sábado, 4 de junio de 2011
Instrucciones para leer unas instrucciones
viernes, 4 de marzo de 2011
Instrucciones para ver un partido de futbol
viernes, 24 de diciembre de 2010
Instrucciones para poner freno de mano al año
lunes, 19 de julio de 2010
Instrucciones para que un mal rayo te parta
lunes, 26 de abril de 2010
Instrucciones para tocar el claxon

Pocos instrumentos se nos dan con tal docilidad y soltura. Tenerlo ahí enfrente por tanto tiempo y en semejantes condiciones hace las veces de convivir con alguien en una isla desierta.
Si por medio del poco recurrido ejercicio de la imaginación levantas tu auto de frente, empotrado sobre la defensa delantera, verás que una sospecha no es del todo lejana: el cláxón es el área genital de todo coche. Por eso la preocupante cercanía y acceso al conductor hacen que en momentos peculiarmente álgidos se dé la sonora interacción.
El hombre es un ser tan autocentrado que ni siquiera se da cuenta de ello. Hasta en un vehículo busca reflejar imagen y semejanza, y peor aún, proyectarle atributos que todos saben, pero quieren ignorar, que suman a la personalidad y carácter del dueño en turno.
Si los faros son los ojos, la voz será la bocina. Este grito escuálido (misteriosamente el claxon de un subcompacto es agudo y el de un tráiler grave) tiene la función convencional de llamar la atención de extraños enemigos. Y hay numerosas y creativas formas de hacer esto.
Los tuneados microbuses se las ingenian para que en conjunto con la alfombrita en el tablero, la bola ocho en la palanca, el altar a todos los santos y accidentes posibles, así como el neón en placa y chasís, el claxon tenga un carisma imperativo en la complicada misión de domar el asfalto. Gritos de tarzán, la Macarena, Lambada, trinos de ave y otros sinfónicos encuentros musicales adornan como serie navideña la calidad acústica de la ciudad.
Las patrullas y su tosiento pato se abren paso mientras bicis humildemente accionan la campanilla o la trompeta. Todo es color y decibeles.
Si bien parece que el frenesí nos invade y hacemos uso indiscriminado del claxon, es justo decir que lo que pasa en el sureste Asiático nada tiene que ver con lo que aquí oímos. La India y Nepal, por ejemplo, son odas a la bocina. Los conductores han ideado -a una mano- cómo conducir e ir tocando el claxon al mismo tiempo. Lo que sucede es que allá la bocina equivale a gritar "ahí voy y no pienso frenar". 10 minutos en alguna de sus conflictivas ciudades ponen a prueba la paciencia más zen.
Recuerdo cuando en una época a algún creativo se le ocurrió idear un aparato con un pad con números como teléfono, donde podías ejegir entre cientos de sofisticados sonidos a modo de claxon. El sueño de todo buen microbusero.
Tocar el claxon, entonces, te hace más intolerante ante tu propia fragilidad en el embotellamiento.
¿Qué pasaría si los autos no tuvieran claxon?
Tocar o no el claxon. He ahí el dilema.
viernes, 19 de marzo de 2010
Instrucciones para negarte a ver la verdad

-La verdad os hará libres
Juan 8:32
¿Ah verdad?
¿Verdad que la intransigencia, cuando es propia, levanta doble curiosidad?
No es elegante esquivar las suspicacias diarias de aquello que pueda existir de verdad, de modo independiente a los órganos sensoriales, a la conciencia, y saber de memoria los integrantes de un grupo impronunciable en estado sobrio.
Aquello de “ser es ser percibido” dejó de tener sentido cuando alguien preguntó por las características dimensionales del pensamiento y puso en órbita la certeza de que la realidad es una, es absoluta, y es un prurito visual abrazable y untable.
De la misma forma se extiende la famosa verdad, "Mi beldá", esa que hace del prejuicio un tobogán a la vergüenza y que te convierte en Papa de tu propio Vaticano.
La mera verdad, es que no hay tal. El concepto en sí alberga dosis de presunción, término absoluto y unidimensionalidad, preceptos para achicar el criterio y sentarse en un trono de oropela hacer berrinche y parecer feliz. Todo encadenado y cíclicamente.
