viernes, 23 de octubre de 2009

Instruccionespara ser sujeto de impuestos

Los impuestos que uno paga en toda su vida, los gasta el gobierno en menos de un segundo

-Jim Fiebig

El último y más bajo recurso que tiene la administración pública para dirigir el cauce del pueblo es cómodamente succionar recursos que son del pueblo.

Probablemente y si visiblemente se notara en México que -a propósito de los impuestos- el bien de uno es el bien de todos, no sólo con una búsqueda creativa del balance en la distribución del ingreso, sino en servicios impecables, funcionamiento eficiente del país y respuesta inmediata a las peticiones y preocupaciones ciudadanas, los impuestos serían una estampa de una sociedad comprometida consigo misma bajo el valor del altruismo y responsabilidad social.

Pero por algo son impuestos y no opcionales. Porque en un horizonte revolcado en cinismo y carente de altura en trato y generación de opciones convenientes para todas las partes, lo más fácil es soportar unos días de cuestionamiento y deshacerse de la responsabilidad del problema con partidos del tri, secuestros de aviones, o simplemente dejando que los días lleven a cabo la labor de adecuación a lo que sea.

Imagino al político mexicano en el salón VIP de algún restaurante de moda, mismo que pudo abrir sus puertas gracias a los legislativos favores del dignatario. Cuatro amigables guaruras esperan (en la zona de juegos para guaruras) comiendo en el mismo restaurante o en la camioneta blindada -total, el Congreso paga-. Los cuatro celulares, radios y satelitales suenan orquestalmente y cada 27 segundos para subrayar el grado de importancia del político en cuestión. Los hijos de este político promedio, instalados en la burbuja de oropel, acuden a caras escuelas para aprender a reiterar el modelo y retener el cinismo sin perder votos, ya desde el kínder. Sus fiestas son bacanales de suspiro para antropólogos sociales. Su ropa sólo la lucen maniquíes en catálogos, ni siquiera aparadores. Sus viajes, viejas y verjas no pueden ni deben guardar contención en la mira hacia el derroche del lujo neobarroco. Y así, esta lista puede continuar haciendo patente lo ya consabido y aguantado.

¿Y cómo hacer que alguien así, embebido por la gracia de su suerte y destreza, pueda generar tacto social, responsabilidad balanceada e inteligencia ejecucional?

No es raro que la ley del mínimo esfuerzo (ésta sí que pasa fast track en el Congreso) aflore (y desflore) como creativa salida frente a un problema que deberían resolver nuestros administradores. Tampoco es raro que vivamos en un entorno donde los ciudadanos se quejen y mienten lo mentable en contra de los gobernantes, pero desde las gradas y sin mucho involucramiento, total, mañana será otro día...

Bajo este desdén, resulta natural estar rodeado de caos vial, desorden policial, corrupción desmedida, ambiente inseguro y una neurosis que se normaliza con el paso del tiempo en la afluencia de estímulos sensoriales y el incremento de ansiedad personal y social.

Basta hojear un diario o una calle al azar para advertir la falta de corresponsabilidad, que es el gran delito de la sociedad contemporánea. Discutir impuestos es como hacerlo al respecto del aborto, se arguyen los efectos, no así las causas. Por ende, estéril.

El gobierno por sí mismo carece de fundamento. La razón de ser es la ciudadanía a quien gobierna. El conflicto estriba en el confuso enroque conceptual que se da, de la permuta individual, al agente colectivo, que es donde se diluye la encomienda y -al igualmente ser individuos- los políticos pierden el sentido más elemental de otredad.

No por ello es permisible el abuso, la inacción y la ineptitud. De uno y otro lado.

Por eso el sentido de responsabilidad basado en el bien común abre la puerta al sentido común, a la convivencia sana y a la calidad de vida.

¿Suena lo suficientemente lejano como para posponer lo que sea que esté al alcance implementar?

viernes, 9 de octubre de 2009

Instrucciones para voltear a ver las nubes




As long as anyone believes that his ideal and purpose is outside him, that it is above the clouds, in the past or in the future, he will go outside himself and seek fulfillment where it cannot be found. He will look for solutions and answers at every point except where they can be found--in himself.

-Erich Frohm


¿Qué ejemplo más nutrido de la imperturbabilidad que las nubes?

