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viernes, 15 de julio de 2011

Instrucciones para convertirte en piso


  
En silencio es cuando se asimilan mejor las superficies. Incluso aquellas que se asumen como propias y que por el andar cotidiano, uno olvida de voltear a ver e interpretar.

Hay ocasiones en las que el suelo parece dispararse hacia arriba como una respuesta natural, pero antigravitacional del humor.

Cuando sucede lo contrario, el perfil bajo es obligatorio y hasta requerido. Como suele pasar a menudo, en caso de que a alguien le lleguen a extirpar la nostalgia, no hay otra cosa mejor que recetarle el voltear a ver el piso con un ángulo obtuso, enfático y groseramente indiscreto.

Ahí es donde radica la respuesta a cualquier ansiedad de control (de lo que sea): del tiempo, de la pareja, del iPhone, de la salud, del pulso, de la edad, del humor, de la razón, de la conciencia…

Tengo que confesar que a veces me da miedo sentir esa rugosa y siniestra dificultad de convertirse en masa humana. Cuando la gente muta en aglomeración y no hay de otra, más que cobijarse en su propia sonrisa, el mejor cómplice es precisamente el suelo. Tal vez por eso es injusto exclusivamente pisotearlo.

Esa es la confusión primaria: aunque su aparente función sea pisarlo, sostener esta y otras especies es también una tarea que no requiere ser vociferada para aceptar.

Con todo esto, arrójate al suelo. Entiéndelo, acarícialo como un tesoro recién descubierto. Reencuéntralo y regodéate con la ceremonia.

Para esto deberás recostarse boca abajo y con las extremidades abiertas en franca señal de receptividad y caída libre, sin importar que ya estés en el suelo. Intimar con la superficie te vuelve profundo en la medida en que te quedes en silencio.

Es importante que se haga el más nítido esfuerzo para que la mayor parte posible del cuerpo toque el suelo, de este modo habrá la sensación más fidedigna de que estás en el suelo.

Cuando estés ahí recostado, aparentemente sin hacer nada, estarás haciendo mucho más de lo que sentirás: desde generar brotes de paciencia, hasta escuchar el otro lado del suelo, que fácilmente puede comprenderse como un ejercicio de piel a piel. Quien confunde la confesión con intimidad comete un adulterio de lógica, mismo que suele ser vengado con un protagonismo singular por parte del sentido común.

Ahí en el suelo puedes ganar muchos amigos bajo la institución de una causa justa: dado que la perspectiva es a ras, encuentras que, ni eres el único, ni hay dimensión realista de lo que ves. Los ojos que se acostumbran a ver, dejan de observar, por lo que el encuentro de otra dimensión del piso puede hacerlo entender ya no como soporte, sino como vínculo.

Una hormiga, una araña, una grieta y hasta una piedra tienen tanta labia de un modo animalmente latente, que ignorarla sería soberbio, especialmente cuando ésta puede llegar a ser tan excéntrica como discreta.

Por ello la función jurisdiccional de la territorialidad hace que se abra una noción de pertenencia, por lo que recostarte en el suelo y saber que ni el cuerpo es tuyo, es francamente liberador.

Para eso sirve el piso.

Y recostarte sobre él.

lunes, 4 de abril de 2011

Instrucciones para ponerte unos lentes



Para todos aquellos que contamos con el fértil privilegio de ver borroso y así poder dudar, tanto de la claridad de la realidad, como de la validez de los sentidos, ponerse los anteojos es lo más parecido a ponerse un condón.

Hay autores de la corriente Gestalt que comparan el proceso de ver uno a uno a los ojos, con el hacer el amor. Por eso la actitud más responsable en esta promiscua fiesta de miradas, es ponerse lentes.

Cuando te cambian la graduación el mundo renace de su escuela preparatoria y parece que por fin cambió gracias a un par de cristales. En lo que no reparas en ese momento es que si esos cristales fueran rojos, el mundo para ti sería percibido como absolutamente rojo.


