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sábado, 4 de junio de 2011

Instrucciones para leer unas instrucciones


Hay quien tiene la gallardía, pero sobre todo el tiempo para permanecer estoicamemte hincado y tener en el suelo, frente a sí, la siguiente escena (forense): una caja abierta, con importantes y tribales rasguños, despojada con primitiva ansiedad del moño y cuantas capas geológicas de papel se hayan interpuesto entre tu humanidad y la diversión.


El producto en cuestión junto a la caja, llámese computadora, iPod, cuelgatoallas para hacer ejercicio, rack para zapatos, tele, compu, licuadora, cuna, arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, medicina, o gadget de la naturaleza que funcionará (por un ratito: en lo que llega uno más nuevo) para el género que sea.

Y uno, absorto frente a la caja, arrodillado, con lentes para ver de cerca, un té, resaltador amarillo y libreta para tomar puntuales notas de las instrucciones del aparato en cuestión.

Nada más ficticio (y nerd). Uno debe romper, descomponer y desahuciar el producto, antes de acercarse al manual. Eso debería de obrar en amarillo, gigaBold y 80 pts en la primera página de todo instructivo.

Desde niños nos enseñan a patear y romper las cosas antes de aprender a usarlas. ¿Por qué deberíamos guardar recato ahora que tenemos aparente uso de nuestras facultades?

Y otra preguntita: ¿Para qué perder energía y encanto del nuevo gadget que tienes en las manos, en chutarte 240 páginas de nanoletra , si puedes 'picarle' para ver cómo funciona. es más fácil. Más burdo. Más divertido.

Este arte basal de 'picarle'  al artefacto, entraña la mexicanísima concepción de privilegiar -qué va- honrar el método empírico y aplicarlo en todo aquello que se deje: juguetes, electrodomésticos, muebles, parejas y hasta con el cuerpo mismo.

Por ello, leer las instrucciones es para nerds, para clavados, para ociosos o para ansiosos que buscan una solución a la gracia perpetrada traducida en desperfecto o fractura.

Velo así: hoy son pocos los productos que ofrecen instructivo detallado con el producto. Los jetones directores de marca a priori saben que es pésima idea meter un librucho en donde sea. Casi como meter una señal del diablo. Por eso es mejor subirlo a un sitio web (que tampoco será pelado) o puesto el proceso en tres rápidos y esquemáticos pasos en una hojita de papel.

Sobre todo si se parte de la idea de que un producto ahora debe ofrecer la condición de tener que ser intuitivo. De otro modo, habrá que leer el instructivo. Y como eso cuesta trabajo y demanda esfuerzo, no sirve.

Antes, los instructivos hasta para un Hot Wheels, eran manuales. Ahora los manuales de procedimientos son quick fact sheets. No tenemos tiempo. Mucho menos que antes.

La tecnología ha incumplido su promesa, y nosotros seguimos lamiendo sus digitales botas: Se nos hizo creer que con ésta, haríamos las cosas más rápido y mejor para ahorrar tiempo. ¿Para qué? Evidentemente sería para agregar calidad de vida a la misma.

Pero efectivamente hacemos las cosas más rápido para que al terminarlas hagamos más o pongamos a girar la rueda del hámster con las redes sociales y otros señuelos. Pero la calidad de vida por el subsuelo. ¿O cuentas con más tiempo que tus abuelos?

Para ninguna de estas redes sociales se requieren instrucciones. Sería lo peor que pudiera sucederles. Invitar e incitar a leer a la gente y con ello comprender procesos para eventualmente cuestionarlos y reimaginarlos.

No. Eso no es lo que busca ahora la gente.

Eso está out.

viernes, 16 de abril de 2010

Instrucciones para saber que no es sábado



Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.

- Anthony Burgess

Los sábados solían ser mis amigos.

Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.

Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.

Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.

Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.

El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).

Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.

Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.

Por eso un domingo puede verse como lunes.

Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.

Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.

viernes, 26 de marzo de 2010

Instrucciones para escuchar una rola


If Beethoven had been killed in a plane crash at the age of 22, it would have changed the history of music... and of aviation.

Tom Stoppard

Lo mismo da poner a Laura León o a Tomasso Albinoni si se trata de adoptarlos como el fondo de otra canción: la de la dispersión.

No sé si tuvieras respuesta inmediata, si te preguntara en este instante: ¿cuál sería la canción que definiera el soundtrack de tu historia? Probablemente alguien puede ser tan adicto que requiriera varios Gigas en playlists.

Pero el punto es que la música, al ser un conjunto de vibraciones oscilantes de frecuencias dispuestas en un campo abierto para ser captadas e interpretadas (e interpeladas), ni siquiera es como se percibe. Pero el headbangueo, las lágrimas circunstanciales y la metódica práctica del air guitar suceden a lo que se piensa "está bien chida esta rola" o "El Buki me las va a pagar porque no ha sacado un disco como los de antaño".