Sea que estés atrapado en el tránsito o en un brote de rabia en contra de la nimiedad de tu elección, hay algo por encima de todos que en contadas ocasiones merece la atención detenida y asociativa.

Resulta simplemente increíble que un conjunto de microcristales de agua cristalizada se suspendan en el cielo formando caprichosas y entretenidas figuras. Estas partículas de agua (producto de la evaporación) son arrastradas por masas de aire cálido y húmedo que impactan con otras masas de aire frío y seco. Al no mezclarse y desplazarse a zonas de presión atmosférica baja, desciende también su temperatura, con lo que las partículas de agua se condensan, dando lugar a las nubes.

Uno deja de ser niño cuando deja de encontrarle formas ingeniosas a las nubes. Pero pierde todo el espíritu cuando incluso se le olvida que hay tales.

Pasando por alto que la curiosidad primaria tendría que llevar a uno a responder con precisión la causa de la generación de las nubes, lo insoslayable es no maravillarse por el genuino espectáculo diario.

El show dura todo el día, diario hay funciones diferentes. Es gratis. No requiere mayor esfuerzo que una mente dispuesta a ser asombrada. Y aún así, cualquier excusa es motivo para ignorar la diatriba vertical con el horizonte.

Si se olvida algo tan elemental -pero revelador- como voltear hacia arriba es por el hecho de dar por sentado que ahí estuvo y estará: el síndrome de adecuación que aniquila la capacidad de asombro.

Un asombro que está puesto en las telenovelas, la Selección, el tipo de cambio o los dramas prefabricados. Pero no hay asombro como el más simple acto de convivir y aprender de y con uno mismo. ¿y qué diablos hay que aprender de las nubes? Lo mismo que de un espejo, dado que el campo visual no es otra cosa que una proyección articulada de la mente y su estado. De este modo, ver las nubes será ver tu mente. Si para este punto el ejercicio sigue pareciéndote soso o cursi, mi recomendación es correr a comprar el TV Notas y ofrecer disculpas por los valiosos segundos robados.

Pero si algún interés hay en ser provocado del modo más genuino y beligerante en aras de saberte lúcido y consciente, entonces no olvides echar un detenido y lúdico vistazo diario al cielo. No vaya a ser que a nuestro inspirado gobierno, y en vista de la sorpresiva falta de recursos económicos, se le ocurra empezar a cobrar el uso de cielo.

En cualquiera de los casos uno debería ser arrestado por olvidar voltear hacia arriba, y ser condenado a seguir viendo hacia abajo... O simplemente ni ver.

viernes, 2 de octubre de 2009

Instrucciones para expiar pesadillas


Mereces lo que sueñas

-Cerati


Ayer amaneció mucho más tarde que antier. Las horas se rebelaron en contra del ejercicio ambulatorio. Las ojeras fungían como piernas al tener tal peso y condición autónoma, para evitar hablar del color. Las sábanas: perfecta combinación de telaraña helicoidal sin más principio que el precipicio ni final más abyecto que el de esta oración. Vueltas sobre el eje. Madrugada aún. Da exactamente lo mismo saber la hora, pues se trata de la hora de no preguntar. No preguntar razones, emociones, imágenes ni conclusiones. Se trató de la mente que avasalla la noche, por más que se quiera ver a la inversa.

Soñar no cuesta nada, dicen. Probablemente si uno fuera un contador especializado en desgaste biológico no estaría precisamente de acuerdo con esta sentencia. El sueño es algo tan desconocido, ignorado y natural, que se hace porque se tiene que hacer. Hay –naturalmente- los que no pueden abandonar la cama después de 10 políglotas horas de sueño. Hay los que con el primer rayo tienen para convencerse que el día ha empezado. Pero durante el sueño pasan tantas cosas que parecen no haber sucedido.

Se trata de la tercera parte de una vida, misma que ha quedado en una especie de abandono académico con la exclusiva función de abrigar con descanso al cuerpo para que -mecánicamente- el día posterior sea cínicamente igual.

Pero hay técnicas minuciosamente controladas, que permiten no sólo aprovechar este tercio de tiempo vital, sino explorar dentro del espacio de la conciencia durante el sueño. Básicamente, se trata de ingresar lúcidamente en el periodo de la ensoñación, dar cuenta de ello y controlar dicho sueño a voluntad. Pareciera en sí mismo un sueño, pero hay suficiente evidencia científica para estudiarlo o al menos curiosamente echar un ojo. Stephen LaBerge, uno de los especialistas más prominentes en el tema fundó incluso el Instituto de la Lucidez, en Stanford, con el objeto de profundizar en este tema.