No imagino a un miope en tiempos prehistóricos. ¿Habría evitado cualquier tarea diaria por su imprecisión ocular? ¿O al carecer de precedente del concepto ni siquiera existía la necesidad materializada en la mente del respetable?


De ser así, habría que ponerse los lentes ante el hecho de que este conjunto de respetables que habita el 2011 cuenta con una serie inaudita de situaciones anómalas y benévolas por desarrollar, mismas que para este ojo, son llanamente inexistentes.


Es muy entretenido. Le hemos exigido al proceso de civilización diversos accesorios para sofisticar o condimentar las ventanas sensoriales. Guantes, cubrebocas, lipstick, orejeras, aretes, calcetines, zapatos y por supuesto, gafas.


Quien ose no acatar las normas elementales de armonía de la moda estará seguramente out en más de un sentido. Por ello es imprescindible auscultar con pleno sentido del colorido cualquier blanco que pueda ser negro.


Por eso tomar las dos patitas con cuidado (no vaya a ser que se descuadre lo que pretende ser curvo) y empotrarlas en el cráneo es de lo más invasivo. Tanto, que ya es plenamente normal y hasta fashion.


Seguramente como el concepto que tenían los australopitecus de sí mismos.

viernes, 28 de enero de 2011

Instrucciones para ver la Luna



It may be that the old astrologers had the truth exactly reversed, when they believed that the stars controlled the destinies of men. The time may come when men control the destinies of stars.
-          Arthur C. Clarke


Lo primero sería saber que de ninguna manera podríamos verla sin que ella deseara ser vista.
Esta anuencia vuoyerista colma y calma cualquier ansia astronómica o meramente anecdótica que pueda emerger en el público cautivo.

Para ver la Luna en serio hay que convertirse en cuerpo celeste. Esto es, encontrar un espacio reservado exclusivamente para apostarse sobre la plataforma de la hipnosis y poder recorrer -delinear una vez más- el perímetro luminoso de dicha incandescencia. Unir los puntos y saber que no habrá fin numérico, si es que estamos hablando de números imaginarios, que serían los únicos que podrían dibujar la Luna.

Me resulta inexplicable acostumbrarse a no voltear a ver hacia arriba. Es sinónimo perfecto de aceptar al mundo en su versión más ramplona y contentarte con su desasosiego.

Tal vez para eso existe el cielo: como un recordatorio de la intangibilidad, pero accesabilidad de una realidad distinta a la que es percibida por estos cinco limitados (y también ramplones) sentidos.

Sin necesariamente hacerlo, pero febrilmente querer aullar cuando ni parpadeas frente al disco, a la uña recortada o al cuarto creciente, a la sandía gris, al conejo apenas perceptible, el espectáculo es el más impactante que un ser pudiera presenciar y deberían arrestar por no voltear a verla - al menos diario-.

Parece tan cotidiana, tan frugal y urbana, que hasta la adaptamos a nombres y apellidos, a marcas, espejos, tiendas, canciones y la asociamos con creencias de cualquier tipo de suceso en principio incomprensible.

Para ver la Luna tienes que saber que te provocará lo que precisamente traes dentro, como una proyección fidedigna de cualquier emoción o falta de esta, en una refinada versión de un intempestivo buffet experiencial y testimonial.

La noche boca arriba se tiende sin penumbra como lámpara velada en lo alto de la pared más alta que encuentres. Las poleas invisibles que sostienen y juguetean con las estrellas, que tan cómodamente se balancean para asombro del respetable le han puesto un caballito de tequila a la misma noche. ¿Quién hubiera pensado que la Luna lo iba a tener todo tramado?

Un vacío que se instala entre el (celeste) cuerpo y el cuerpo (celeste) no alcanza a dimensionar ni la magnitud ni el desmayo que de modo lógico generaría.

