sábado, 4 de junio de 2011
Instrucciones para leer unas instrucciones
viernes, 6 de mayo de 2011
Instrucciones para decir una mentira
lunes, 28 de febrero de 2011
Instrucciones para adoptar una costumbre
La pobre no tiene tutor ni tutorial. Tal vez por eso sea contundente su atracción.
Te acostumbras a la comida fría, al respondón en público, al intermitente Territorio Telcel, a escuchar y procrear mentiras, a sobrellevar tu vida… menos a no comer y a dejar de ser víctima de acostumbrarte a algo.
Se necesitan 21 días para cobijar a una de estas pobres, y para llamar la gravedad del peso de su orientación basta un instante.
En esas tres semanas se gesta una organización de comités de acoplamiento de hábitos, no necesariamente con un corte democrático.
La tiranía del impulso condicionado es el verdadero incubador en esta cuna de adopción. Mece al recién pensado con rostro de insana ternura en tres tiempos: uno para embelezarlo con inconciencia, otro para dormirlo festivamente y otro para proyectarlo con normalidad por los días venideros bajo el más astuto síndrome de adecuación. O sea, para hacer de cuenta que no hay cuenta, porque a no tener cuenta es a lo que te estás acostumbrando con el simple hecho de acostumbrarte a lo que sea que te estés acostumbrando.
Pero sin rima peligrosa ni acento extraterrestre, vale poner el tentáculo ahí: cuando te acostumbras, pierdes cierta cualidad humana.
Piénsalo en términos de un beso. ¿No es patéticamente execrable ver cómo un par de esposos se despiden lanzando un besito por el aire? ¿O qué tal cuando te ponen a modo de “Ahí te ves” un cálido y apreciado “Besos”? Por favor, cuando te hagan esto, responde de inmediato con la pregunta “¿Cuántos?”.
Acostumbrarte a cualquier costumbre no puede terminar nada bien. Sea a los golpes o a los cariños, esta costumbre termina elaborando facturas difícilmente pagaderas en una sola exhibición.
Para acostumbrarte a algo lo primero que hay que hacer es rendirle culto a la zona de confort. Permitir qie el día gobierne la sorpresa y que la rutina se transforme en ley absoluta. Poner cara de zombie o de güey (es lo mismo, pero una tiene un grado mayor de sofisticación) es mandatorio. De nada te servira acostumbrarte a lo que sea si no demuestras tu hipnótica adicción a la complacencia por ceder tu vida sin intereses (en cualquiera de sus sentidos).
Por ello habría que abrazar esta adecuación con el mayor sentido de onanismo y hacer a un lado cualquier pusilánime posibilidad de generar frescura de pensamiento para comprender con ello que la llave se llama instantes de conciencia. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué consecuencias?
Mientras no haya respuesta, no habría por qué (ni para qué) acostumbrarte a desacostumbrarte.
viernes, 4 de febrero de 2011
Instrucciones para saludar a alguien
lunes, 3 de mayo de 2010
Instrucciones para hacer una fila

Por Eduardo Navarrete
No entiendo el pudor con el que la gente se asusta cuando alguien le llama "cola" si en realidad lo es: se mueve, flagela lenta y desesperadamente, crece, se reproduce y eventualmente muere, siendo una retaguardia que a nadie le place habitar.
Del principio "Primero en tiempo, primero en derecho" y la coordinada suma de la ineficiencia para atender una puerta, junto a la emocionante capacidad para dejarlo todo para el final, se genera -a mano de Hemorroide Films- la turbulencia organizada para tomar un turno espontáneo y formarse uno detrás de otro sin necesidad de tomar distancia.
En el banco, en el cine, en Hacienda, para el baño, en la calle... Las filas son condición y marca de un buen mexicano que acepta la condición de muchedumbre e impacientemente soportarlo porque ni hay de otra ni desaparecerán los que están adelante (maldita sea...).
Observa la cara de los que se forman. El tic de mover a ritmo de speed metal la piernita, abre paso para ver el reloj cada 30 segundos. Instantáneamente vendrá algún gesto de circunstancia y con él, la respuesta innata para sentirse activo: ponerse de puntas y balancearse para observar (infructuosamente) por qué no avanza la fila (y constatar que esto se debe a que hay mucha gente delante de ti). El último recurso siempre será sacar el celular y jugar a aprovechar el tiempo mientras se pierde jugando a alinear burbujar coloridas.
