jueves, 23 de junio de 2011
Instrucciones para oprimir un botón
sábado, 1 de enero de 2011
Instrucciones para entender que ya es otro año
Saber que un año se trata de un ciclo artificial, inventado y denotado por el hombre con el fin de administrar sus signos vitales, puede ser liberador o castrante, y en sí continúa siendo una elección.
Sea que lo grinch te haya abofeteado como affaire cachado, o tus fiestas hayan sido peligrosas odas a Baco, tienen un fin que evidencian el disimulo del paso del tiempo y la cuenta de lo que has hecho con él.
Para el coleccionista de cuentas, hurgar en las bisagras de los sietes y en los ganchos de los cincos puede referir una emoción más bien entendida como furor de esa misma acumulación y por ello un arte hecho ocio transformado en integridad del desperdicio.
Pero si acaso hubiera una rima que permitiera ser consecuente con un día más, sería algo parecido a usar la inteligencia con la que se cuenta para generar una consecuencia palpable de aquello que definitivamente no vaya a generar arrepentimiento. Esto sería vivir lo más cercano a un estado de verdadera civilización. Sin sustentar la experiencia como una dependiente de los filtros (agudos u obtusos) con los que se proyectan y se conciben como excepcional y dogmáticamente absolutos.
Pero al segundo parpadeo despiertas de la fiesta tirado en una cantina en febrero y contando más dogmas de los que pudieran ser resueltos o al menos identificados. Si no, tiempo al tiempo, lo que sea que esto signifiquen para ti y para febrero.
Si el tiempo existe como algo diferente a un concepto es un apartado que no tendría por qué estarlo del sentido común, dado el liviano encanto que engendra vivir de recuerdos o anhelos, de arrepentimientos no vividos, de culpas que te hacen dócil, de expectativas idealizadoras de la siguiente y más próxima decepción, en cualquiera de los casos, todos ajenos a la fidelidad, la alta definición de la experiencia, que es el instante actual, para con el cual, curiosamente, existe todo tipo de prebendas y disculpas para distraerse y ser ajeno a este momento de conciencia (que es todo cuanto se tiene, sobre cualquier tipo de posesión).
Un año es una vida y viceversa. Cuando se tiene el mínimo (y por ello plausible) sentido de reconocimiento de qué pasa y por qué, lo mínimo que puede ocurrir es un inmediato y fértil aflojamiento y distensión de la importancia personal.
Frente a un año, nuestra persona es una f(r)actura al aire, una estadística incomprendida y un fondo revolvente de algún banco impronunciable de deseos, de órganos o de lingotes.
Hacerte cargo de tu experiencia, por lo mismo, no es fácil de cultivar, especialmente cuando cualquier cultivo se da como resultado de la casualidad o del azar.
Dentro de los rituales de cambiar todos los calcetines de cajón en un armario imaginable, como lo supone agregar un número al año, hay posibilidades para transitar varias latitudes. Desde seguir sumando años a la vida y no a vida a los años, hasta saber que el año, como el día, el mes y la semana, son constructos que elaboramos para tranquilizarnos y respirar en paz, por pretender tener domado el mundo y con él, las doce uvas compulsivamente tragadas para seguir echando la feroz cumbia.
Sólo que al domarlo se sobreentiende un sutil pero contundente acto de responsabilidad.
Después de todo, si no eres capaz de asumir la responsabilidad de tu propia mente no habrá mucho qué hacer.
Ni en este año, ni en cualquiera.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Instrucciones para poner freno de mano al año
martes, 21 de diciembre de 2010
Instrucciones para grinchear con soltura
No es necesario escupirle al ponche ni activar la jeta más ponchada que tengas. Con ser almorzado por un tránsito vial que es ya una insignia permanente del gusto masoquista del ciudadano atrapado por los seasonalities, bastaría para refugiarte en cualquier excusa y quedarte a salvo en cualquier bastión de tranquilidad.
Pero a salvo no basta para entender un islote en el año que ha sido diseñado para cambiar de ciclo con un estricto apego al centro comercialvuelto tótem.
Probablemente se deba al reprobable hecho de no haber recibido el Castillo Grayskull claramente solicitado en la mentada carta, y de fondo escuchar las carcajadas del gordo rojo. O en una de esas, a tener que chutarte la plática política de los tíos borrachos y los reportes de inteligencia de las tías pretenciosas.
Lo cierto es que la temporada es realmente disfrutable si eres niño: te dan juguetes, viajes y vacaciones. De otro modo, padeces el tránsito, la turba de gente y la enrarecida y tensa atmósfera: por cmprar lo que le va a quedar y fingir que le gustó, por decidir si vas a casa de tus suegros o de tus padres, por proteger el aguinaldo de ojos ajenos para que sólo tus ojos lo vean materializado en tu nueva pantalla plana, en poner Disney face en la comida de la empresa y socialmente aceptar que no te burlarás de las ojeras ajenas, sólo porque las tuyas tienen ya una preocupante pero exótica coloración verdosa.
Otro ingrediente para rehuirle a esta fiesta son los villancicos. Cantarle a una estación puede ser pasable (sin la obligada duda en torno de una posible sanidad) pero no bajo las chillonas y melosas condiciones de lo que técnicamente se conoce como villancico.
Pero el punto crucial es que -siendo honestos- antier era todavía Septiembre (ése es el verdadero tiempo real) y pasadomañana será Febrero.
El tiempo se va entre las manos, no por una devastación de los recursos temporales, sino de los procesos de cpnciencia que derivan en saber estar alerta -no de una compulsiva compra navideña, sino de un refinamiento en los procesos de atención.
Con esta herramienta es con la que puede percibirse una temporada que no es otra cosa sino eso: una designación conceptual que aprehende y aprende que no hay días ni fechas absolutas, como tampoco nece(si)dad de volverse siervo de ellas, de una u otra forma.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Instrucciones para matar a alguien
viernes, 28 de mayo de 2010
Instrucciones para abrir una puerta

Las puertas son las que eligen. No el hombre.
-Borges
Cualquier hueco tiene puntos débiles.
Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.
Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).
No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.
Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.
La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.
Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.
En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.
Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.
En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.
jueves, 28 de mayo de 2009
Instrucciones para decir Adiós

Saber decir adiós en un momento clave, y hacerlo con madurez, dignidad y conciencia, puede generar un estado de franca precisión evolutiva desde el punto de vista de la impermanencia. Reconocer que el cambio es una constante y la inflexibilidad una predicción segura de problemas y dolor, hace que tarde o temprano se blanda la ductibilidad no encontrada por ceguera y necedad egoísta.
Menos aún lo que integra en su etimología y en su práctica.