La música sabe llegar a donde tiene que llegar, con el timing preciso, la dinamita exacta y toda ámpula por levantar. Por más plasta que uno sea, no hay cómo ser inmune a la música.

En un acto de diversión privada (imagina qué tan bomba me la estaré pasando) suelo poner mute mental al antro y de pronto quedarme con la imagen de los cuerpos en curiosas contracciones y quiebres. La música prende, recuerda, mueve. Es una burbuja -de esas que tanto se disfrutan y que tanto escasean.

La música es un gran ejemplo, de uno de tantos ejercicios condicionados de alienación de los cuales, y sin mayor sofisticación, disfrutamos y empleamos para refugiarnos en nuestra madriguera. La que sea. Pero que sea.

No son pocas las personas que conozco que requieren -como una especie de curioso hábito sexual- conectarse los audífonos, para desconectarse del mundo en una especie de revancha cool contra este mundo ramplón que nada tiene de comprensivo.

Oír a Nine Inch Nails mientras corres, a Sigur Ross mientras duermes, a José José mientras haces quehacer, a Yuri -como es la ocasión- cuando entra la maldita Primavera, a Pablito Ruiz para recordar la vulnerabilidad del sentido común, a Metallica para acelerar el auto, a Juanga para sacar el showman oculto, a Fernando Delgadillo para botear por los pasillos universitarios, a El Sol para preguntarse por qué no es de noche, a los Black Eyed Peas para lavar el coche y así sucesivamente, tener un cómplice musical parece IN y con onda.

Y puede serlo, pero exclusivamente en el estrato de una realidad convencional donde difícilmente se le pone pausa a ésta o al iPod, como para escucharse a uno mismo sin distracción voluntaria, autoimpuesta o inconsciente.

viernes, 19 de marzo de 2010

Instrucciones para negarte a ver la verdad

-La verdad os hará libres

Juan 8:32


¿Ah verdad?

¿Verdad que la intransigencia, cuando es propia, levanta doble curiosidad?

No es elegante esquivar las suspicacias diarias de aquello que pueda existir de verdad, de modo independiente a los órganos sensoriales, a la conciencia, y saber de memoria los integrantes de un grupo impronunciable en estado sobrio.

Aquello de “ser es ser percibido” dejó de tener sentido cuando alguien preguntó por las características dimensionales del pensamiento y puso en órbita la certeza de que la realidad es una, es absoluta, y es un prurito visual abrazable y untable.

De la misma forma se extiende la famosa verdad, "Mi beldá", esa que hace del prejuicio un tobogán a la vergüenza y que te convierte en Papa de tu propio Vaticano.

La mera verdad, es que no hay tal. El concepto en sí alberga dosis de presunción, término absoluto y unidimensionalidad, preceptos para achicar el criterio y sentarse en un trono de oropela hacer berrinche y parecer feliz. Todo encadenado y cíclicamente.

Si eres un incansable arqueólogo de la verdad, si supones que dicha verdad aporta lecciones definitivas para tu vida, si consideras que la inmutabilidad de esta verdad genera certeza, y es a partir de ésta con la que tomas decisiones, podría decirse que vas en el microbús correcto hacia tu viaje más confuso e indigno, llamado “Muy Lejos”.

Una verdad existe (y naturalmente, de modo relativo) mientras su sustentador se la crea. Creer poseer la verdad otorga una especie de báculo que nos hace sentir idiotamente únicos y nos hace ver únicamente idiotas. Si la verdad puede encontrarse únicamente a través de la razón, si sólo puede hacerse por medio de la experiencia, si es subjetiva u objetiva, relativa o absoluta, si hay un tipo de verdad ontológica enfrentada a una lógica, si hay una verdad material en oposición a una formal, si se trata de una verdad de hecho contra una verdad de razón, tal vez ni siquiera uno se acerque al entendimiento de la verdad, que es la ausencia de ésta y de cualquier concepto absoluto y absolutizante.

¿O de verdad crees que el mundo es lo que tus ojos interpretan, y de ahí puedes extraer originales y divertidas verdades absolutas?

¿Verdad que quién sabe?

viernes, 12 de marzo de 2010

Instrucciones para desear no desear



The desire to take medicine is perhaps the greatest feature

which distinguishes man from animals.

-Sir William Osler

Por la vida confluyen viaductos que cargan ansiedades y adrenalinas de diverso tamaño, mismas que acidulan el tránsito y lo vuelven espejo de las propias debilidades.

Es imposible saciar con holgura cuanto deseo abrupto cae en la alcancía de la conciencia: habría que desear no desear. Y en sí, continúa sigue siendo un deseo.