Así, con un halo, verde, roja, panzona, pellizcada, cacariza o escondida, la Luna y su origen, enigma apenas explicable por medio de mitologías o síndromes de adecuación se tiende como perfecto post it a la vista de todos, como para recordar constante e insidiosamente que no hay cómo creer que todo esto es “normal”, rutinario ni oblongo.

viernes, 22 de octubre de 2010

Instrucciones para recostarse en un diván



            Exponte a tu miedo más profundo. Después de eso el miedo no tendrá ya poder, y de ese modo el miedo a la libertad menguará y desaparecerá. Estarás libre.

                                             -Jim Morrison

No se nos habría ocurrido si no hubiera algo con lo que se nos ocurriera, y que en lugar de usarlo como herramienta, tristemente se goza como paleta placebo (sin ojos ni boca de vomita).

Entrar al cuarto húmedo, lúgubre, pero disfrazado de paz con reconocimientos, libros y artificios de sabiduría en cada esquina es como permitir ser inyectado para salir de tu zona de confort y de ese piquete drenar los miedos y angustias que ni tú sabías que podías cultivar (y amaestrar).

Primero tienes que saludar con Disney-face, hacer de cuenta que todo mundo ahí adentro se encuentra erróneamente en la salita de espera (como en un planetoide repentino) o por un azar difícil de sobornar. Luego esperar como la vaca que entra al matadero y echa bronca a la que pretende meterse a la fila, sobreviene el frío de saludar al preguntón oficial que ni siquiera sabes si está más higiénico o no que tú, pero lo eriges en solucionador de problemas ajenos, o por lo menos así lo pretendes ver.

Treparte al mueble no es como decir hasta mañana. Lo que dirás de modo relajado y hasta abrupto y sin orden, manifiesta aquello que te gustaría decir sin la persona que tienes enfrente, pero que de otro modo, y por tus propias creencias, no lo has hecho.

La prueba-error pierde sentido cuando éste queda diluido en una programación a traspié que es entendida como arte de alivianarse y no intensear, así sea por un ratito.

Más valdría por eso, recostarte en una cama de clavos y ser consecuente con el drama: el común denominador de la otra cara de un ego flatulento que, en este caso, usa los problemas para erigirse como centro de gravedad de ese universo y concebir que se es blanco de todo tipo de complós siderales.

Para salir de una bronca hay que entrar a ella, y usualmente es lo que más flojera da en espera de un Ayatola que venga y lo saque a uno del lodazal para transportarlo a un jacuzzi. Para nosotros, los problemas son externos, y por lo mismo es impensable reparar en una corresponsabilidad adulta. “Al fin que dialgo nos habremos de morir…”

Pero cuando como tabla de estrellas con el hecho de que el valor de todo esto radica en las repercusiones, el sabor y la textura del mensaje anidan lo que ya no es interpretación, sino experiencia evidente. En saber que sí hay repercusiones y que son causa y efecto, tanto de estar recostado chillando las broncas, como de hacer un Premium delivery de tus fobias, traumas y eventos histórica e histriónicamente incomprendidos a otro lado.

Por eso es tan divertida la vibra en estos lugares. Porque todo mundo aquí cree que hay víctimas y victimarios, y bajo una dinámica así, lo más certero es la risa, que permite, por lo menos, entender que en un diván, se arregla todo. Hasta la misma percepción del diván.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Instrucciones para ponerle MUTE al mundo




                                                La música de Wagner es mucho mejor de lo que suena
                                                           -Edgar Wilson Nye

Hay momentos en los que el cisticerco mental ocupa una privilegiadísima posición en la estampa cotidiana y se incrusta en lo más recóndito del sándwich (festejado por el TRI) personal… hasta que la olla express decide reventar como le dé la pusilánime gana.

Instantes estertores en los que no hace falta que llueva para estar quitecitamente mojado por pompas y circunstancias que materializan los temores, expectativas, ilusiones y hasta pesadillas oblongas que alienan el momento, precisamente del momento mismo.