El problema es que si rara vez se tiene control y lucidez del periodo de vigilia, menos aún habrá espacio para hacerlo como una práctica durante el sueño. Sin embargo, es posible que alguna vez hayas experimentado sueños lúcidos, pero que –como muchos sueños- los hayas olvidado, dado que se trata de un ejercicio que requiere de familiaridad y consistencia.

Quienes han estudiado este fenómeno, como LaBerge, Keith Hearne y Celia Green, explican que la maravilla de este ejercicio es que una vez que se conduce a voluntad el sueño, puede sobrevenir un periodo de hiperrealidad, donde se experimentan los estímulos soñados con más solidez que en el periodo de vigilia. Así, el soñador lúcido, cuando despierta, tendrá la sensación de que está soñando.

El perro se muerde la cola. De regreso a las preguntas donde se cuestiona si todo esto es un sueño, si de ser así, ¿quién es el que sueña? Si queremos que despierte. O si hemos nosotros de despertar para dar cuenta que estamos soñando que alguien nos sueña.

En cualquiera de los casos, lo palpable es que el terreno de los sueños es sumamente abierto a experimentar: se pueden llevar a cabo respiraciones profundas antes de dormir y generar un estado alerta que poco a poco se va diluyendo con el de reposo. Si por alguna razón uno cree estar dentro de un sueño y se está dando cuenta de ello, evitar sobresaltarse (ya que puede despertar) y dirigir lentamente dicha ensoñación. Puede uno probar escribir o leer algo, y si cambia dicho contenido al rato de un tiempo, significa que efectivamente se está soñando lúcidamente (¿cuál es la tinta con la cual fue escrita dicha letra en el sueño?). Cuando uno se despierte, los especialistas recomiendan evitar hacer movimiento alguno sin recordar qué fue lo que se soñó. De este modo se ejercita la técnica de la ensoñación lúcida.

Y no está de más la inversa, que radica en cuestionar si el periodo de vigilia es (solamente) eso.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Instrucciones para exacerbar la imagen



As far as the laws of mathematics refer to reality, they are not certain; and as far as they are certain, they do not refer to reality.

-Einstein

Con toda razón las ventanas sensoriales con las que contamos (ojos, oído, tacto…) suelen interpretar imágenes y estímulos, que al ser percibidas como un todo (no contamos con más ni mejores ventanas), suponemos que existen tal cual se presentan, independiente a dichas ventanas. Les creemos todo. Punto.

¿Y qué si hubiera un sexto o séptimo sentido? ¿Y si sólo contáramos con un par de ellos? ¿Cambiaría la realidad, o tan sólo nuestra percepción de ella?

Esto presenta un problema estructural en la conducción del ser porque condiciona su credibilidad a la percepción, cuando se trata de algo completamente accesorio que hemos vuelto imprescindible: la imagen, el reconocimiento, la moda.

Por ejemplo, pensar y conducirse bajo la creencia de que el mundo es a color cuando se ha probado que haces de luz incidente impactan una superficie que los refleja y son registrados por células diferenciadas (conos y bastones) que interpretan eventos electromagnéticos como color, ilustran (no necesariamente colorean) lo engañados que podemos estar. Los perros, por ejemplo, al no contar con estas células, codifican el mundo en tonos de grises.

La historia muestra cómo es fácil vivir bajo el engaño de la percepción y supeditar los esfuerzos y motivaciones vitales a dicha condición ilusoria con un bono: el de fragmentar dicha óptica bajo el estigma del “me gusta” y el “no me gusta” como varita mágica de vida, con los argumentos menos sólidos más estúpidos, pero más celosamente cultivados.

Dedicar un instante a la imagen representa ser eslabón de una de las ataduras más profundas, confusas y complejas que se pueden padecer. Por decir algo, una persona que tiene serios desequilibrios mentales otorga total crédito a sus alucinaciones. Les habla, los insulta, los acaricia, les llora. Y todos a su alrededor se burlan y lo tildan de loco (algo que cuerdamente figura hoy como piropo).