El problema con el aparentemente sano, humano y spicy deseo es que invita a ingresar a un ciclo inacabado de insatisfacción, mismo que cataliza la replicación del modelo y con ello hacerte orgulloso acreedor a innecesarias turbulencias de conocida factura.

Ya el deseo puede observarse como un motor legítimamente humano y hasta sabroso. La auscultación de la consecuencia será providencial pero la apertura de perspectiva y poder ponderar si a eso piensas dedicar tu tránsito vital, debería ser definitorio.

Naturalmente no se espera que al término de esta lectura te quedes con la idea de ser un zombie y no experimentar emoción alguna. Si bien es naturaleza humana sentir, no lo es aferrarse a ello y contaminar lo que puede ser un modelo sano de conducción. Por eso es viable exprimir el sentimiento sin adueñarse del deseo (aunque en realidad esto último sucede a la inversa).

El deseo es una ilusión subjetiva donde se proyectan carencias y debilidades que al aferrarse sólo se pausan, con la certidumbre de que emergerán en un episodio reloaded.

El deseo nada tiene que ver con la pasionalidad que imprimas al viernes por la noche, es la crudísima versión de ni siquiera saber quién era quien deseaba y recibir la avalancha de mielda soble ti, blothel.

Ahora puedes -cuando tengas tu pastel de cumpleaños enfrente, extinguir un deseo con la misma metáfora visual que subyace al soplar.

viernes, 5 de marzo de 2010

Instrucciones para ver una placa



Life is too short for traffic.

-Dan Bellack

En ciudades donde el ritual pseudomasoquista de participar en repletar embudos viales con la siempre graciosa y oportuna ayuda de algún poli bloqueador de calles y razones, no siempre hay alternativas para mantener una salud mental en niveles decorosos.

Puedes probar de todo: desde poner tu audiolibro de los cuatro acuerdos y decretar que llegarás a tiempo, buscar figuras divertidas en las nubes, contar autos amarillos, apostar a que en la siguiente oleada de avance vial romperás el récord de los 10 km/h, adivinar historias en los rostros en roaming de los bien empacados vecinos de tránsito, jugar a descifrar el Morse del punto y raya en el pavimento, alienarte y cobijarte con tu propio diálogo interno, o... ¡jugar a encontrarle sentido a las placas de los autos contiguos!

Hay muchas variantes. Las aceptadas por la academia sugieren que las tres letras en la matrícula hagan completo sentido. De ser así, tendrás soberano derecho para asestar un ligero golpe (no se trata de iniciar un rifirrafe en la cabina) en la pierna del acompañante. Ahora que si vas solo, puedes elegir entre tu pierna izquierda o derecha. Difícil decisión.

Una apreciada variante es poder colocar letras intermedias y armar una nueva palabra, y de ahí retarse a hacer una más, y así sucesivamente hasta que avance el coche de adelante.

MAD, SHE, SEX, (el orden no es necesariamente vinculatorio), PRI, PRD o PAN, PEZ, TRI, SUR, RGB, MAS, TKE, USA, SEE, RSS, KRA, UNA, MAC, SHY, JPG, UHU son algunos de los exponentes que te valdrán un golpe a favor o en contra.

Vale la pena aplaudir que después de mucho tiempo las láminas de los autos (que según los conocedores, se hicieron por años en las hospitalarias prisiones de la ciudad, en manos de calificados reos artesanos) cuentan con un motivo divertido, con una variante gráfica que es igualmente peligrosa: nadie sabe quién y con qué gusto (o criterio electorero) decide el diseño. Pero al menos es divertido ver una pickap' de Sonora y su asoleada matrícula o encontrar el avioncito del tuneado auto del Edomex.

Jugar a encontrar sentido al sinsentido es una opción más bien heroica que terapéutica. Puedes elegir entre eso o frustrarte el trayecto envuelto en la hojalata móvil.

Después de todo, la placa es una extensión del auto, que es una extensión de la persona. Su función es brindar identidad y unicidad. Matricular el auto es lo más parecido al nombre y apellidos en una mascarada vial, donde por cierto, sigue sin avanzar el tránsito.

viernes, 26 de febrero de 2010

Instrucciones para contarse los dedos



¿Qué pasa con el puño cuando se abren los dedos?

-Pregunta zen

Si tuviera que explicarle a mis dedos que –literalmente- cuentan conmigo por un humilde y honesto agradecimiento por lo que han hecho en aras del contagioso eco de realidad diaria, seguramente lo tendría que hacerlo con mímica.

Dibujaría una casa en el aire. Desde la ventana más cercana al piso sacaría la mano para agitarla en signo de saludo alebrestado a mi mano que lo responde igual. O tal vez subiría al ático a buscar un par de guantes a la medida y lanzarlos como ofrenda y entrevista al viento en lo que toca su destinatario.

