno a esto, tomando en cuenta que hay una regeneración celular, al menos cada 21 días?

Lo valioso del placer de darte cuenta estriba en la oportuna posibilidad de aligerar cargas condicionadas por el hábito socializado y automático que no hacen sino masificar y masticar la cordura y buen gusto de orientar el juego.

Un juego donde las reglas están escondidas, pero están. ¿Y no será que el tropiezo con la misma piedra, que el padecimiento de esa broncota que te raspa el lóbulo frontal, que tus preocupaciones y padecimientos tengan que ver con la incapacidad de comprender y conducir tu tránsito con base en estas reglas?

Lo más elegante que nos pudo hacer la vida, o quien haya orquestado el rally, es hacer que generemos interés o curiosidad por buscar las propias instrucciones de éste.

Pero si eso no genera el menor dejo de placer para ti, entonces préndete un cigarrito y lee otra cosita.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Instrucciones para matar a alguien





Por Eduardo Navarrete
@elnavarrete


Sé por adelantado que hubo muchos compas en el norte, en el centro y en el sur, que habrán leído estas instrucciones con aguda anticipación y las usan a mansalva y sin reparo.

Aún con esta tremenda atemporalidad, es importante e impotente subrayar que cuando pones la muerte como contrapeso de cualquiera de tus terribles problemas, instantáneamente tomas perspectiva, principalmente por el tremendo apego a  la imagen  de unicidad con  que se presenta esta vida ante los ojos. Como lo único, como un absoluto que si pierdes, sepan Monsi y Germán qué pase.

Y por la extraña, pero eficiente magia de, al dejarte de tomar las cosas tan en serio te liberas, siempre es bienvenido un ejercicio mortal en el diario y urbano tránsito de la de por sí desfalleciente rutina.

Puedes matar de risa a alguien cuando (esto funciona mejor con unos enfáticos grados Gay Lussac encima) cuentas el implacable chiste: "Llega un loco con otro loco y le pregunta: Loco: ¿Qué hora es? ¡Viernes! Le responde, a lo que el primero concluye: ¡Chinnn! Me pasé tres cuadras!”.

Matar de sueño es tan fácil como prender el Canal del Congreso o escuchar a Hugo Chávez. Y matas de coraje cuando te enteras de cualquier noticia legislativa (como el que nuestros muñecos senadores pidieron 300 millones de pesos más de los 750 que les autorizaron nuestros alfajores de Diputados, para erigir sus nuevas oficinas). Puedes matar tiempo y matar clases.
Igualmente una rola, un programa "te  mata", así como ver un gracioso y tierno cachorro hace lo propio.

Y es que matar tiene un encanto que sólo cuando eres honesto lo entiendes. El proceso de creación y destrucción parte de la premisa de albergar una última primera ocasión para entender la fugacidad de una permanencia mal entendida.

¿Valdrá la pena escribir esto? ¿Valdrá la pena entender que la pena sería no escribir ni aullar, cuando se es perfecta víctima potencial de un homicidio imprudencial (en todo el sentido del concepto), a manos de la arrogancia de la cotidianidad y el ostracismo?  

Si vivir corresponde al proceso lineal de transitar de un punto A, a uno B, entonces considérenme no vivo. Nada más aburrido y oblongo que atestiguar el paso de cuatreros en el pórtico, con una escopeta en la mano y una espiga en la boca. Por lo menos parece haber un poco más. Parece que se es en la medida en que se excluye, y dicha exclusión conviene ser percibida como la inmensa capacidad de pintar tu raya en torno al parecer del ser.

Por eso habríamos de matar, en lugar de tiempo y de risa, el prejuicio que cuentas de ti mismo  para liberar cualquier limitación y entender que no hay designaciones absolutas, como no hay permanencia.