Pero el ruido siempre complica las cosas. En la mañana y horas picos se está tan cerca del infierno, que de verdad parece que la más sucia e inteligente trampa que tiene el demonio es hacernos pensar que no existe. Y en ese pensamiento demoníaco-existencial es que sobreviene una muy corta y delicada mecha que hace fresco delante del espejo.

Agachar la cabeza para calzarla de acuerdo al silencio más sabroso es casi como meter la cabeza en una alberca y escuchar la expansividad de la proximidad. En esa repentina penumbra sonora que parece envolver al policía, al peatón y al patán, empezarás a sentir una especie de calor en el rostro, signo de que el botón fue correctamente oprimido. Irás por la calle con una sonrisota cual pez lagarto, dado que todo aquello que sirva como fuente sonora, habrá sido derrocada de tal capacidad.

Es lo más parecido a secuestrar la realidad y ponerle una bolsa del ISSSTE en la cabeza. Pero seguir viendo y atestiguando a través del plástico blanco. Justo es blanquizco el silencio. Por suerte sabemos que no hay colores, sino designaciones conceptuales, pero no deja de ser blanco en apariencia.

Dado que el sonido no es otra cosa sino vibraciones eléctricas que son interpretaciones de lo que consideramos “agudo”, “grave”, “fuerte” o “bajo”, siempre se puede arrugar esta irrupción sonora con un poco de blanca y dócil bolsa del ISSSTE que tendrá en una gimnasia eufórica las compulsivas ganas de quitarte elbotón mental y volver a la “normalidad” (¿de la “anormalidad”?).

No hace falta, sin embargo, dejar de hablar para quedarte en silencio. Darle una finalidad utilitaria a esto representaría cercenar el discurso interior que le da una ridícula gomosidad a la concentración y permite que la discursividad sea la carta de cambio diaria.

Con toda la voluntad en el ojo izquierdo, quizá para este momento el último decibel ha caído de rodillas y se muestra suplicante, como colgado en la frente, tiritante y tierno: no quiere abrir sus ojos porque sabe que será lo último que vea, pero mañoso como cualquier indicio de la realidad, si le perdonas el instante y decidas quitar el MUTE, sacará de atrás una resortera poco agradecida y te aprisionará de nuevo con el diálogo interior y exterior.

Por eso no es ocioso secretear con los decibeles indicados, que el silencio es un privilegio y no una obligación.


viernes, 18 de junio de 2010

Instrucciones para hacerlo por primera vez.






Habilidad es aquello de lo que eres capaz. La motivación determina lo que haces. La actitud muestra la calidad con la que lo llevas a cabo.
-          Lou Holtz

Nervio carcomido. Adrenalina que vuelve torpeza cualquier acción desempeñada. Sudoración que ningún antitranspirante podría contener. Jadeo y dientes apretados. Temperatura corporal en ascenso. Globos oculares crispados. Rostro abstraído.

Seguramente Chicharito experimentó todo esto al abrir el marcador en una experiencia inédita. Así, por primera vez México le ganó a Francia. La sensación fue rara. Unos no sabían cómo reaccionar, y otros (los mismos que fueron a celebrar al Ángel con tarola y vuvuzelas mexicanas el empate con Sudáfrica) no esperaron provocación.

El súbito desenfreno llega en un momento en el que parece que por primera vez, después de muuuucho tiempo, hay algo que celebrar en este país. Varios nacimos con gobiernos corruptos. La palabra crisis es vieja loba de mar. La cleptocracia en todos niveles se ve en cada esquina y con impunidad digna de lienzo. Pero a este desmadre al que ya nos habíamos acostumbrado, se ha sumado una plaga que, dado que nadie supo cómo inició, aún no hay idea de cómo reaccionar, salvo comprando las rigurosas pantallas para el partido. 