Imagino el arte de jugar billar, tomar café o escribir estas letras si la mano no tuviera dedos. ¿Cómo diez filamentos pueden hacer una diferencia que seguramente modificarían el tránsito de la historia? Simple: los detalles no necesariamente lo son.

Pero por más que apilo estos dedos en malabáricas formas, y los hago parecer extremidades, rorschach o palillos chinos, los dedos no dejan de ser las pinzas del robot que en algún momento somos.

¿A quién ha saludado tu mano? ¿Qué tanto ha tomado, tocado y sentido que te honras y te arrepientes? (naturalmente no al unísono). ¿Cuánta sorpresa ha perdido por el hecho de saber qué se siente sentir?

-Uy, mano, si yo te dijera…

Las cosas no suceden por azar. El lío en la fábrica seguramente comenzó con el primer prototipo. ¿Simétrico o asimétrico? ¿18 dedos o cinco por mano? Lo curioso es que el cuerpo tiene tal maravilla que al estar dentro de él se toma como dado y pronto la mano busca el control de la tele para desaburrirse de sí misma.

Basta verte las manos. Encontrar arrugas nuevas, o por lo menos conocerlas, algo que sería lo más parecido a saludarte a ti mismo. Pero, por el contrario, nos damos la señal del dedo medio cuando se trata de onfeccionar un ejercicio introspectivo. Evitar el contacto, la sorpresa el registro minucioso nos hace indistinguibles de un wc.

Los dedos murmuran. Diariamente se cuentan a sí mismos como cuando en la primaria tomas distancia y volteas a ver cuántos pelados hay detrás de ti. El dedo meñique guarda penitencia hasta en su nombre. Sea en el pie (aunque muchos aseguran que es crucial factor para guardar equilibrio) o en la mano, todos los apuntan que –de ser racistas- discriminarían al pequeño por inútil. Como sea, el índice es el del prejuicio, el medio el del estilo, el anular para flashear el compromiso y el pulgar permite la palanca.

Voltear a ver los dedos es prender tu propio History Channel. Uno de los múltiples testimonios que guardas está precisamente en la palma de tu mano. No es la misma mano la de un carpintero que la de un banquero, la de un piloto que la de un sastre, la de un minero que la de un modelo. La huella indeleble de la vida por el paso dactilar y metacarpiano tampoco deja de ser algo por lo cual valga tomar un minuto y contar del uno al diez.

¡Rediez!

jueves, 18 de febrero de 2010

Instrucciones para caminar por la calle (2)


No problem is so formidable that you can't walk away from it.

-Charles M. Schulz


No puede medir más de un metro y medio. Pensaría que cada centímetro avanzado es un kilómetro y nada impide que así lo sea. La silueta negra que se dibuja imantada a los zapatos burla el juego de rol y se dedica a la sombría respuesta en silencio ante el dilema de saber qué es la calle: ¿el suelo o el cuerpo?

En medio de semejante ocio comparable sólo con la lectura de estas letras, un soliloquio como el anterior es común en una caminata callejera. Sólo que hay otros. Caminan. Pedalean. Tienen auto. Y confluyen en lo que llamamos “afuera”.

A esa altura del camino, lo mejor que le puedo encontrar a un automóvil es que no salga de su cochera. ¿Cuántas veces fantaseas con el elixir trasnochador de encontrar las calles solitarias, libres de usuarios y construidas exclusivamente para tu paso imperial digno de ser visto por absolutamente nadie?

Por lo visto, los automóviles y sus larvas parecen no haber leído esta columna y deciden salir hasta de las coladeras. A borbotones. Se restriegan sobre el asfalto y se proyectan uno a otro. El vómito es implacable y la esteatorrea vial hace que hasta el pedestre más agudo, pierda varias importantes fibras de realidad que obran sobre claxonazo y mentada.

Entre cebras y gusanos blancos y amarillos se encargan de remozar el ágora donde cualquier derecho del peatón es doblado, hecho moño y regresado de donde vino. La urbe no es un lugar para caminar. Y aún así, se encuentra espacio donde no lo hay.

En pocos minutos el horizonte se transforma en un discurso de metabolismo de hojalata con serios problemas digestivos. Líneas colindantes por cualquier resquicio: desde el camión que rebasa con nanomilímetros de distancia a la señora gigahistérica, hasta el guiño vertical del oficinista que –una vez más- llegará tarde (pero eso sí, ¡qué a gusto le supieron sus diez minutitos extra!).