Y es que son como zopilotes. Los pensamientos disruptivos, generadores de ansiedad, mal humor, estrés y discursividad que emite extraños sonidos sólo comparables con una mala indigestión. Por eso la discursividad no es algo, sino alguien, porque engendra toda tu capacidad de atar tu personalidad y carácter en agitaciones deslumbrantes hasta para el más aburrido. Y eso la hace seductora.

Matar la discursividad sería la provocación perdonada para saber que del artificio del error nace la belleza.

viernes, 9 de abril de 2010

Instrucciones para hablar sin teléfono


El silencio es un privilegio, no una obligación.

No han sido pocas las ocasiones en las que solito me he metido en problemas y ni se me había ocurrido que eso terminarían siendo.

A veces me gustaría practicar una resonancia magnética por cada parte de mis pixeles para ver dónde es que tengo ese imán. Y entre más lo pienso menos claro es.

Somos seres con tremendas carencias, entre ellas, la que faculta ponderar el modo más pertinente para llenarlas. Por eso, por la ingente necesidad de llenarlas (desde la condición social de reconocimiento hasta la perla sexual que parece ser panacea) hace, y no en pocas ocasiones, que figuremos como minotauro de un laberinto propio.

De por sí la relación interpersonal es como desactivar un explosivo: cada minucioso movimiento puede parecer que no genera mucho... hasta que te ves pidiendo "perdón, perdón, perdón" o "porfa, porfa, porfa". Las variables son tantas y tan complejas que ni se pelan y en cambio se subestiman: "total, ¿qué puede pasar si le digo lo que sé que no debo decirle?"

Somos seres tan extrañamente complejos que ni para advertir eso hay simplicidad. Basta imaginar la intrincada red de tubos y fluidos que cargamos dentro para saber que con esa misma dimensión y conciencia tendríamos que bucear en silencio. Observando el contorno del instante y su entretenida capacidad de describirnos se puede erigir un momento que dé pie a otro. Uno en donde ya no sea el acto de entretenimiento el que mueva, sino el del gusto por entender el sentido del mismo, así sea en silencio.

Para hablar, uno requiere de cadencia, ritmo y contenido. Hay técnicas para modular la voz, pero no así para obtener sentido común. Si en algún momento has hablado contigo mismo, entenderás que el proceso de comunicación es complejo por la carga emotiva y proyectiva que de él se emana. Se crean mundos y monstruos. Salen de la boca serpientes que sin reparo emanas, y tampoco podrás controlar.

Y por más ilusorio que sea el concepto del control, es cotidiano que no se midan las consecuencias de cada letra que se arroja, pero esto es muy diferente a que no haya tales.

Uno es dueño de sus palabras, como de su silencio.

viernes, 19 de marzo de 2010

Instrucciones para negarte a ver la verdad

-La verdad os hará libres

Juan 8:32


¿Ah verdad?

¿Verdad que la intransigencia, cuando es propia, levanta doble curiosidad?

No es elegante esquivar las suspicacias diarias de aquello que pueda existir de verdad, de modo independiente a los órganos sensoriales, a la conciencia, y saber de memoria los integrantes de un grupo impronunciable en estado sobrio.

Aquello de “ser es ser percibido” dejó de tener sentido cuando alguien preguntó por las características dimensionales del pensamiento y puso en órbita la certeza de que la realidad es una, es absoluta, y es un prurito visual abrazable y untable.

De la misma forma se extiende la famosa verdad, "Mi beldá", esa que hace del prejuicio un tobogán a la vergüenza y que te convierte en Papa de tu propio Vaticano.

La mera verdad, es que no hay tal. El concepto en sí alberga dosis de presunción, término absoluto y unidimensionalidad, preceptos para achicar el criterio y sentarse en un trono de oropela hacer berrinche y parecer feliz. Todo encadenado y cíclicamente.

Si eres un incansable arqueólogo de la verdad, si supones que dicha verdad aporta lecciones definitivas para tu vida, si consideras que la inmutabilidad de esta verdad genera certeza, y es a partir de ésta con la que tomas decisiones, podría decirse que vas en el microbús correcto hacia tu viaje más confuso e indigno, llamado “Muy Lejos”.