No es que los eventos que registramos no existan. Lo hacen, pero de modo no convencional: dependen del acuerdo, de la imputación mental y conceptual que hacemos. Por ejemplo, las fronteras geográficas. La frontera entre Estados Unidos y México, por problemática, recurrida, bloqueada y burlada, es un acuerdo, una designación conceptual que se hizo en un momento dado, y que no existía desde la pangea, al inicio de los tiempos del planeta, hasta estos momentos. Y sin embargo, el acuerdo existe y con ello dicha frontera.

Pero la superimposición conceptual no conoce límite porque esa es la forma de relacionarte con todo, y suele ser tomada bastante en serio. De este modo estamos rodeados por elementos que no son otra cosa, más que designaciones conceptuales y suelen ser objeto de interpretación como absolutos. Va el reto: puedes voltear a ver lo que te circunda en este momento y darte cuenta que lo que sea que es, no existe como realidad absoluta, sino como realidad conceptualmente designada, porque esa “pared”, ese “color”, o esa “ventana” que mencionas, pasó por el filtro de la proyección e imputación mental.

A esto te lo sueles tomar demasiado en serio, incluso al grado de pensar que es dador de valor y bienestar, o a la inversa. Y con esto, el parque de diversiones llamado problemas en cadena. Y todo por esa imagen que le diste crédito…

Un buen ejemplo de esto es una sala de proyección. Imagina que estás en la primera fila donde un proyector emite luz y lanza a la pared blanca una imagen de un campo florido y tranquilo. La siguiente lámina que proyecta es la de una tormenta eléctrica descomunal. Y la siguiente, la de un desierto abrumadoramente caluroso.

Nadie brinca autómatamente hacia la lámina del campo para querer internarse en ella (a lo mucho viene un recuerdo peregrino o anhelo fugaz). Menos aún salen de la sala en grupo con la tormenta o el desierto. Pero si en cada una de estas láminas, el proyector mismo creyera que su propia proyección existe independientemente a su acto de proyectar, y la imagen proyectada no es reflejo de lo que emite en una pared blanca, entonces habría problemas, y serios. Los mismos que solemos tener.

La mente es un proyector y constantemente imputa y designa conceptos de los cuales creemos que se da la dicotomía “agradable” o “desagradable”, y con ello sobreviene el aferramiento o el rechazo del evento, como si se tratara de una identidad absolutamente verdadera, mientras que se trata -tan sólo- de la pared blanca en la cual se refleja una imagen del proyector (mental). Imagen que es dignificada, honrada y servida sin un instante de discernimiento entre lo que se imputa mentalmente y lo que se pasa sin filtro alguno y parece ser claramente real.

Es el principio de la omisión más grande: acerca de cómo existe todo aquello (hasta ahora) conocido como realidad, e ignorado por rendirle pleitesía a la imagen.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Instrucciones para reinventarse


Si algo hemos aprendido de la historia de la invención y del descubrimiento, es que en perspectiva -y también en el corto plazo-, las profecías más retadoras parecen risiblemente conservadoras.

- Arthur C. Clarke


Uno cree que es inmortal hasta que se corta el dedo con una hoja de papel bond.

La ilusión de la permanencia e invulnerabilidad hace que se cometan y se acepten cualquier voltaje de necedades que operan como profundas y filosas dagas, tratando de encontrar Orquídeas en un lluvioso safari del cual se desconocen tanto mapa como ruta.

A menudo concibo la pregunta esencial: “¿Y como para qué estamos aquí?” con una imagen un tanto ramplona, pero efectiva para el hecho. En el Wii, después de que uno crea un personaje (Mii), lo toman de la greña, y mientras éste sacude todas sus extremidades como para enfatizar su inseguridad, ansiedad y duda, es literalmente botado en una plaza donde merodean otros Miis. “¡Orale, a vivir (lo que sea que signifique eso)!”

Nunca hubo instrucciones, tips, hoja de ruta ni GPS. No había condición, más que la preservación fisiológica hecha instinto y berrido. De este modo, se es educado conforme al criterio del progenitor y de la sociedad, sin importar origen, efectos, viabilidad y repercusiones. Se acumulan todo tipo de experiencias e imágenes, se injertan impresiones mentales como hiperveloces bloques en un Tetris que tampoco conoce reglas.