A nadie le gusta hacer fila. Por lo mismo, y como lo dicta nuestra verdadera Constitución (el código genético), habremos de ingeniarnos algún atajo o hábil y conspicua maniobra para, o no hacer cola, o saltarnos algunos lugares. Lo divertido del caso es que a todos los que están formados les gustaría hacer esto: democráticamente lo merecen. Pero cuando todo mundo está formadito, en paz y dócil y sale el pasado de listo, no hay uno sólo que no se maldiga por seguir respetando la estúpida cola.
Cuando no existe la tecnología de la fila y primitivamente se arrejunta el personal sobre la cadena para masoquistamente rogarle a Bobby que se apiade de ti para que te deje entrar a pagar 200 pesos de cover (¿qué significa cover? ¿Por qué pagar por algo así?) y encontrar todo a sobreprecio y sobrecupo, no hay escena más lamentable que la de -entre el bullicio de peroratas (y perroratas)- emerga con camisa hilarantemente pegadita, el engomado con la operada, le abran paso, dé un abrazo al "Donkey Kong" y siga su paso. Eso amerita una revuelta popular por decirlo tranquilo.
Para salir de un avión, en la taquilla, y hasta para pegarle a una piñata te formas. Me pregunto si la mente hace también cola para tomar un cuerpo en el proceso del renacimiento, y si también se meten en la cola, dan una propinita, hay coyotes o se encuentra un plan B para evitar formarse.
La arquitectura de la fila es importante: los que están en el primer tercio distal saben que su espera será premiada cuando salgan y vean que aún hay cola e incluso se hizo más grande. Eso da una secreta especie de satisfacción y ahorro de tiempo, mismo que será sabiamente invertido en ver la tele.
Si te toca estar en la parte media de la cola, sabes que no puedes irte porque en una de esas, los pelados de adelante avanzan rápido y cada minuto ahí depositado hubiera sido desperdiciado. Además, siempre que haya alguien detrás de ti, vale la pena conservar el lugar.
Simpáticamente, si ocupas la parte más lejana de la entrada es porque sabes que llegaste tarde y te lo mereces, o con realismo abortas el plan y regresas otro día. Eso sí, cuando eres la última persona de la fila -exactamente la antítesis de la conveniencia- asaltan tu mente varias ideas progresivas (y no progresistas) en torno a la factibilidad de que algún día llegues, si eres el brutazo que aceptará presumirle al mundo el último lugar, y por cuánto tiempo, si estás haciendo la fila indicada...hasta que llega otro que se forma detrás tuyo, y con tu nuevo alivio y el viejo rabillo del ojo ves que inicia con su tormenta de dudas y lápida culpígena.
Un entrañable fenómeno es el de encargar el lugar. ¿Por qué habremos de cuidar el espacio dejado a algún vivales que haga fila de modo virtual a costa de uno? Lo más probable es que si se llega a este estado de amargue es porque en definitiva se ha perdido todo temple y lo mejor será salir de la fila y regresar por donde veniste.
Hasta estas letras que lees están formadas para ser leídas por ti. Por ningún motivo dejes qeu anu se quiear paasr de litsa y se adealtne la fila.
No vaya a sucdeer lo qeu pasa a diairo en nuetsra cuidad...
viernes, 16 de abril de 2010
Instrucciones para saber que no es sábado

Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.
- Anthony Burgess
Los sábados solían ser mis amigos.
Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.
Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.
Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.
Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.
El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).
Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.
Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.
Por eso un domingo puede verse como lunes.
Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.
Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.
viernes, 26 de marzo de 2010
Instrucciones para escuchar una rola

If Beethoven had been killed in a plane crash at the age of 22, it would have changed the history of music... and of aviation.
Tom Stoppard
Lo mismo da poner a Laura León o a Tomasso Albinoni si se trata de adoptarlos como el fondo de otra canción: la de la dispersión.
No sé si tuvieras respuesta inmediata, si te preguntara en este instante: ¿cuál sería la canción que definiera el soundtrack de tu historia? Probablemente alguien puede ser tan adicto que requiriera varios Gigas en playlists.