Una verdad existe (y naturalmente, de modo relativo) mientras su sustentador se la crea. Creer poseer la verdad otorga una especie de báculo que nos hace sentir idiotamente únicos y nos hace ver únicamente idiotas. Si la verdad puede encontrarse únicamente a través de la razón, si sólo puede hacerse por medio de la experiencia, si es subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, si hay un tipo de verdad ontológica enfrentada a una lógica, si hay una verdad material en oposición a una formal, si se trata de una verdad de hecho contra una verdad de razón, tal vez ni siquiera uno se acerque al entendimiento de la verdad, que es la ausencia de ésta y de cualquier concepto absoluto y absolutizante.

¿O de verdad crees que el mundo es lo que tus ojos interpretan, y de ahí puedes extraer originales y divertidas verdades absolutas?

¿Verdad que quién sabe?

viernes, 12 de marzo de 2010

Instrucciones para desear no desear



The desire to take medicine is perhaps the greatest feature

which distinguishes man from animals.

-Sir William Osler

Por la vida confluyen viaductos que cargan ansiedades y adrenalinas de diverso tamaño, mismas que acidulan el tránsito y lo vuelven espejo de las propias debilidades.

Es imposible saciar con holgura cuanto deseo abrupto cae en la alcancía de la conciencia: habría que desear no desear. Y en sí, continúa sigue siendo un deseo.

El problema con el aparentemente sano, humano y spicy deseo es que invita a ingresar a un ciclo inacabado de insatisfacción, mismo que cataliza la replicación del modelo y con ello hacerte orgulloso acreedor a innecesarias turbulencias de conocida factura.

Ya el deseo puede observarse como un motor legítimamente humano y hasta sabroso. La auscultación de la consecuencia será providencial pero la apertura de perspectiva y poder ponderar si a eso piensas dedicar tu tránsito vital, debería ser definitorio.

Naturalmente no se espera que al término de esta lectura te quedes con la idea de ser un zombie y no experimentar emoción alguna. Si bien es naturaleza humana sentir, no lo es aferrarse a ello y contaminar lo que puede ser un modelo sano de conducción. Por eso es viable exprimir el sentimiento sin adueñarse del deseo (aunque en realidad esto último sucede a la inversa).

El deseo es una ilusión subjetiva donde se proyectan carencias y debilidades que al aferrarse sólo se pausan, con la certidumbre de que emergerán en un episodio reloaded.

El deseo nada tiene que ver con la pasionalidad que imprimas al viernes por la noche, es la crudísima versión de ni siquiera saber quién era quien deseaba y recibir la avalancha de mielda soble ti, blothel.

Ahora puedes -cuando tengas tu pastel de cumpleaños enfrente, extinguir un deseo con la misma metáfora visual que subyace al soplar.

viernes, 26 de febrero de 2010

Instrucciones para contarse los dedos



¿Qué pasa con el puño cuando se abren los dedos?

-Pregunta zen

Si tuviera que explicarle a mis dedos que –literalmente- cuentan conmigo por un humilde y honesto agradecimiento por lo que han hecho en aras del contagioso eco de realidad diaria, seguramente lo tendría que hacerlo con mímica.

Dibujaría una casa en el aire. Desde la ventana más cercana al piso sacaría la mano para agitarla en signo de saludo alebrestado a mi mano que lo responde igual. O tal vez subiría al ático a buscar un par de guantes a la medida y lanzarlos como ofrenda y entrevista al viento en lo que toca su destinatario.

Imagino el arte de jugar billar, tomar café o escribir estas letras si la mano no tuviera dedos. ¿Cómo diez filamentos pueden hacer una diferencia que seguramente modificarían el tránsito de la historia? Simple: los detalles no necesariamente lo son.

