viernes, 15 de julio de 2011
Instrucciones para convertirte en piso
viernes, 28 de mayo de 2010
Instrucciones para abrir una puerta

Las puertas son las que eligen. No el hombre.
-Borges
Cualquier hueco tiene puntos débiles.
Uno de ellos es la posibilidad de ser llenado y perder la condición de boquete que lo define como objeto. En ese estrato, rechinar sería tanto como gritar y de seguro exasperaría a todos los que no son padres primerizos, pero así es la naturaleza de la expresión rampante.
Abrir y cerrar como función de vida evoca más que un proceso altamente reiterativo, uno corresponsable con la realidad donde el ritmo del péndulo puede atesorar la imagen de lo que trato de explicar. Una que no para por estática que se muestre y que en su flujo guarda aperturas y condena cierres. Una que simplemente no se detiene, aunque así se conciba e interprete (e interpele).
No hay ritmo preciso para abrirla. Usualmente la confusión viene en qué diablos significa PULL y PUSH. Una dislexia poco oportuna que también abriga el momento de la vuelta a la derecha o la izquierda y obliga a poner en un checklist mental: “buscar unos Bubble Gummers”. Abrir y cerrar una puerta no es tan fácil como brutamente parece.
Para el caso de la puerta, abrir necesariamente conducirá a cerrar, por necios e intransigentes que ladremos. Nada más amable para con la ventisca de la puerta que ser ligeros con su efecto y comprenderlo así.
La glorieta del picaporte traduce la intención de este espejo distorsionado (aparentemente: ¿quién dice que no es así?) y gracias al mismo se cruza un umbral. Uno donde en principio parecieras trasladarte a otro sitio, siendo que ni ese otro sitio, ni éste son tal. ¿O de verdad son dos espacios sólo por capricho y designio de quien puso una puerta ahí en medio? De ahí que abrir una puerta pueda conducir a entender que la realidad va más allá de designar conceptualmente.
Las nociones que tenemos en torno hasta del abrir una puerta son pesadas y monolíticas, incuestionables hasta el pensamiento del absurdo. Pero si se olvida la interpretación ordinaria de uno mismo y del picaporte, seguramente habremos de experimentar una puerta dentro de esa puerta que hay enfrente y entonces sí, habremos de acceder.
En realidad tenemos muy pocas necesidades como especie. ¿Por qué volver tan complejo esto? De eso trataría tomar un picaporte (o leer una columna con instrucciones para leer esta columna), precisamente con todo el porte del mundo. De transformar una herramienta cotidiana en una trascendente. De saber que blandir la perilla y accionar una tabla puede o no llevarte a otro lugar, y eso depende enteramente de tu percepción, en donde está la verdadera y una de las más rígidas puertas.
Finalmente, una puerta parece delimitar y otorgar acceso. Su función es cercenar el espacio en un afán de privacidad y brindar entrada perentoria a aquellos que cuenten con una llave.
En realidad abrir esta puerta y este cruce, (o más bien: la ausencia de éstos) operan como un ejercicio para debilitar la realidad conceptual y traer apertura mental a este momento. O bien pueden seguir siendo abrir una ramplona puerta y hacer completo y omiso caso de esto y simplemente cruzar.
lunes, 3 de mayo de 2010
Instrucciones para hacer una fila

Por Eduardo Navarrete
No entiendo el pudor con el que la gente se asusta cuando alguien le llama "cola" si en realidad lo es: se mueve, flagela lenta y desesperadamente, crece, se reproduce y eventualmente muere, siendo una retaguardia que a nadie le place habitar.
Del principio "Primero en tiempo, primero en derecho" y la coordinada suma de la ineficiencia para atender una puerta, junto a la emocionante capacidad para dejarlo todo para el final, se genera -a mano de Hemorroide Films- la turbulencia organizada para tomar un turno espontáneo y formarse uno detrás de otro sin necesidad de tomar distancia.
En el banco, en el cine, en Hacienda, para el baño, en la calle... Las filas son condición y marca de un buen mexicano que acepta la condición de muchedumbre e impacientemente soportarlo porque ni hay de otra ni desaparecerán los que están adelante (maldita sea...).
