viernes, 15 de julio de 2011
Instrucciones para convertirte en piso
sábado, 4 de junio de 2011
Instrucciones para leer unas instrucciones
Hay quien tiene la gallardía, pero sobre todo el tiempo para permanecer estoicamemte hincado y tener en el suelo, frente a sí, la siguiente escena (forense): una caja abierta, con importantes y tribales rasguños, despojada con primitiva ansiedad del moño y cuantas capas geológicas de papel se hayan interpuesto entre tu humanidad y la diversión.
viernes, 22 de octubre de 2010
Instrucciones para recostarse en un diván
viernes, 24 de septiembre de 2010
Instrucciones para ponerle MUTE al mundo
sábado, 31 de julio de 2010
Instrucciones para ser mojado por la lluvia
lunes, 3 de mayo de 2010
Instrucciones para hacer una fila

Por Eduardo Navarrete
No entiendo el pudor con el que la gente se asusta cuando alguien le llama "cola" si en realidad lo es: se mueve, flagela lenta y desesperadamente, crece, se reproduce y eventualmente muere, siendo una retaguardia que a nadie le place habitar.
Del principio "Primero en tiempo, primero en derecho" y la coordinada suma de la ineficiencia para atender una puerta, junto a la emocionante capacidad para dejarlo todo para el final, se genera -a mano de Hemorroide Films- la turbulencia organizada para tomar un turno espontáneo y formarse uno detrás de otro sin necesidad de tomar distancia.
En el banco, en el cine, en Hacienda, para el baño, en la calle... Las filas son condición y marca de un buen mexicano que acepta la condición de muchedumbre e impacientemente soportarlo porque ni hay de otra ni desaparecerán los que están adelante (maldita sea...).
Observa la cara de los que se forman. El tic de mover a ritmo de speed metal la piernita, abre paso para ver el reloj cada 30 segundos. Instantáneamente vendrá algún gesto de circunstancia y con él, la respuesta innata para sentirse activo: ponerse de puntas y balancearse para observar (infructuosamente) por qué no avanza la fila (y constatar que esto se debe a que hay mucha gente delante de ti). El último recurso siempre será sacar el celular y jugar a aprovechar el tiempo mientras se pierde jugando a alinear burbujar coloridas.
A nadie le gusta hacer fila. Por lo mismo, y como lo dicta nuestra verdadera Constitución (el código genético), habremos de ingeniarnos algún atajo o hábil y conspicua maniobra para, o no hacer cola, o saltarnos algunos lugares. Lo divertido del caso es que a todos los que están formados les gustaría hacer esto: democráticamente lo merecen. Pero cuando todo mundo está formadito, en paz y dócil y sale el pasado de listo, no hay uno sólo que no se maldiga por seguir respetando la estúpida cola.
Cuando no existe la tecnología de la fila y primitivamente se arrejunta el personal sobre la cadena para masoquistamente rogarle a Bobby que se apiade de ti para que te deje entrar a pagar 200 pesos de cover (¿qué significa cover? ¿Por qué pagar por algo así?) y encontrar todo a sobreprecio y sobrecupo, no hay escena más lamentable que la de -entre el bullicio de peroratas (y perroratas)- emerga con camisa hilarantemente pegadita, el engomado con la operada, le abran paso, dé un abrazo al "Donkey Kong" y siga su paso. Eso amerita una revuelta popular por decirlo tranquilo.
Para salir de un avión, en la taquilla, y hasta para pegarle a una piñata te formas. Me pregunto si la mente hace también cola para tomar un cuerpo en el proceso del renacimiento, y si también se meten en la cola, dan una propinita, hay coyotes o se encuentra un plan B para evitar formarse.
La arquitectura de la fila es importante: los que están en el primer tercio distal saben que su espera será premiada cuando salgan y vean que aún hay cola e incluso se hizo más grande. Eso da una secreta especie de satisfacción y ahorro de tiempo, mismo que será sabiamente invertido en ver la tele.
Si te toca estar en la parte media de la cola, sabes que no puedes irte porque en una de esas, los pelados de adelante avanzan rápido y cada minuto ahí depositado hubiera sido desperdiciado. Además, siempre que haya alguien detrás de ti, vale la pena conservar el lugar.
Simpáticamente, si ocupas la parte más lejana de la entrada es porque sabes que llegaste tarde y te lo mereces, o con realismo abortas el plan y regresas otro día. Eso sí, cuando eres la última persona de la fila -exactamente la antítesis de la conveniencia- asaltan tu mente varias ideas progresivas (y no progresistas) en torno a la factibilidad de que algún día llegues, si eres el brutazo que aceptará presumirle al mundo el último lugar, y por cuánto tiempo, si estás haciendo la fila indicada...hasta que llega otro que se forma detrás tuyo, y con tu nuevo alivio y el viejo rabillo del ojo ves que inicia con su tormenta de dudas y lápida culpígena.
Un entrañable fenómeno es el de encargar el lugar. ¿Por qué habremos de cuidar el espacio dejado a algún vivales que haga fila de modo virtual a costa de uno? Lo más probable es que si se llega a este estado de amargue es porque en definitiva se ha perdido todo temple y lo mejor será salir de la fila y regresar por donde veniste.
Hasta estas letras que lees están formadas para ser leídas por ti. Por ningún motivo dejes qeu anu se quiear paasr de litsa y se adealtne la fila.
No vaya a sucdeer lo qeu pasa a diairo en nuetsra cuidad...
viernes, 16 de abril de 2010
Instrucciones para saber que no es sábado