Pero por más que apilo estos dedos en malabáricas formas, y los hago parecer extremidades, rorschach o palillos chinos, los dedos no dejan de ser las pinzas del robot que en algún momento somos.

¿A quién ha saludado tu mano? ¿Qué tanto ha tomado, tocado y sentido que te honras y te arrepientes? (naturalmente no al unísono). ¿Cuánta sorpresa ha perdido por el hecho de saber qué se siente sentir?

-Uy, mano, si yo te dijera…

Las cosas no suceden por azar. El lío en la fábrica seguramente comenzó con el primer prototipo. ¿Simétrico o asimétrico? ¿18 dedos o cinco por mano? Lo curioso es que el cuerpo tiene tal maravilla que al estar dentro de él se toma como dado y pronto la mano busca el control de la tele para desaburrirse de sí misma.

Basta verte las manos. Encontrar arrugas nuevas, o por lo menos conocerlas, algo que sería lo más parecido a saludarte a ti mismo. Pero, por el contrario, nos damos la señal del dedo medio cuando se trata de onfeccionar un ejercicio introspectivo. Evitar el contacto, la sorpresa el registro minucioso nos hace indistinguibles de un wc.

Los dedos murmuran. Diariamente se cuentan a sí mismos como cuando en la primaria tomas distancia y volteas a ver cuántos pelados hay detrás de ti. El dedo meñique guarda penitencia hasta en su nombre. Sea en el pie (aunque muchos aseguran que es crucial factor para guardar equilibrio) o en la mano, todos los apuntan que –de ser racistas- discriminarían al pequeño por inútil. Como sea, el índice es el del prejuicio, el medio el del estilo, el anular para flashear el compromiso y el pulgar permite la palanca.

Voltear a ver los dedos es prender tu propio History Channel. Uno de los múltiples testimonios que guardas está precisamente en la palma de tu mano. No es la misma mano la de un carpintero que la de un banquero, la de un piloto que la de un sastre, la de un minero que la de un modelo. La huella indeleble de la vida por el paso dactilar y metacarpiano tampoco deja de ser algo por lo cual valga tomar un minuto y contar del uno al diez.

¡Rediez!

viernes, 29 de enero de 2010

Instrucciones para quedarse sin tema


If you shoot at mimes, should you use a silencer?

-Steven Wright


Donde dos o más se reúnen es imprescindible contar con tema de conversación. Después de todo, se nos ha hecho pensar que somos por naturaleza entes gregarios (y gregorianos), por lo que hablar del clima en un elevador tendrá sentido si lo que se busca es no ser excluido.

Pero cuando el chiste es revisar los temas que merodean la masa encefálica -de por sí ya herida de bala por coyunturas personales- sucede que uno entra en estado de recogimiento cuando ya no se acuerda si sigue siendo uno o sus circunstancias.