Observa la cara de los que se forman. El tic de mover a ritmo de speed metal la piernita, abre paso para ver el reloj cada 30 segundos. Instantáneamente vendrá algún gesto de circunstancia y con él, la respuesta innata para sentirse activo: ponerse de puntas y balancearse para observar (infructuosamente) por qué no avanza la fila (y constatar que esto se debe a que hay mucha gente delante de ti). El último recurso siempre será sacar el celular y jugar a aprovechar el tiempo mientras se pierde jugando a alinear burbujar coloridas.
A nadie le gusta hacer fila. Por lo mismo, y como lo dicta nuestra verdadera Constitución (el código genético), habremos de ingeniarnos algún atajo o hábil y conspicua maniobra para, o no hacer cola, o saltarnos algunos lugares. Lo divertido del caso es que a todos los que están formados les gustaría hacer esto: democráticamente lo merecen. Pero cuando todo mundo está formadito, en paz y dócil y sale el pasado de listo, no hay uno sólo que no se maldiga por seguir respetando la estúpida cola.
Cuando no existe la tecnología de la fila y primitivamente se arrejunta el personal sobre la cadena para masoquistamente rogarle a Bobby que se apiade de ti para que te deje entrar a pagar 200 pesos de cover (¿qué significa cover? ¿Por qué pagar por algo así?) y encontrar todo a sobreprecio y sobrecupo, no hay escena más lamentable que la de -entre el bullicio de peroratas (y perroratas)- emerga con camisa hilarantemente pegadita, el engomado con la operada, le abran paso, dé un abrazo al "Donkey Kong" y siga su paso. Eso amerita una revuelta popular por decirlo tranquilo.
Para salir de un avión, en la taquilla, y hasta para pegarle a una piñata te formas. Me pregunto si la mente hace también cola para tomar un cuerpo en el proceso del renacimiento, y si también se meten en la cola, dan una propinita, hay coyotes o se encuentra un plan B para evitar formarse.
La arquitectura de la fila es importante: los que están en el primer tercio distal saben que su espera será premiada cuando salgan y vean que aún hay cola e incluso se hizo más grande. Eso da una secreta especie de satisfacción y ahorro de tiempo, mismo que será sabiamente invertido en ver la tele.
Si te toca estar en la parte media de la cola, sabes que no puedes irte porque en una de esas, los pelados de adelante avanzan rápido y cada minuto ahí depositado hubiera sido desperdiciado. Además, siempre que haya alguien detrás de ti, vale la pena conservar el lugar.
Simpáticamente, si ocupas la parte más lejana de la entrada es porque sabes que llegaste tarde y te lo mereces, o con realismo abortas el plan y regresas otro día. Eso sí, cuando eres la última persona de la fila -exactamente la antítesis de la conveniencia- asaltan tu mente varias ideas progresivas (y no progresistas) en torno a la factibilidad de que algún día llegues, si eres el brutazo que aceptará presumirle al mundo el último lugar, y por cuánto tiempo, si estás haciendo la fila indicada...hasta que llega otro que se forma detrás tuyo, y con tu nuevo alivio y el viejo rabillo del ojo ves que inicia con su tormenta de dudas y lápida culpígena.
Un entrañable fenómeno es el de encargar el lugar. ¿Por qué habremos de cuidar el espacio dejado a algún vivales que haga fila de modo virtual a costa de uno? Lo más probable es que si se llega a este estado de amargue es porque en definitiva se ha perdido todo temple y lo mejor será salir de la fila y regresar por donde veniste.
Hasta estas letras que lees están formadas para ser leídas por ti. Por ningún motivo dejes qeu anu se quiear paasr de litsa y se adealtne la fila.
No vaya a sucdeer lo qeu pasa a diairo en nuetsra cuidad...
jueves, 18 de febrero de 2010
Instrucciones para caminar por la calle (2)

No problem is so formidable that you can't walk away from it.