La inspiración del apocalipsis inducido a diario puede ser estudiado desde la acera, cuando no haya ciclistas, baches o recursos de este mismo caos que atenten contra el mismo proceso de la observación. Caminar será entonces una excusa para celebrar que no estás preso en el receptáculo de lámina, con la tensión muscular a tope y la velocidad en cero.

El golpeteo del zapato es importante. Necesariamente tiene que ser rítmico ya que adereza el andar y habla del vicio de poner atención en todo. Supongo que ahí se esconde otra aplicación del dicho “zapatero a tus zapatos”. Pero no todos encuentran en el pendular de las piernas el sabroso ejercicio de reconocer la postura erguida y permitir que el fragmento de realidad entre por toda ventana abierta. Precisamente por esto, y en virtud de contar con vitrales, la oportunidad es gritona. Grosera. Y cae bien, como señora gorda de mercado.

El ejército de estímulos sensoriales tiene que ser domesticado como a la fiera misma del discurso interno. Tal vez por eso sea tan placentera la caminata a solas, entendida como un gimnasio para aguantarse a sí mismo.

Y en ese viaje que coquetea inconscientemente con un solipsismo acaramelado navega el ingrediente común de cada uno de los lugares percibidos durante la caminata: el tufo individualista del monstruo vehicular que se despedaza y desmembra por el gusto de estar desesperado y me vale madres lo que piense el de adelante (o el de junto, o el de atrás, o el otro de junto, o el de abajo, o el de arriba); el autista que prefiere escuchar a Morrisey mientras corre para hacer de cuenta que todos los días son domingo; la anciana que tiene por profesión ver por la ventana sin siquiera saber qué es lo que ve; el policía que cree que por mover los bracitos con mayor aspaviento el tránsito correrá con mayor fluidez; el orgulloso dueño de dos perros de impronunciable raza que defecan cada tres ladridos (los tres) y dejan sus residuos como testimonio de su existencia.

Caminar es un viaje interno, sobre todo. Es sentir el mundo sobre los zapatos y el espacio sobre el pecho. Es saber mojarse cuando llueve y secarse con un trapito de espontaneidad y parsimonia.

Caminar por la calle es descubrir que nunca te habías permitido hacerlo como lo puedes hacer y reconciliarte con el oficio de sudar un poco.

viernes, 12 de febrero de 2010

Instrucciones para hacer el amor



No hay amor infeliz. Sólo se tiene lo que se tiene.

No hay amor feliz. Lo que se tiene ya no se tiene.

-Marguerite Yourcenar


Nunca entendí la cercanía suicida que tiene el amor con la muerte hasta que las condiciones y condicionamientos mostraron los oscuros parajes del desamor y con ello de una especie de antimuerte más viva que tu respiración.

Recuerdo con emoción cuando en una clase de secundaria la maestra más buena onda de toda la escuela explicó la raíz etimológica de la palabra amor. Por unos momentos, el salón entero guardó un minuto de silencio (y sólo uno), no sé si para saciar morbos, escuchar algo que nunca más tendrían oportunidad, o si era una especie de luto premonitorio. Amé la explicación. Amé a mi maestra. Amé el momento.

Mi maestra de filosofía se transcribió a sí misma en imágenes refinadas y puntillistas. Amor está tan envuelto de muerte, que en su significado esconde la guadaña: amortis: suspensión de muerte. Ponerle pausa a ese proceso. Otorgar un rescoldo de libertad, vivo, en una canoa, dentro de la calma laguna de la muerte.

De inmediato imaginaba un cuadro de Edward Munch y en él mi cara de grito interno frente a la desesperación por una explicación tan… tan… tan cierta para mí y para mis subsistemas. ¿Qué otra cosa es el amor, sino una suspensión? ¿De qué? De todo lo que quieras. El problema es cuando claudica dolorosamente con la materia de su propia génesis: la suspensión de dicha suspensión.

El amor puede ser entendido como lobotomía, circuncisión o cirugía (a corazón abierto) o hasta herida de muerte, si es cierto que hay una ruptura, una pausa, una distensión. Salvando cualquier cliché del Siglo XII, con trovadores y juglares que entendieron el cortejo a la mujer como el de un vasallo a su líder, el principio del amor radica en la compleja naturaleza humana y su vocación por apadrinar, engendrar, hachizar, eructar, patear y hasta disparar experiencias que serán fotogramas de su vida.

Por eso el amor salpica ingenuidad al querer abrazar un instante para la eternidad y convertirlo en un objeto de apego, como el reloj de la abuela en la vitrina. Puede ir por ahí la comprensión de la consubstancialidad del amor y la muerte entendidos como un brote temporal que emancipa toda lógica: después de todo, ¿quién es el chido que se avienta a entender al amor? ¿Y desde qué perspectiva? ¿Y para qué? Mejor amar y no pretender entender el acto febril del amor.