Y ya que estás con los bloques a dos líneas de alcanzar el límite, subyace la duda: “¿Qué hago aquí?”

Después de recibir insultos, patadas y frijolazos a distancia por parte de conocidos y extraños que se dan cuenta de la duda, todo es posibilidad. Seguir cuestionando, responder honestamente dichas dudas y con ello liberar del todo el Tetris y hasta el Mii.

O frenéticamente acumular puntos y bienes materiales (esforzándose hasta donde dé el aferramiento, para no perder ni uno solo de los bienes); mostrar al prójimo que vas mejor en el juego por medio de coches, chavas/os, vestimenta, moda y lo que pueda más tarde ser hipotecado o reemplazado; indulgentemente pensar que te has liberado y que ahora es el momento hedonista de cultivar cualquier estimulación sensorial para ti: lo que sea que (creas que ) te guste para cualquiera de los cinco sentidos, y hasta para la mente: lo que te mantenga apaciguado y tranquilito; y naturalmente, cualquier tipo de reconocimiento público, aplauso, reflector y dignificación social.

En ocasiones pareciera que somos un puñado de autómatas arropados por la insatisfacción en busca de algo que ni siquiera se tiene claro. Y cuando se tiene claro, no se sabe cómo. Y cuando se sabe cómo, no se sabe con quién. Y cuando se sabe con quién, no se sabe por qué. Y cuando se sabe por qué, no se sabe para qué. Y cuando por fin se sabe para qué, ya se olvidó ese algo que íbamos a llevar a cabo, y… mejor le prendemos a la tele para olvidar tan penoso incidente.

No es necesaria una tragedia para ponderar ángulos, rutas, decisiones y omisiones. Y tampoco se es demasiado tarde. Basta encarar aquello que más trabajo cuesta: uno mismo y la horda de miedos, apegos, inseguridades y tiranías, para acceder a un nuevo estrato.

En el terreno del sentido común, basta dar cuenta del grado de profundidad y sentido que tiene lo que se hace diariamente, con cada evento de la vida diaria, para fundamentar y comprobar o desechar esto.

Reinventarse equivale a detener un auto que supera los 170 km/h en una carretera y preguntarle al conductor hacia dónde va, y que el chofer responda “No sé, pero voy de prisa”.

En una compleja red de problemas sociales, con nuevos y retadores asedios, una válvula genuina –que ha estado ahí todo el tiempo- es reinventarse. Con humor. Con pasión. Con profundidad y encuentro de ese significado del hecho. Con un cruce definitivo de la indolencia a la participación alerta del momento presente y sus consecuencias.

Uno se puede reinventar a diario. Basta remembrar las repercusiones de hacerlo o no. La naturaleza de la realidad es reinventarse a cada instante. ¿No será una pista?

(Lo que una hoja de papel bond puede hacer)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Instrucciones para secuestrar lo secuestrable


Mucha gente muere antes que activar el pensamiento. De hecho, así pasa.

-Bertrand Russell


Cuando la ficción se vuelve rehén de la realidad, es momento para pensar, que si se toma demasiado en serio, probable es, que uno figure como esquizofrénico, por decir lo menos.

Crisis Económica (resfriado -nada más- decían…), AH1N1 (Elba Esther: puedes detener aquí tu lectura), aumento de impuestos, sequía e inundaciones (por absurdo que se lea), Juanito, crisis petrolera, creciente desigualdad social, _________________ (anexa tus versiones de modo resumido, pero contundente). Dicen que somos como cucarachas: nos adaptamos a lo que sea.

Por kafkiano que sea el miedo ambiente (sic), la sorpresa ni amedrenta, ni educa. La realidad figura como espejo de relaciones humanas y su violento e inexplicable comportamiento gira en torno del contexto y de sí misma. Es copia fiel de su indolencia hacia el cuidado del agua, del maltrato a los animales y de una mala actitud progresiva, hacia prácticamente cualquier cosa, por citar ejemplos espontáneos.

Más que sorprender o apanicar, el sospechosismo fue el denominador como reacción de una aeronave secuestrada el miércoles, en el DF.

Esta acción -la del secuestro en sí- representa ventaja y dolo sobre del objeto atacado. Se trata de una de las incongruencias humanas más estúpidas para conseguir en fasttrack el rescate: sea dinero, especie, o simplemente atención.