El abanico se extiende pero la consigna es que aporte, por lo que –al buscar temas- se puede hablar de que volvió a subir la gasolina subrepticiamente y el hecho se toca como verso cantado por Daddy Yankee; de lo cerca que estamos y estaremos de un cataclismo social y universal; de la nueva moda primavera-verano que se estrenó hace 20 años, por lo que lo naco regresó a ser naco: ahora lo retro es cool; del crimen que por estar ligado a una figura pública, se vuelve mitad showbiz, mitad noticia, pero que exhibe la saña de la corrupción e indolencia social; de todos los planes para conquistar el mundo que fenecieron con la crisis, misma que pasa un escueto parte de guerra diariamente; de la importancia de cuidar el agua, “porque las guerras serán por este líquido y habrá que generar conciencia", mientras se deja calentar el (y un) chorro; de juntar un millón de firmas en contra de las corridas de toros y de políticos y de firmantes; de la tremenda contaminación que acabará con la ínfima oportunidad de recordar el concepto "horizonte"; de la eterna queja en contra de políticos y sus botines; del problema que sigue siendo creer que esto existe como aparece; de la marejada de estímulos sensoriales callejeros a los que nos hemos esclavizado; de la edad a la que uno tiene que hacer las cosas, o el tsunami social acabará con tu salud mental; de lo saludable que puede ser ignorar la impunidad en aras de una tranquilidad de corto plazo; de la inercia que como civilización arrastramos y se presentan a diario como condicionamientos autodestructivos (y lo único que evidencian es que en realidad no ha habido tal evolución); de la incongruencia diaria de la injusticia social vista e ignorada en cualquier esquina; de la mesa redonda interna al respecto de ¿Y cómo se juega este juego en el que estoy viviendo en el tablero y sin instructivo?; de ser lo que el facebook dice; de si es Estado fallido o en realidad ya pasó a mejor vida; de por un momento querer regresar a jugar Pacman todo el día y nada más; de si el “hoy no circula” debe ampliarse y adoptarse masiva y personalmente para evitar balaceras, secuestros y atracos; de intentar adivinar cuál será la próxima sorpresa social y tema adherido por días en noticiarios, medios y mentes; de creer que la atención de las bodas gay supera ficción y realidad como para tener tal prioridad; de preguntarse ¿y si le ponemos rueditas, freno de mano (de muerte) y lo volvemos un carro deslizador iPadlancha?; de las carencias y opulencias de la niñez y sus consecuencias circenses en la actualidad; de pensar qué otros temas podrías estar leyendo en lugar de –inconstitucionalmente- estar deambulando por estas letras; de sorprenderse con el organigrama inmóvil de las dependencias gubernamentales en la atención de las demandas sociales; de la migración de la política de proyectos a la política de productos; de la indisciplinada visión por alimentar el instinto del deseo en todas sus formas, en lugar de trascenderlo y orientarlo en algo conducente como especie; de entender que el arrepentimiento es una forma honesta de crecer en lugar de cincelar la autoimagen y perpetuar errores y omisiones; de esta idea confusa del Bicentenario y la obligación de celebrar un caos no entendido; de acidular el hecho de que a la revolución todavía le falta tiempo de maduración; de hacer una proyección y no sorprenderse que pronto el país cuente con más desempleados que habitantes; de ver pasar la información de todo tipo de récords: obesidad, Ciudad Juárez, y tener esa extraña sensación de ser zombie y estar viendo infomerciales; de tener claridad y responsabilidad en cualquier palabra y pensamiento que se profiera para poder tener cabal autoría de lo que se hace; de cómo manejar bien un par de chacos si es que se visita algún antro, un alcoholímetro, una esquina o hasta la recámara; del autoengaño que como sociedad y personas protagonizamos –al parecer- incansablemente pagando tenencia, sufragando, haciendo de cuenta que no pasa nada, y comprobándolo en el peor sentido; del increíblemente alto umbral que tenemos a la tolerancia social; del increíblemente bajo umbral que tenemos a la tolerancia personal; de la indolencia ante la corrupción en cualquiera de sus formas y en todos los estratos; de ignorar qué diablos le da sentido a la vida, al día, a este instante; de pensar que efectivamente se piensa; de no tener idea cuál de todas las ideas puede ser más importante para desarrollar esta columna…

La verdad es que uno aprende –como en estos casos- a valorar la profundidad del silencio y el enorme poder que en él engendra. Por eso dejaré que toda esta avalancha de temas, sean el tema de hoy.

El silencio es un privilegio, no una obligación.

viernes, 22 de enero de 2010

Instrucciones para amarrarse una agujeta


Fallacies do not cease to be fallacies because they become fashions.

- G. K. Chesterton


Uno no cae por azar. Se lo merece. Y una agujeta desamarrada es sólo el médium. Ya sea para caer en cuenta o para contar la caída.

La vida de una agujeta tiene una complejidad pocas veces comprendida. Entre los nudos a los que se expone y los golpeteos de la vida diaria, pocos recuerdan que tiene la sigilosa misión de dar un respiro, tres jadeos y apretar -lograr tensión- en un mundo que precisamente se define por ello.