A estas preguntas –desde chico- me hacía otras, entre las que nadaba de muertito: “Por qué se dice: hacer el amor?” ¿El amor se fabrica? ¿Se construye? ¿Se edifica, arrojando cualquier metáfora a un lugar del cual no pueda aparecer? El amor –al ser energía- tal vez no se fabrica, aunque ciertamente se cultiva.

Pero el acto de la consecución amorosa, donde dos retan la geometría y encuentran en el espacio la vertical propicia para fusionarse, confundirse y disolverse, revienta centellas que en una de las miles de interpretaciones es tildada como “la muerte chiquita”.

Por eso, para hacer el amor, uno tiene que ser valiente. Es indispensable saber que eso –lo que sea que siente- es transitorio desde la epiglotis etimológica. Para hacer el amor uno requiere saberse hacer el amor a sí mismo fuera de la dimensión puramente genital e incluso física. Hacer el amor es reblandecer la conciencia con la sorpresa de la emoción y la emergencia de la espontaneidad.

Para hacer el amor uno requiere estar en un manicomio sexy, con celadores eruditos (in technicolor), paredes rojinegras, dimmers díscolos, incienso intoxicante y… estar vivo. Por más lubricante que riegues en el huerto, sin experiencia no hay cosecha. Pero… ¿cuántos muertos en vida conoces? ¿O cuántas veces te has dado los santos óleos? ¿Incluso por amor? ¿O desamor?

Borges (sí: José Luis) decía que el amor era una trampa que dios tendía para perpetuar la especie. Desconozco los planes de dominación mundial de dios, pero al menos -en el dominio de la conciencia- cada quien libra este amor y desamor entre su vida y su muerte, con las más sabrosas ganas de protagonizar su propio guión.

Y que la cobija nos ampare (en lugar de la esquizofrenia).

viernes, 5 de febrero de 2010

Instrucciones para renunciar




There's no such thing as quitting. Just sometimes there's a longer pause between relapses.

-Alan Moore


Hay quien ve al estoicismo como herramienta y quien lo ve como refriega. Si se encuentran en la calle, igual cruzarán miradas y seguirán un rumbo browniano. Igual que el de sus prejuicios y negligencias.

Pero hay también momentos en los que el momento es lo de menos por traer consigo una nutrida cantidad y calidad de ollas express que impiden seguir el rumbo, por errático que éste sea. La presión invade. Sutura.

Desde niños hay ollas express con su ruido excepcionalmente blanco. Expectativas, reconocimiento, desempeño, y la competencia malentendida obran como libro de texto, no precisamente gratuito (ni fortuito), para el resto de los días.

En ese trayecto, cuando uno hace una progresión lineal de sus anécdotas y sus anémonas, es cuando al más puro estilo de una cuenta T, se arroja el resultado: “T friegas: es momento de crearlo (el momento y el resultado)”.

Para renunciar tiene que haber dos polos. Uno de ellos debes ser tú y tu manifiesta inconformidad. Al ser eso (polo y externo) es importante no perder de vista que todo el tiempo, lo que sea que pienses y opines será una versión y una percepción parcial. Sesgada. Por ello basta ajustar el enfoque, el ángulo y la perspectiva para dar fe de cómo cambia dicho polo.

Si a pesar de estos ajustes el polo no cambió como para estarse en paz, habrá que ponderar el otro polo. Y es ahí donde la decisión oprimirá varias veces “escape” en tu teclado mental.

El otro polo parece ser no sólo un polo. Por decirlo de otro modo, los argumentos sobran, pero aún así se siguen buscando indicios para actuar al respecto. Pero sin importar la versión de que se trate, uno sabe bien cuando el vaso está lleno.

Para renunciar basta una firma. Parece raro que en un mundo donde el hacker y el phisher son los nuevos delincuentes a detectar, con una firma selles el compromiso o la ausencia de éste. Me quedo pensando en el momento en el que uno confecciona su firma. ¿Realmente podríamos imaginar todos los lugares y papeles por donde pasará ese garabato que según los grafólogos nos define como personas, y según las personas nos define como consumidores?

La firma puede parecer sobrevalorada, después de todo es un garabato que puede ir desde la caligrafía de tu nombre, a tres equis bien puestas. Pero esa firma, ese identificador, ese poder es el que deja testimonio de que fuiste tú y no una memoria anónima quien se apersonó.

Una carta de renuncia es hueca en fondo y forma. Es en cierto modo, un paño de lágrimas, un trapeador y un desinfectante. Para redactarla es indispensable estar dotado con cierto cinismo conocido en el mundo moderno como diplomacia, y para entregarla se requiere saber que un ciclo ha quedado en esa carta.