Ejecuciones, sicarios, comandos armados, granadas de fragmentación y hasta bombazos, figuran ya como términos adheridos a la vida nacional, que con la fermentada lista de asuntos pendientes en la agenda, los golecitos contra Francia parecen más bien un par de aspirinas (para una lobotomía).

El efecto acumulado durante tanto tiempo con tantas razones para tirar todo tipo de toallas hermana y olvida por momentos lo olvidable: el gol lo platicamos todos. Y es que el futbol tiene una poderosa significación en un país donde el revanchismo, la competencia, el desazón en la hora precisa y la expectativa recalcitrante hacen un licuado de “yo soy el director técnico detrás de la pantalla”.

Me pregunto si lo que se desfoga en la celebración, el grito y el claxon no tendrá que ver con el anhelo transformador de toda una realidad a la que no le queda más aliento que un par de golecitos frente a una Francia, más que nada, sin F.

Si hay motivos de fiesta, lo mínimo es generar las condiciones para que estos duren y sean lo suficientemente importantes como para que en dos meses queden en el olvido colectivo, mientras se padecen las inverosímiles aventuras de cínicos políticos, las acusaciones entre dependencias, los días más sangrientos del sexenio repitiéndose en los noticiarios, pero la espera del arranque de la liga nacional por venir.

Pareciera que nunca vimos venir por primera vez una situación que no tendríamos por qué tolerar. La incertidumbre y el desánimo son conocidas hechiceras en la escuela, la casa y la oficina.

Si por primera vez se comprendiera que el foco de infección radica en la actitud de pensar exclusivamente en uno mismo y apañar lo apañable en aras de la acumulación personal, habría posibilidad de abrir ese comportamiento ignorante y caduco en una veta que pudiera generar interés en que el vecino se beneficie, y por ende, yo saldría beneficiado. Tan fácil y tan complejo de llevar a cabo. Ahí habría algo que podríamos hacer por primera vez para entender que el Chícharo y sus secuaces sólo persiguen un esférico en torno de otros once pelados del lado contrario. Tantas veces has estado en una situación semejante, que hasta perecieran 21 contra uno. Y en el fondo, no deja de ser un juego. Uno donde hay muchas cosas que suceden por primera vez, y muchas otras que pasan desapercibidas.

Por eso viene la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

sábado, 5 de junio de 2010

Instrucciones para volar y ser volado



Si Dios realmente hubiera querido que voláramos, nos hubiera hecho más fácil el llegar al aeropuerto.
-       George Winters


El desafío de volar (sea de una crisis o del desorden ciudadano) no tiene por qué someterse a discusión. Es un designio propio que sin que sea confundido con un recurso parecido en forma, pero oblicuo en fondo (huir) cuenta con presencia en el cajón de utilerías siempre a la mano (no así a la vista) de todo buen ciudadano.

Uno vuela como sus alas le den a entender. Si por volar entiendes la espontánea capacidad de tomar perspectiva y abandonar el terreno (judicialmente) superficial, no requieres ser hermano Wright para atender el alarido de dicha necesidad.

Pero el exagerado y constante aferramiento a creer que sólo lo percibido es, cercena tristemente una capacidad genuina y rotunda: la de usar la mente como propio resguardo. Así, uno vuela desafiando los sentidos, tomando perspectiva de la pequeñez del planeta (ya no digas de uno), considerando la posibilidad de atender el momento más de un momento, cuestionando severamente el concepto cincelado como "éxito".

Y aún así puede sonar meloso, molesto o ajeno. Volar… ¡Paj!

Volar es una lección que las aves dieron al ser terrestre para ver hacia arriba, no con rencor, sino con sabiduría. Volar es comprender que hay posibilidad de comprender.

Aún así me es incomprensible que en un avión haya personas que -por más experimentadas y taimadas estén en el arte de subirse al cilindro aventanado y proyectado por los aires, cierre la persiana de la ventanilla o revise y se sorprenda con el escalón canino para cama, o los cuchillos que no requieren afilarse en el catálogo de basuras innecesarias que aguarda al frente del asiento.