Cuando la agujeta padece estrés postraumático o simplemente se le da la gana detener el mundo por un instante, echa mano de su escurridiza inconsistencia y como todo proceso egoísta, titubea, voltea a ver el reloj, calcula el momento decisivo y pasa lista a los desleales.

Por eso las agujetas parecen no tener dueño ni progenitor. Son de ese phylum que por la calle presumen que asaltan bancos a caballo y pasan por la comisaría lanzando un puñado de monedas como signo de mala voluntad. Son voluntariosas. Necias. Por eso sólo se les mantiene quietas amarrándolas.

Algo que es muy claro, es que el momento más vulnerable en la histeria (sic) de un hombre es el espacio fenomenológico en el que sucede la anatomía en que el sujeto le dice al mundo “voy a amarrarme una agujeta” y estoy dispuesto a pagar un muy alto precio por ello. ¿Cuántas personas ves a diario que se amarran una agujeta? No muchas, ¿cierto? Hay quienes deciden caminar como si portaran esquíes o simplemente no caminar con tal de no exhibirse como una estatua visiblemente afectada por los designios de un anélidos oligoqueto de tela.

Desde la latitud que se le quiera ver, y si es requerido, con cámara Phantom, se trata del momento idóneo para que el enemigo y su camuflada zalea hagan la cornada definitiva, después de pronunciar algunas ingeniosas frases, mientras te tienen blandido en el chaturanga menos honroso, en el que más vale ver fijamente la agujeta y reclamarle internamente por el resto de los minutos que te queden. Tus enemigos son amigos de tus agujetas. Recuérdalo siempre.

Probablemente sea por eso que las ingeniosas y hábiles mujeres hayan sacrificado -en su pérfida mayoría- las agujetas por el tacón. Es preferible arruinarse los dedos de por vida que estacionarse en la postura del avestruz zen para amarrarse una agujeta.

Pero saludando el legado de comodidad que obra en el manifiesto del Partido del bigote y la hamaca, y haciendo a un lado cualquier sarcófago estético, jamás nos pondríamos tacones en aras de saber lo bien que se siente estar cerca del piso, aunque corramos el riesgo de ser sorprendidos por un comando de sicarios al momento de agacharnos y ocupar ambas manos en maniobrar la huidiza agujeta.

Por eso es indispensable -primero- detectar si la estrategia de vida es la estética, la comodidad o la proactividad: para saber qué tipo de zapato y agujeta portar. Luego conviene respetar y laurear el amarrado del calzado. Procura que el paso sea contundente, pero sanamente flexible, con una generosa tensión que no ate también el andar. Si por algún lamentable suceso ocurre que las invertebradas de tela reten al equilibrio y a la destreza en tránsito, será imperativo saber que un alto total es el encuentro del atajo más propicio.

viernes, 15 de enero de 2010

Instrucciones para ver correr a un hámster


Let us not look back in anger, nor forward in fear,

but around in awareness.

-James Thurber

No para.

El misterio que se apodera del rostro al ver un animal en cautiverio es sólo comparable con la faz del terapeuta viendo a su paciente. A estas exhibiciones de inhibiciones las delata la tiranía de la costumbre y la habituada ausencia de sorpresa, naturalidad y libertad.

Cuando aparcamos la atención -así sea por un minuto- en la tienda de animales (difícil concepto evolucionista), pareciera que en realidad llevamos unos cuantos minutos sobre la corteza del planeta, erigidos en jerarcas de todo cuanto nos rodea. Lo natural en la tienda es pegar las narices a las vitrinas con serpientes, valientemente retar tarántulas a través de una doble capa de cristal o hacer y proferir agudas exclamaciones que mezclan, tanto lamentación como bochorno, al ver a un perrito, pequeño como el criterio.