Ciclos. Renunciar tiene que ver con ciclos. La fuerza gravitacional de estos ciclos es la misma que en un momento evocó una liga y en esta ocasión ruptura. ¿Qué otra cosa somos más que un bonche de ciclos? (muchos de ellos inadvertidos)

Identificar los polos, empuñar la pluma y despedir la firma, así como reconocer estos ciclos, son sólo parte de la voluntad y del hartazgo; de la fractura de la cual emana un nuevo (ilusorio) piso, que eventualmente se fracturará también. Sin temor, sin hallazgo, sin melancolía ni traspaso. Sin exceso ni soberbia, sin shit happens ni mal que dure cien años. Sin excusa.

Por eso renunciar cuenta con más de una connotación. Si en un momento dado se puede renunciar a este estado cíclico y reiterativo vía el reconocimiento del hartazgo de ello, entonces por medio de la firma de la claridad de la conciencia se abrirá una posibilidad de encontrar algo visceral y burbujeantemente nuevo.

viernes, 29 de enero de 2010

Instrucciones para quedarse sin tema


If you shoot at mimes, should you use a silencer?

-Steven Wright


Donde dos o más se reúnen es imprescindible contar con tema de conversación. Después de todo, se nos ha hecho pensar que somos por naturaleza entes gregarios (y gregorianos), por lo que hablar del clima en un elevador tendrá sentido si lo que se busca es no ser excluido.

Pero cuando el chiste es revisar los temas que merodean la masa encefálica -de por sí ya herida de bala por coyunturas personales- sucede que uno entra en estado de recogimiento cuando ya no se acuerda si sigue siendo uno o sus circunstancias.

El abanico se extiende pero la consigna es que aporte, por lo que –al buscar temas- se puede hablar de que volvió a subir la gasolina subrepticiamente y el hecho se toca como verso cantado por Daddy Yankee; de lo cerca que estamos y estaremos de un cataclismo social y universal; de la nueva moda primavera-verano que se estrenó hace 20 años, por lo que lo naco regresó a ser naco: ahora lo retro es cool; del crimen que por estar ligado a una figura pública, se vuelve mitad showbiz, mitad noticia, pero que exhibe la saña de la corrupción e indolencia social; de todos los planes para conquistar el mundo que fenecieron con la crisis, misma que pasa un escueto parte de guerra diariamente; de la importancia de cuidar el agua, “porque las guerras serán por este líquido y habrá que generar conciencia", mientras se deja calentar el (y un) chorro; de juntar un millón de firmas en contra de las corridas de toros y de políticos y de firmantes; de la tremenda contaminación que acabará con la ínfima oportunidad de recordar el concepto "horizonte"; de la eterna queja en contra de políticos y sus botines; del problema que sigue siendo creer que esto existe como aparece; de la marejada de estímulos sensoriales callejeros a los que nos hemos esclavizado; de la edad a la que uno tiene que hacer las cosas, o el tsunami social acabará con tu salud mental; de lo saludable que puede ser ignorar la impunidad en aras de una tranquilidad de corto plazo; de la inercia que como civilización arrastramos y se presentan a diario como condicionamientos autodestructivos (y lo único que evidencian es que en realidad no ha habido tal evolución); de la incongruencia diaria de la injusticia social vista e ignorada en cualquier esquina; de la mesa redonda interna al respecto de ¿Y cómo se juega este juego en el que estoy viviendo en el tablero y sin instructivo?; de ser lo que el facebook dice; de si es Estado fallido o en realidad ya pasó a mejor vida; de por un momento querer regresar a jugar Pacman todo el día y nada más; de si el “hoy no circula” debe ampliarse y adoptarse masiva y personalmente para evitar balaceras, secuestros y atracos; de intentar adivinar cuál será la próxima sorpresa social y tema adherido por días en noticiarios, medios y mentes; de creer que la atención de las bodas gay supera ficción y realidad como para tener tal prioridad; de preguntarse ¿y si le ponemos rueditas, freno de mano (de muerte) y lo volvemos un carro deslizador iPadlancha?; de las carencias y opulencias de la niñez y sus consecuencias circenses en la actualidad; de pensar qué otros temas podrías estar leyendo en lugar de –inconstitucionalmente- estar deambulando por estas letras; de sorprenderse con el organigrama inmóvil de las dependencias gubernamentales en la atención de las demandas sociales; de la migración de la política de proyectos a la política de productos; de la indisciplinada visión por alimentar el instinto del deseo en todas sus formas, en lugar de trascenderlo y orientarlo en algo conducente como especie; de entender que el arrepentimiento es una forma honesta de crecer en lugar de cincelar la autoimagen y perpetuar errores y omisiones; de esta idea confusa del Bicentenario y la obligación de celebrar un caos no entendido; de acidular el hecho de que a la revolución todavía le falta tiempo de maduración; de hacer una proyección y no sorprenderse que pronto el país cuente con más desempleados que habitantes; de ver pasar la información de todo tipo de récords: obesidad, Ciudad Juárez, y tener esa extraña sensación de ser zombie y estar viendo infomerciales; de tener claridad y responsabilidad en cualquier palabra y pensamiento que se profiera para poder tener cabal autoría de lo que se hace; de cómo manejar bien un par de chacos si es que se visita algún antro, un alcoholímetro, una esquina o hasta la recámara; del autoengaño que como sociedad y personas protagonizamos –al parecer- incansablemente pagando tenencia, sufragando, haciendo de cuenta que no pasa nada, y comprobándolo en el peor sentido; del increíblemente alto umbral que tenemos a la tolerancia social; del increíblemente bajo umbral que tenemos a la tolerancia personal; de la indolencia ante la corrupción en cualquiera de sus formas y en todos los estratos; de ignorar qué diablos le da sentido a la vida, al día, a este instante; de pensar que efectivamente se piensa; de no tener idea cuál de todas las ideas puede ser más importante para desarrollar esta columna…