También hay formas de volar no precisamente voluntarias ni placenteras, me refiero al momento cuando uno es cordialmente invitado a hacerlo como algo  mandatorio y no opcional: léase, ¡te mandaron a volar, chiquito! En este caso el vuelo no es primordialmente, algo placentero (más bien un vuelo de negocios y no así de placer), pero en cualquier caso conlleva perspectiva (a menos que brutamente te aferres a chillar y lanzar consignas sindicales de ardidez e inmadurez).

Indistintamente, para volar se requieren cuatro factores indispensables según la aeronáutica. Se tratan de las fuerzas de sustentación, empuje, peso y resistencia. La física las ha estudiado con morbo y me parecen una elegante y fehaciente pista de lo que uno puede hacer para volar.

Lo primero es comprender que se requiere un balance (no así equilibrio) entre estas cuatro fuerzas para que el vuelo se posibilite. La fuerza de sustentación es saber ver hacia arriba, en sentido opuesto al peso, que debe ser realistamente considerado. El empuje es la fuerza que impulsa hacia adelante al objeto, y también habrá que considerar la fuerza de resistencia que se opone al vuelo. Con esto en las manos (o alas), queda claro que la fuerza de sustentación debe ser mayor que el peso y el empuje más fuerte que la resistencia para que un objeto (o sujeto)  emprenda vuelo.

Volar, en cualquiera de los casos, tendría que ser un arte. Estar arriba (lo siento, esta vez sin ningún tipo de recreativo barbitúrico) ya no es más un signo de poder. Es un indicio, precisamente de haberlo trascendido.

@elnavarrete

viernes, 28 de mayo de 2010

Instrucciones para abrir una puerta


Las puertas son las que eligen. No el hombre.

-Borges


Cualquier hueco tiene puntos débiles.

Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.

Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).

No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.

Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.

La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.

Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.

En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.

Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.

En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.

jueves, 20 de mayo de 2010

Instrucciones para llamarse Walter


Por: Walter Navarrete


Escribe un dicho sabio y tu nombre perdurará para siempre

-Anónimo


El nombre no deja de ser un interés mundano. Es correcto que por medio de éste te reconocen y hasta te identifican, pero eso no significa ni que seas tu nombre, ni qué éste te posea.

Tiene unos días que con el explosivo y elegante pase del Santos a la final, comencé a preguntar a muy diversos sectores: “Si fueras futbolista, ¿cuál sería tu apodo?” Esto a cuenta de que el apodo se trata de un designio que muchas ocasiones puede tener mayor tino que el propio nombre. Y sin embargo, ¡no deja de ser un designio!

¿O cómo es que decides ponerle nombre un perro o a un cuyo? ¿O cómo te podrías a ti mismo en este instante?

Tu nombre ni siquiera es tuyo, para empezar. No hay título de propiedad, ni factura que lo demuestre. Tal vez por eso Walter sea la treta que me condujo a replantear la funcionalidad del nombre y su utilidad en la práctica de la vida cotidiana y murmurada. Algo que tal vez utilizan los coches al portar un color, o la esencia al vestir un número.

Pero, ¿qué haces con tu nombre? ¿Te lo llevas a la cama y lo acaricias como a un peluche imprevisto? ¿Te gusta tu nombre? ¿Sabes lo que significa? ¿Reparas en cuánta energía se pierde en la defensa diaria de la reputación de ese nombre? ¡N'ombre!...

Llamarte como te llamas no altera el ciclo lunar. Tampoco decidir designar de otra manera aquello que te circunda. Por ello distinguir que el hecho de nombrar, poco tiene que ver con el objeto nombrado hace que recuerdes la deliciosa garantía individual de llamarte como se te antoje y saber que hay mucho más debajo de ese cascarón.