En una de las escenas de la tienda, mejor entendida como galería en movimiento, presenta entre su colección, una obra sin título, pero con ejemplar gracia y humor por parte del autor: se trata del hámster que corre como sólo Lola puede hacerlo, dentro de una jaula circular, consistentemente cíclica (como nosotros).

El respetable no perderá oportunidad para burlarse y calificar de idiota semejante escena. Lo que no sabe es que como Shakespeare, el roedor también guarda un método en su locura.

Ir a toda velocidad sin rumbo ni avance alguno parece estáticamente divertido a través de un aparador. Pero cuando el hámster voltea a verte de reojo puede que tenga una escena igual o más aparatosa que la que tú presencias.

El hámster parece no cansarse, pero cuando lo hace, descansa con la idea de seguir dando vueltas. No hay inicio. No hay fin. No los necesita ni le importan. No hay cuestionamiento alguno para correr -como lo hacen los niños en juegos infantiles- aparentemente sin límite de por medio. Y quieren más. La última. ¡Porfa!

Pero, ¿qué sentido puede tener correr en el mismo punto? El mismo que hacer esta pregunta, ya que si el hámster se lo cuestionara, probablemente estaría leyendo esta columna. Por eso no para. No puede estar quieto. Aún cuando se detiene, hay pequeños tics que delatan la subrepticia intención por querer seguir. Y no importa si es un cilindro o un dodecaedro, el requerimiento es menester y se trata de seguir, de correr, de no parar.

Es fácil fantasear e imaginar que el gerente en turno de la tienda te permite sacar el cilindro con el animal y dejarlo sobre el suelo del centro comercial, sin cuña de apoyo que impida su movimiento. De este modo el hámster vería retribuido su esfuerzo y cada paso que diera sería un centímetro que rodearía el circense cilindro. Pero esto al hámster le dará precisamente igual, probablemente porque en el fondo comprende que el sentido de avance es una ilusión, o el líder de todos los hámsters le habrá susurrado en medio del estado contemplativo de la carrera, que el planeta Tierra no es más que una jaula esférica que gira.

Este movimiento, esta recurrencia reiterada, incontrolable y frenética, es lo que entretiene la mirada en la tienda. Es precisamente lo que mantiene entretenida a la mente en un proceso prácticamente idéntico, pero con consecuencias poco más alarmantes.

Es imposible saber quién o qué generó la máxima que impera por doquier: piensa estupideces todo el tiempo, reitéralas y satura tu mente con ello hasta dejar a tu mente agotada, todo el tiempo. Y así, sigue la carrera, no pares. En dos palabras: sé discursivo.

Esto puede resultar tan cotidiano que el hecho de "no pensar" puede parecer idiota y/o desconocido. Casi como si el hámster no supiera cómo dejar de correr en su jaula, siquiera para voltearla a verla, ya no digamos para encontrar sentido a la carrera.

El proceso de cavilación al que sometemos a la mente a diario no para: es un animal silvestre y salvaje. Repta por cualquier esquina, no sacia su curiosidad, y en el momento menos advertido, lo encuentras en frenética carrera dentro de su jaula.

No para.

viernes, 8 de enero de 2010

Instrucciones para enojarte


Si no quieres ser víctima del enojo, evita alimentar el hábito; dale precisamente lo contrario que pueda incrementarlo

-Epicteto

Nunca es tarde para acudir a los pliegues más inhóspitos de la naturaleza humana y permitirse un merecido momento de autodestrucción.

¡Anda! Se trata de fracturar tu tranquilidad, secuestrar toxinas en lugares predecibles de tu cuerpo, perder claridad de la mente y asegurar que cualquier cosa que salga de tu opérculo bucofaríngeo será triunfalmente elicitada con una torpeza imperial, que en el mejor y más digno de los casos, culminará en arrepentimiento sentido.

No hay evidencia práctica de que el homo sea doblemente sapiens, pero es fiable decir que lo es cuádruplemente extraño y misterioso en su proceder. ¿O te parece que eres cabal e inenarrablemente feliz cuando te enojas? ¿Y por qué lo sigues ejercitando a modo de disciplinado y pulcro hábito?