Pero el punto es que la música, al ser un conjunto de vibraciones oscilantes de frecuencias dispuestas en un campo abierto para ser captadas e interpretadas (e interpeladas), ni siquiera es como se percibe. Pero el headbangueo, las lágrimas circunstanciales y la metódica práctica del air guitar suceden a lo que se piensa "está bien chida esta rola" o "El Buki me las va a pagar porque no ha sacado un disco como los de antaño".
La música sabe llegar a donde tiene que llegar, con el timing preciso, la dinamita exacta y toda ámpula por levantar. Por más plasta que uno sea, no hay cómo ser inmune a la música.
En un acto de diversión privada (imagina qué tan bomba me la estaré pasando) suelo poner mute mental al antro y de pronto quedarme con la imagen de los cuerpos en curiosas contracciones y quiebres. La música prende, recuerda, mueve. Es una burbuja -de esas que tanto se disfrutan y que tanto escasean.
La música es un gran ejemplo, de uno de tantos ejercicios condicionados de alienación de los cuales, y sin mayor sofisticación, disfrutamos y empleamos para refugiarnos en nuestra madriguera. La que sea. Pero que sea.
No son pocas las personas que conozco que requieren -como una especie de curioso hábito sexual- conectarse los audífonos, para desconectarse del mundo en una especie de revancha cool contra este mundo ramplón que nada tiene de comprensivo.
Oír a Nine Inch Nails mientras corres, a Sigur Ross mientras duermes, a José José mientras haces quehacer, a Yuri -como es la ocasión- cuando entra la maldita Primavera, a Pablito Ruiz para recordar la vulnerabilidad del sentido común, a Metallica para acelerar el auto, a Juanga para sacar el showman oculto, a Fernando Delgadillo para botear por los pasillos universitarios, a El Sol para preguntarse por qué no es de noche, a los Black Eyed Peas para lavar el coche y así sucesivamente, tener un cómplice musical parece IN y con onda.
Y puede serlo, pero exclusivamente en el estrato de una realidad convencional donde difícilmente se le pone pausa a ésta o al iPod, como para escucharse a uno mismo sin distracción voluntaria, autoimpuesta o inconsciente.
viernes, 12 de marzo de 2010
Instrucciones para desear no desear

The desire to take medicine is perhaps the greatest feature
which distinguishes man from animals.
-Sir William Osler
Por la vida confluyen viaductos que cargan ansiedades y adrenalinas de diverso tamaño, mismas que acidulan el tránsito y lo vuelven espejo de las propias debilidades.
Es imposible saciar con holgura cuanto deseo abrupto cae en la alcancía de la conciencia: habría que desear no desear. Y en sí, continúa sigue siendo un deseo.
El problema con el aparentemente sano, humano y spicy deseo es que invita a ingresar a un ciclo inacabado de insatisfacción, mismo que cataliza la replicación del modelo y con ello hacerte orgulloso acreedor a innecesarias turbulencias de conocida factura.
Ya el deseo puede observarse como un motor legítimamente humano y hasta sabroso. La auscultación de la consecuencia será providencial pero la apertura de perspectiva y poder ponderar si a eso piensas dedicar tu tránsito vital, debería ser definitorio.
Naturalmente no se espera que al término de esta lectura te quedes con la idea de ser un zombie y no experimentar emoción alguna. Si bien es naturaleza humana sentir, no lo es aferrarse a ello y contaminar lo que puede ser un modelo sano de conducción. Por eso es viable exprimir el sentimiento sin adueñarse del deseo (aunque en realidad esto último sucede a la inversa).
El deseo es una ilusión subjetiva donde se proyectan carencias y debilidades que al aferrarse sólo se pausan, con la certidumbre de que emergerán en un episodio reloaded.
El deseo nada tiene que ver con la pasionalidad que imprimas al viernes por la noche, es la crudísima versión de ni siquiera saber quién era quien deseaba y recibir la avalancha de mielda soble ti, blothel.
Ahora puedes -cuando tengas tu pastel de cumpleaños enfrente, extinguir un deseo con la misma metáfora visual que subyace al soplar.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Instrucciones para secuestrar lo secuestrable

Mucha gente muere antes que activar el pensamiento. De hecho, así pasa.