Wilson, Walter, Wilbur, Watson... Seguramente ya captaste la idea y creerás que le estoy dando vueltas al asunto para completar mis 3 mil caracteres... Bueno, ahora observa lo que sucede cuando cambias de nombre a tus posesiones: en tu elegante underwear: cambia de Ck a Trueno, por ejemplo... ( y continúa con cualquier otra categoría…)

Sin embargo el nombre y las chácharas se quedan en la superficie. No dejan de ser temporales. Los Egipcios enterraban al séquito con el dignatario y su colección de gemas. Los mexicanos sólo vivimos pensando que no vamos a morir. Y en esa certeza se da rienda a un sustancialismo predicador de toda fe en aquello que se percibe: sea un color, sea un número, un nombre (y hasta un equipo de futbol).

La forma en la que solemos relacionarnos con el entorno habla de uno mismo: se busca suprimir aquello que es desagradable e intensificar lo que es placentero. Esto pareciera idiotamente obvio, pero cuando se logra entender que se trata de una mera percepción y que es en ella en la que reside la carga valorativa y no en el fenómeno externo, la totalidad de la experiencia cambia y con él la importancia del nombre. De cualquiera. De todo.

Por eso da lo mismo que llames a lo que llames como lo llames. Es sólo un mote y de ningún modo es eso. Ahora intenta prescindir -así sea por un día- de lanzar nombres al mundo (ya no digas adjetivos...).

Quedémonos sin nombres por un ratito, que al fin, así es como estamos en este escenario.

viernes, 16 de abril de 2010

Instrucciones para saber que no es sábado



Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.

- Anthony Burgess

Los sábados solían ser mis amigos.

Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.

Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.

Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.

Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.

El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).

Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.

Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.

Por eso un domingo puede verse como lunes.

Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.

Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.

viernes, 19 de marzo de 2010

Instrucciones para negarte a ver la verdad

-La verdad os hará libres

Juan 8:32


¿Ah verdad?

¿Verdad que la intransigencia, cuando es propia, levanta doble curiosidad?

No es elegante esquivar las suspicacias diarias de aquello que pueda existir de verdad, de modo independiente a los órganos sensoriales, a la conciencia, y saber de memoria los integrantes de un grupo impronunciable en estado sobrio.

Aquello de “ser es ser percibido” dejó de tener sentido cuando alguien preguntó por las características dimensionales del pensamiento y puso en órbita la certeza de que la realidad es una, es absoluta, y es un prurito visual abrazable y untable.

De la misma forma se extiende la famosa verdad, "Mi beldá", esa que hace del prejuicio un tobogán a la vergüenza y que te convierte en Papa de tu propio Vaticano.

La mera verdad, es que no hay tal. El concepto en sí alberga dosis de presunción, término absoluto y unidimensionalidad, preceptos para achicar el criterio y sentarse en un trono de oropela hacer berrinche y parecer feliz. Todo encadenado y cíclicamente.

Si eres un incansable arqueólogo de la verdad, si supones que dicha verdad aporta lecciones definitivas para tu vida, si consideras que la inmutabilidad de esta verdad genera certeza, y es a partir de ésta con la que tomas decisiones, podría decirse que vas en el microbús correcto hacia tu viaje más confuso e indigno, llamado “Muy Lejos”.

Una verdad existe (y naturalmente, de modo relativo) mientras su sustentador se la crea. Creer poseer la verdad otorga una especie de báculo que nos hace sentir idiotamente únicos y nos hace ver únicamente idiotas. Si la verdad puede encontrarse únicamente a través de la razón, si sólo puede hacerse por medio de la experiencia, si es subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, si hay un tipo de verdad ontológica enfrentada a una lógica, si hay una verdad material en oposición a una formal, si se trata de una verdad de hecho contra una verdad de razón, tal vez ni siquiera uno se acerque al entendimiento de la verdad, que es la ausencia de ésta y de cualquier concepto absoluto y absolutizante.

¿O de verdad crees que el mundo es lo que tus ojos interpretan, y de ahí puedes extraer originales y divertidas verdades absolutas?

¿Verdad que quién sabe?