Para enojarte requieres diversos módulos que deberás ir perfeccionando a lo largo del proceso, pero que en poco tiempo tendrás inigualable maestría. En principio, es imperativo que rompas el pacto de tranquilidad contigo mismo (si es que alguna vez te interesaste en negociarlo con tu propio Consejo General de Obras y Procesos Propios). Perpendicularmente tendrás que conseguir un antiácido mental, ya que una incendiaria carga de necedades hará que difícilmente te mantengas cómodo y sin frecuencia cardiaca diligente. Siente cómo las falanges se tensan y los músculos se tornan alabastro. La sangre es un bullicio y el rostro es de metal. Los hombros se convierten en peldaños para sentir punzadas en el cráneo que cincelan una nueva faz: la del ceño todo fruncido que se confunde con cualquier, pero ponzoñosa fauna a punto de extinguir a su presa (es decir, su paz). La respiración –naturalmente- será álgida como ametralladora, que sin mayor explicación, evidencia una percepción parcial y desaseada que traerá el mismo desenlace, pero, al no poder adelantar esta víspera, toda la energía del momento se extinguirá en el corto plazo del exabrupto.

El enojo es algo raro. Un acuerdo paralelo del pulcramente encaminado ego sumido en sí mismo y sus cientos de verdades foliadas y ordenadas alfabéticamente, que no hacen más que pendular en las cornisas más oscuras de la historia personal y anidarse subrepticiamente.

Se puede pensar que enojarte te hará ver como Stallone o como alguno de los hermanos Almada (escoge el más rudo), con una elegante sofisticación, digna de un decoro hasta ahora desprovisto. Pero no es amigable –bajo ninguna condición- convivir con alguien enojado.

Llegada la cíclica confusión entre felicidad y placer, basta repetir patrones y condicionamientos para permitir que alternada y reiteradamente, el comportamiento actúe con base en lo que sabe hacer por socialización, no así por convicción, mucho menos con base en un estado abierto de conciencia.

Y es que bajo el entendido de comunalidad de experiencias y el esparcimiento de éstas en el océano de la vida cotidiana, es comprensible que al hojear un diario o ver un noticiario, veas reflejada la agresión y las disfunciones personales, que en lugar de domesticar y corregir, paseamos con golpes de talón de modo regular por el ágora de nuestra predilección.

Pero detrás del enojo existe una intención por comunicar algo. Cuando más imbécil un ser, nadie se enoja porque sí. Y -medievalmente- esa intencionalidad se diluye junto con el origen de lo que se iba a comunicar. Si en una esquina de metro vendieran la copia pirata en DVD de tu show de enojo, rabieta y manoteo, te quedaría muy clara la transformación que en ti ocurre al grado del desconocimiento y la vergüenza en slow motion.

Basta preguntarte, justo antes de enojarte, si llevando a cabo el heroico acto, fomentas la comunicación y el entendimiento, o simplistamente fomentas la hostilidad como resultado de ignorancia ni siquiera cuestionada. Liberas tensión acumulada como un estímulo de agresión, y en un santiamén destruyes algo que llevó mucho tiempo y energía construir.

De ahí la pregunta: ¿Para qué añadir mal al mal? Si bien reprimir el enojo conduce a un tsunami de repercusiones, tal vez peores que el mismo, la propuesta personal tendría que ir por el carril de la canalización, la comprensión y la transformación de dicho enojo.

Si existe creatividad y habilidad para manipular el Xbox, memorizar chistes sucios, monitorear nuevos grupos musicales y hasta para cocinar, hay un ingrediente que no es dispensable en la receta para perpetrar aquello que con tal misterio se enuncia como calidad de vida.

Para el caso, el uso más honesto del enojo, tendría que ser enojarse con el mero hecho de enojarse.