La verdad es que uno aprende –como en estos casos- a valorar la profundidad del silencio y el enorme poder que en él engendra. Por eso dejaré que toda esta avalancha de temas, sean el tema de hoy.

El silencio es un privilegio, no una obligación.

viernes, 22 de enero de 2010

Instrucciones para amarrarse una agujeta


Fallacies do not cease to be fallacies because they become fashions.

- G. K. Chesterton


Uno no cae por azar. Se lo merece. Y una agujeta desamarrada es sólo el médium. Ya sea para caer en cuenta o para contar la caída.

La vida de una agujeta tiene una complejidad pocas veces comprendida. Entre los nudos a los que se expone y los golpeteos de la vida diaria, pocos recuerdan que tiene la sigilosa misión de dar un respiro, tres jadeos y apretar -lograr tensión- en un mundo que precisamente se define por ello.

Cuando la agujeta padece estrés postraumático o simplemente se le da la gana detener el mundo por un instante, echa mano de su escurridiza inconsistencia y como todo proceso egoísta, titubea, voltea a ver el reloj, calcula el momento decisivo y pasa lista a los desleales.

Por eso las agujetas parecen no tener dueño ni progenitor. Son de ese phylum que por la calle presumen que asaltan bancos a caballo y pasan por la comisaría lanzando un puñado de monedas como signo de mala voluntad. Son voluntariosas. Necias. Por eso sólo se les mantiene quietas amarrándolas.

Algo que es muy claro, es que el momento más vulnerable en la histeria (sic) de un hombre es el espacio fenomenológico en el que sucede la anatomía en que el sujeto le dice al mundo “voy a amarrarme una agujeta” y estoy dispuesto a pagar un muy alto precio por ello. ¿Cuántas personas ves a diario que se amarran una agujeta? No muchas, ¿cierto? Hay quienes deciden caminar como si portaran esquíes o simplemente no caminar con tal de no exhibirse como una estatua visiblemente afectada por los designios de un anélidos oligoqueto de tela.

Desde la latitud que se le quiera ver, y si es requerido, con cámara Phantom, se trata del momento idóneo para que el enemigo y su camuflada zalea hagan la cornada definitiva, después de pronunciar algunas ingeniosas frases, mientras te tienen blandido en el chaturanga menos honroso, en el que más vale ver fijamente la agujeta y reclamarle internamente por el resto de los minutos que te queden. Tus enemigos son amigos de tus agujetas. Recuérdalo siempre.

Probablemente sea por eso que las ingeniosas y hábiles mujeres hayan sacrificado -en su pérfida mayoría- las agujetas por el tacón. Es preferible arruinarse los dedos de por vida que estacionarse en la postura del avestruz zen para amarrarse una agujeta.

Pero saludando el legado de comodidad que obra en el manifiesto del Partido del bigote y la hamaca, y haciendo a un lado cualquier sarcófago estético, jamás nos pondríamos tacones en aras de saber lo bien que se siente estar cerca del piso, aunque corramos el riesgo de ser sorprendidos por un comando de sicarios al momento de agacharnos y ocupar ambas manos en maniobrar la huidiza agujeta.

Por eso es indispensable -primero- detectar si la estrategia de vida es la estética, la comodidad o la proactividad: para saber qué tipo de zapato y agujeta portar. Luego conviene respetar y laurear el amarrado del calzado. Procura que el paso sea contundente, pero sanamente flexible, con una generosa tensión que no ate también el andar. Si por algún lamentable suceso ocurre que las invertebradas de tela reten al equilibrio y a la destreza en tránsito, será imperativo saber que un alto total es el encuentro del atajo más propicio.