Si eres un incansable arqueólogo de la verdad, si supones que dicha verdad aporta lecciones definitivas para tu vida, si consideras que la inmutabilidad de esta verdad genera certeza, y es a partir de ésta con la que tomas decisiones, podría decirse que vas en el microbús correcto hacia tu viaje más confuso e indigno, llamado “Muy Lejos”.
Una verdad existe (y naturalmente, de modo relativo) mientras su sustentador se la crea. Creer poseer la verdad otorga una especie de báculo que nos hace sentir idiotamente únicos y nos hace ver únicamente idiotas. Si la verdad puede encontrarse únicamente a través de la razón, si sólo puede hacerse por medio de la experiencia, si es subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, si hay un tipo de verdad ontológica enfrentada a una lógica, si hay una verdad material en oposición a una formal, si se trata de una verdad de hecho contra una verdad de razón, tal vez ni siquiera uno se acerque al entendimiento de la verdad, que es la ausencia de ésta y de cualquier concepto absoluto y absolutizante.
¿O de verdad crees que el mundo es lo que tus ojos interpretan, y de ahí puedes extraer originales y divertidas verdades absolutas?
¿Verdad que quién sabe?
viernes, 26 de febrero de 2010
Instrucciones para contarse los dedos

¿Qué pasa con el puño cuando se abren los dedos?
-Pregunta zen
Si tuviera que explicarle a mis dedos que –literalmente- cuentan conmigo por un humilde y honesto agradecimiento por lo que han hecho en aras del contagioso eco de realidad diaria, seguramente lo tendría que hacerlo con mímica.
Dibujaría una casa en el aire. Desde la ventana más cercana al piso sacaría la mano para agitarla en signo de saludo alebrestado a mi mano que lo responde igual. O tal vez subiría al ático a buscar un par de guantes a la medida y lanzarlos como ofrenda y entrevista al viento en lo que toca su destinatario.
Imagino el arte de jugar billar, tomar café o escribir estas letras si la mano no tuviera dedos. ¿Cómo diez filamentos pueden hacer una diferencia que seguramente modificarían el tránsito de la historia? Simple: los detalles no necesariamente lo son.
Pero por más que apilo estos dedos en malabáricas formas, y los hago parecer extremidades, rorschach o palillos chinos, los dedos no dejan de ser las pinzas del robot que en algún momento somos.
¿A quién ha saludado tu mano? ¿Qué tanto ha tomado, tocado y sentido que te honras y te arrepientes? (naturalmente no al unísono). ¿Cuánta sorpresa ha perdido por el hecho de saber qué se siente sentir?
-Uy, mano, si yo te dijera…
Las cosas no suceden por azar. El lío en la fábrica seguramente comenzó con el primer prototipo. ¿Simétrico o asimétrico? ¿18 dedos o cinco por mano? Lo curioso es que el cuerpo tiene tal maravilla que al estar dentro de él se toma como dado y pronto la mano busca el control de la tele para desaburrirse de sí misma.
Basta verte las manos. Encontrar arrugas nuevas, o por lo menos conocerlas, algo que sería lo más parecido a saludarte a ti mismo. Pero, por el contrario, nos damos la señal del dedo medio cuando se trata de onfeccionar un ejercicio introspectivo. Evitar el contacto, la sorpresa el registro minucioso nos hace indistinguibles de un wc.
Los dedos murmuran. Diariamente se cuentan a sí mismos como cuando en la primaria tomas distancia y volteas a ver cuántos pelados hay detrás de ti. El dedo meñique guarda penitencia hasta en su nombre. Sea en el pie (aunque muchos aseguran que es crucial factor para guardar equilibrio) o en la mano, todos los apuntan que –de ser racistas- discriminarían al pequeño por inútil. Como sea, el índice es el del prejuicio, el medio el del estilo, el anular para flashear el compromiso y el pulgar permite la palanca.
Voltear a ver los dedos es prender tu propio History Channel. Uno de los múltiples testimonios que guardas está precisamente en la palma de tu mano. No es la misma mano la de un carpintero que la de un banquero, la de un piloto que la de un sastre, la de un minero que la de un modelo. La huella indeleble de la vida por el paso dactilar y metacarpiano tampoco deja de ser algo por lo cual valga tomar un minuto y contar del uno al diez.
¡Rediez!
viernes, 12 de febrero de 2010
Instrucciones para hacer el amor

No hay amor infeliz. Sólo se tiene lo que se tiene.