Life is a wretched gray Saturday, but it has to be lived through.
- Anthony Burgess
Los sábados solían ser mis amigos.
Nos reuníamos una vez a la semana, y lo que me gustaba era la inquebrantable puntualidad de nuestras citas. Por ocupados, ansiosos o flojos que pudiéramos estar, siempre, siempre acudíamos a nuestra reunión en donde, por cierto, bebíamos y fumábamos cobijados en nuestra charla hasta que la mañana y su cinismo lo arruinaban todo.
Los sábados eran buena onda, como el cuate relajado que parece no importarle el mundo o andar desnudo por el bosque. No como los pesados lunes que ni ellos se aguantan, y no se diga de los martes, esos inadaptados sin personalidad que ni miedo dan.
Pero con los sábados había cariño y había onda. Llegamos a conocernos tan bien que hubo días en los que confieso que no salíamos de la casa, y empijamados, veíamos el día pasar sin la nostalgia del domingo.
Pero hubo un día que todo lo cambió. Fue un jueves, y no por eso les guardo rencor o antipatía. Simplemente nos respetamos y ya. Un mal jueves fue el que en secreto me confió que los nombres, los días y cualquier elemento que pueda ser registrado por alguna ventana sensorial, representa sólo una designación conceptual.
El día empalideció. Como en el más grande y grave de los terremotos de moda, cualquier cosa que veía se caía a pedazos, en lajas verticales que se hacían polvo (precisamente).
Jueves lo había llevado a cabo. Puso la aguja en el globo y cachondeó con su fuerza e insistencia hasta que finalmente lo hizo. Dobló la aguja y con ella, mi percepción de lo que sea que haya allá afuera."¿O sigues pensando que lo que tus caducos cinco sentidos alcanzan a registrar, es todo cuanto hay?" remató jueves citando a su maestro miércoles.
Ahí quedaron los nombres y los divertidos adjetivos que imponía. Como designaciones conceptuales proyectadas por nosotros y nuestros condicionamientos.
Por eso un domingo puede verse como lunes.
Porque será cualquier cosa que decidas proyectarle.
Y aún así seguirá carente de aquello que le imputes. Eso fue lo que le aprendí a un jueves en un sábado, de un miércoles.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Instrucciones para esperar en un consultorio

La experiencia histérica dicta que son dos situaciones plenamente diferentes. Esa, de angustiosamente estar descubriendo lo que es la recolección del cuerpo en mal estado (irónicamente le llamamos “paciente”), y por otro lado, la de volver la onicofagia como la mejor compañera, cuando se está en el papel de acompañante.
En cualquiera de los casos, el cronógrafo indicará que la espera será un balde tremendo. La verdad es una muy diferente, y depende precisamente qué tan pacientes son los impaciantes, y cómo se trascienden la relatividad de los minutos (no es lo mismo una hora para una víctima de un ataque al corazón, que para su familia en la sala de espera, que para el cirujano, que para el visitador de laboratorios con muestras en su portafolios).
La verdad es que eso de la espera, difícilmente se nos da. ¿A quién le gusta esperar… lo que sea? ¿Para lo que sea? La impaciencia puede ser vista como una característica de la reiteración de hábitos compulsivos tendientes a generar tensión, expectativa y sobre todo, poco recato.
Cuando haces fila en el centro comercial (naturalmente en domingo al mediodía) o te quedas repentinamente con la sensación de ser abandonado por la obligación de estar ahí sin hacer algo, la mente se encarga de convertir el momento tantas veces más llevadero o desastroso, según lo aguante tu sistema nervioso.
¿Para qué nos hacemos? Un consultorio médico difícilmente va a tener buena vibra. El ir y venir de personas con emociones aflictivas deja una estela que se apetece pesada y de anquilosada confección.
Las salas de espera, por lo mismo, usualmente tienen dejos de nerviosismo y decepción, tanto por enfermos, como por acompañantes e incluso hasta por médicos: es la expo angustia del año en curso.
Lo ideal entonces, puede ser notar el tono muscular y advertir si hay jugueteo o brincoteo de alguna de las extremidades. De ser así, es claro que la tensión se hace presente y podría ser canalizada –al menos comprendida-..
Aquí aprovechas el hecho de hacerte presente (conciencia, dicho de otro modo) y no se rendirá culto al simple consentimiento de experimentar tensión. El ejercicio de hacer que la mente se voltee a ver a sí misma para calibrar su tono y descubrir con ello todo tipo de juguetes en esa caja de Pandora, puede hacer de una espera una genuina experiencia de visualización interna.
Partirías, pues de hacer del objeto de atención tu respiración y viajar con ésta a las diferentes latitudes donde la alarma de la tensión esté activada. Entonces, opuedes observar cómo la respiración será el mejor transbordador para llevar del cuerpo al exterior dicha tensión –aparentemente inexistente-.
La voluntad de observar con absoluta presencia mental los eventos físicos, generarán -no sólo que circulen las manecillas- , sino que cultives el hábito de vivir en tiempo presente, algo que si te detienes a considerar, pocas veces sucede.
La generación de la paciencia debe partir de la invocación de la conciencia, uno de los valores más preciados y determinantes para el ser. Después de todo, basta ver una sola acción que se haya hecho de modo inconsciente, los resultados obtenidos… y el profundo arrepentimiento o sensación animadversa que puede acarrear con ella.