-Bertrand Russell
Cuando la ficción se vuelve rehén de la realidad, es momento para pensar, que si se toma demasiado en serio, probable es, que uno figure como esquizofrénico, por decir lo menos.
Crisis Económica (resfriado -nada más- decían…), AH1N1 (Elba Esther: puedes detener aquí tu lectura), aumento de impuestos, sequía e inundaciones (por absurdo que se lea), Juanito, crisis petrolera, creciente desigualdad social, _________________ (anexa tus versiones de modo resumido, pero contundente). Dicen que somos como cucarachas: nos adaptamos a lo que sea.
Por kafkiano que sea el miedo ambiente (sic), la sorpresa ni amedrenta, ni educa. La realidad figura como espejo de relaciones humanas y su violento e inexplicable comportamiento gira en torno del contexto y de sí misma. Es copia fiel de su indolencia hacia el cuidado del agua, del maltrato a los animales y de una mala actitud progresiva, hacia prácticamente cualquier cosa, por citar ejemplos espontáneos.
Más que sorprender o apanicar, el sospechosismo fue el denominador como reacción de una aeronave secuestrada el miércoles, en el DF.
Esta acción -la del secuestro en sí- representa ventaja y dolo sobre del objeto atacado. Se trata de una de las incongruencias humanas más estúpidas para conseguir en fasttrack el rescate: sea dinero, especie, o simplemente atención.
Es en un secuestro donde se toma lo no dado con violencia y amenaza, la más fácil ruta a conseguir lo que de otro modo llevaría esfuerzo de por medio.
Pero, ¿cuántas veces has secuestrado una decisión, una palabra o una emoción? Parece absurdo, pero en el fondo, el acto es el mismo. La violencia que llega al extremo de parecer circense ficción o cortina de humo tapa-impuestos, es causa y efecto de la hilera de mentiras, malhumores y complots cotidianos que democrática y libremente optamos por ejercer.
¿Por qué cuesta ese trabajo suponer que una acción no es algo, y que ese “algo” engendrará una multiplicidad de “algos”? ¿Qué puede hacerle pensar a alguien que no es resultado de sus acciones y que éstas serán generadoras de un resultado próximo acorde con la naturaleza de su acción? ¿Qué tan alienado estará quien perpetua un comportamiento arisco, necio y medieval con su entorno, y se pregunta por qué le ocurren majaderías por situaciones?
Si los actos son algo, producirán algo. Se trata de ejercer el derecho de la remembranza de la repercusión. En tiempo real. ¡En 3.0!
Pero es tan instintivo y sanador culpar en automático a otro, que se convierte en eso: instintivo y habitual. Compulsivo (compuesto).
Un nuevo impuesto (impulsivo), un nuevo secuestrador, una nueva amenaza, son directa o indirectamente resultados de lo que se ha hecho u omitido en conjunto (y no basta con señalar al horizonte: “¡ellos!”).
El miedo, la costumbre y la indolencia hacen que la burla y el engaño de los gobernantes sea proporcional al que uno tolera hacia sí mismo y su conformismo estático.
Desperdiciar el tiempo –por ende- es secuestrarlo. Desconocer para qué se trabaja, para qué se levanta uno por la mañana, para qué lee estas letras, es secuestrar el principio más trascendente que uno pueda portar.
Pero uno tolera y accede a juegos de víctima/victimario y con ello encarga al azar la evolución propia, con lo que se reiteran frenéticamente los patrones que lo vinculan con la cara más oscura de sí: la impavidez de la ingenuidad.
Es tanto como si uno mismo se golpeara, se amenazara, se tehuacanizara, se humillara, se amordazara, se extorsionara, se escupiera, se rogara, se retorciera, se ignorara, se pateara el trasero, se acorralara y por fin, se abandonara.
Pero mientras haya viernes por la tarde; partidos de la Selección; reven con quien sea; moda a perseguir en música, ropa y neurona; series de televisión; cafecito con los cuates; aviones tomados por emisarios de un temblor y hasta injustos impuestos, dará exacta y precisamente lo mismo cuestionar este instante, siempre y cuando se sobreviva a tal secuestro.
La pregunta: ¿y para qué?