-Charles M. Schulz
No puede medir más de un metro y medio. Pensaría que cada centímetro avanzado es un kilómetro y nada impide que así lo sea. La silueta negra que se dibuja imantada a los zapatos burla el juego de rol y se dedica a la sombría respuesta en silencio ante el dilema de saber qué es la calle: ¿el suelo o el cuerpo?
En medio de semejante ocio comparable sólo con la lectura de estas letras, un soliloquio como el anterior es común en una caminata callejera. Sólo que hay otros. Caminan. Pedalean. Tienen auto. Y confluyen en lo que llamamos “afuera”.
A esa altura del camino, lo mejor que le puedo encontrar a un automóvil es que no salga de su cochera. ¿Cuántas veces fantaseas con el elixir trasnochador de encontrar las calles solitarias, libres de usuarios y construidas exclusivamente para tu paso imperial digno de ser visto por absolutamente nadie?
Por lo visto, los automóviles y sus larvas parecen no haber leído esta columna y deciden salir hasta de las coladeras. A borbotones. Se restriegan sobre el asfalto y se proyectan uno a otro. El vómito es implacable y la esteatorrea vial hace que hasta el pedestre más agudo, pierda varias importantes fibras de realidad que obran sobre claxonazo y mentada.
Entre cebras y gusanos blancos y amarillos se encargan de remozar el ágora donde cualquier derecho del peatón es doblado, hecho moño y regresado de donde vino. La urbe no es un lugar para caminar. Y aún así, se encuentra espacio donde no lo hay.
En pocos minutos el horizonte se transforma en un discurso de metabolismo de hojalata con serios problemas digestivos. Líneas colindantes por cualquier resquicio: desde el camión que rebasa con nanomilímetros de distancia a la señora gigahistérica, hasta el guiño vertical del oficinista que –una vez más- llegará tarde (pero eso sí, ¡qué a gusto le supieron sus diez minutitos extra!).
La inspiración del apocalipsis inducido a diario puede ser estudiado desde la acera, cuando no haya ciclistas, baches o recursos de este mismo caos que atenten contra el mismo proceso de la observación. Caminar será entonces una excusa para celebrar que no estás preso en el receptáculo de lámina, con la tensión muscular a tope y la velocidad en cero.
El golpeteo del zapato es importante. Necesariamente tiene que ser rítmico ya que adereza el andar y habla del vicio de poner atención en todo. Supongo que ahí se esconde otra aplicación del dicho “zapatero a tus zapatos”. Pero no todos encuentran en el pendular de las piernas el sabroso ejercicio de reconocer la postura erguida y permitir que el fragmento de realidad entre por toda ventana abierta. Precisamente por esto, y en virtud de contar con vitrales, la oportunidad es gritona. Grosera. Y cae bien, como señora gorda de mercado.
El ejército de estímulos sensoriales tiene que ser domesticado como a la fiera misma del discurso interno. Tal vez por eso sea tan placentera la caminata a solas, entendida como un gimnasio para aguantarse a sí mismo.
Y en ese viaje que coquetea inconscientemente con un solipsismo acaramelado navega el ingrediente común de cada uno de los lugares percibidos durante la caminata: el tufo individualista del monstruo vehicular que se despedaza y desmembra por el gusto de estar desesperado y me vale madres lo que piense el de adelante (o el de junto, o el de atrás, o el otro de junto, o el de abajo, o el de arriba); el autista que prefiere escuchar a Morrisey mientras corre para hacer de cuenta que todos los días son domingo; la anciana que tiene por profesión ver por la ventana sin siquiera saber qué es lo que ve; el policía que cree que por mover los bracitos con mayor aspaviento el tránsito correrá con mayor fluidez; el orgulloso dueño de dos perros de impronunciable raza que defecan cada tres ladridos (los tres) y dejan sus residuos como testimonio de su existencia.
Caminar es un viaje interno, sobre todo. Es sentir el mundo sobre los zapatos y el espacio sobre el pecho. Es saber mojarse cuando llueve y secarse con un trapito de espontaneidad y parsimonia.
Caminar por la calle es descubrir que nunca te habías permitido hacerlo como lo puedes hacer y reconciliarte con el oficio de sudar un poco.