No hay amor feliz. Lo que se tiene ya no se tiene.
-Marguerite Yourcenar
Nunca entendí la cercanía suicida que tiene el amor con la muerte hasta que las condiciones y condicionamientos mostraron los oscuros parajes del desamor y con ello de una especie de antimuerte más viva que tu respiración.
Recuerdo con emoción cuando en una clase de secundaria la maestra más buena onda de toda la escuela explicó la raíz etimológica de la palabra amor. Por unos momentos, el salón entero guardó un minuto de silencio (y sólo uno), no sé si para saciar morbos, escuchar algo que nunca más tendrían oportunidad, o si era una especie de luto premonitorio. Amé la explicación. Amé a mi maestra. Amé el momento.
Mi maestra de filosofía se transcribió a sí misma en imágenes refinadas y puntillistas. Amor está tan envuelto de muerte, que en su significado esconde la guadaña: amortis: suspensión de muerte. Ponerle pausa a ese proceso. Otorgar un rescoldo de libertad, vivo, en una canoa, dentro de la calma laguna de la muerte.
De inmediato imaginaba un cuadro de Edward Munch y en él mi cara de grito interno frente a la desesperación por una explicación tan… tan… tan cierta para mí y para mis subsistemas. ¿Qué otra cosa es el amor, sino una suspensión? ¿De qué? De todo lo que quieras. El problema es cuando claudica dolorosamente con la materia de su propia génesis: la suspensión de dicha suspensión.
El amor puede ser entendido como lobotomía, circuncisión o cirugía (a corazón abierto) o hasta herida de muerte, si es cierto que hay una ruptura, una pausa, una distensión. Salvando cualquier cliché del Siglo XII, con trovadores y juglares que entendieron el cortejo a la mujer como el de un vasallo a su líder, el principio del amor radica en la compleja naturaleza humana y su vocación por apadrinar, engendrar, hachizar, eructar, patear y hasta disparar experiencias que serán fotogramas de su vida.
Por eso el amor salpica ingenuidad al querer abrazar un instante para la eternidad y convertirlo en un objeto de apego, como el reloj de la abuela en la vitrina. Puede ir por ahí la comprensión de la consubstancialidad del amor y la muerte entendidos como un brote temporal que emancipa toda lógica: después de todo, ¿quién es el chido que se avienta a entender al amor? ¿Y desde qué perspectiva? ¿Y para qué? Mejor amar y no pretender entender el acto febril del amor.
A estas preguntas –desde chico- me hacía otras, entre las que nadaba de muertito: “Por qué se dice: hacer el amor?” ¿El amor se fabrica? ¿Se construye? ¿Se edifica, arrojando cualquier metáfora a un lugar del cual no pueda aparecer? El amor –al ser energía- tal vez no se fabrica, aunque ciertamente se cultiva.
Pero el acto de la consecución amorosa, donde dos retan la geometría y encuentran en el espacio la vertical propicia para fusionarse, confundirse y disolverse, revienta centellas que en una de las miles de interpretaciones es tildada como “la muerte chiquita”.
Por eso, para hacer el amor, uno tiene que ser valiente. Es indispensable saber que eso –lo que sea que siente- es transitorio desde la epiglotis etimológica. Para hacer el amor uno requiere saberse hacer el amor a sí mismo fuera de la dimensión puramente genital e incluso física. Hacer el amor es reblandecer la conciencia con la sorpresa de la emoción y la emergencia de la espontaneidad.
Para hacer el amor uno requiere estar en un manicomio sexy, con celadores eruditos (in technicolor), paredes rojinegras, dimmers díscolos, incienso intoxicante y… estar vivo. Por más lubricante que riegues en el huerto, sin experiencia no hay cosecha. Pero… ¿cuántos muertos en vida conoces? ¿O cuántas veces te has dado los santos óleos? ¿Incluso por amor? ¿O desamor?
Borges (sí: José Luis) decía que el amor era una trampa que dios tendía para perpetuar la especie. Desconozco los planes de dominación mundial de dios, pero al menos -en el dominio de la conciencia- cada quien libra este amor y desamor entre su vida y su muerte, con las más sabrosas ganas de protagonizar su propio guión.
Y que la cobija nos ampare (en lugar de la esquizofrenia).