Es en un secuestro donde se toma lo no dado con violencia y amenaza, la más fácil ruta a conseguir lo que de otro modo llevaría esfuerzo de por medio.

Pero, ¿cuántas veces has secuestrado una decisión, una palabra o una emoción? Parece absurdo, pero en el fondo, el acto es el mismo. La violencia que llega al extremo de parecer circense ficción o cortina de humo tapa-impuestos, es causa y efecto de la hilera de mentiras, malhumores y complots cotidianos que democrática y libremente optamos por ejercer.

¿Por qué cuesta ese trabajo suponer que una acción no es algo, y que ese “algo” engendrará una multiplicidad de “algos”? ¿Qué puede hacerle pensar a alguien que no es resultado de sus acciones y que éstas serán generadoras de un resultado próximo acorde con la naturaleza de su acción? ¿Qué tan alienado estará quien perpetua un comportamiento arisco, necio y medieval con su entorno, y se pregunta por qué le ocurren majaderías por situaciones?

Si los actos son algo, producirán algo. Se trata de ejercer el derecho de la remembranza de la repercusión. En tiempo real. ¡En 3.0!

Pero es tan instintivo y sanador culpar en automático a otro, que se convierte en eso: instintivo y habitual. Compulsivo (compuesto).

Un nuevo impuesto (impulsivo), un nuevo secuestrador, una nueva amenaza, son directa o indirectamente resultados de lo que se ha hecho u omitido en conjunto (y no basta con señalar al horizonte: “¡ellos!”).

El miedo, la costumbre y la indolencia hacen que la burla y el engaño de los gobernantes sea proporcional al que uno tolera hacia sí mismo y su conformismo estático.

Desperdiciar el tiempo –por ende- es secuestrarlo. Desconocer para qué se trabaja, para qué se levanta uno por la mañana, para qué lee estas letras, es secuestrar el principio más trascendente que uno pueda portar.

Pero uno tolera y accede a juegos de víctima/victimario y con ello encarga al azar la evolución propia, con lo que se reiteran frenéticamente los patrones que lo vinculan con la cara más oscura de sí: la impavidez de la ingenuidad.

Es tanto como si uno mismo se golpeara, se amenazara, se tehuacanizara, se humillara, se amordazara, se extorsionara, se escupiera, se rogara, se retorciera, se ignorara, se pateara el trasero, se acorralara y por fin, se abandonara.

Pero mientras haya viernes por la tarde; partidos de la Selección; reven con quien sea; moda a perseguir en música, ropa y neurona; series de televisión; cafecito con los cuates; aviones tomados por emisarios de un temblor y hasta injustos impuestos, dará exacta y precisamente lo mismo cuestionar este instante, siempre y cuando se sobreviva a tal secuestro.

La pregunta: ¿y para qué?

viernes, 4 de septiembre de 2009

Instrucciones para (por lo menos) no seguir sumando caos a esto


The overman... who has organized the chaos of his passions, given style to his character, and become creative. Aware of life's terrors, he affirms life without resentment.

-Friedrich Nietzsche

Paradójicamente, todo caos tiende a un orden. Pero en el trayecto, la furia primordial y la motivación ensimismada se aprecian una a la otra como el único presente (sin efectos) y no hay empacho en robar oxígeno al futuro: ¡al cabo de todas formas me voy a morir!

La paradoja opera con elegante sincronía. Es en la médula de ese instante donde la comprensión cabal de que el pasado dejó de ser y el futuro es lo que no sucede, que ahí, en ese momento pleno y atosigado de presencia, caen como piezas de Tetris dos posibilidades: radicar corresponsabilidad o que te quedes “inclusive” (el lado amable del me vale).

Posibilidades son las que hacen que todo parezca un Risk y no un Maratón. El momento subsecuente y no llevado a cabo se entrona como filoso aparador de posibilidades, tanto para el ratero que asaltará su primer Oxxo, como para el nerd que se orina de miedo antes de dar el discurso de honores a la bandera.

Posibilidad es elección. De sumar o restar caos entendido como un agente catalizador o neutralizador en una hipercompleja red de reacciones en cadena y consecuencias -sólo imaginables cuando lo lamentas- que aparentan no incidir en tus boleados, iridiscentes y caros zapatos.

Mientras haya agua en la tina, ¿para qué prender la tele si los amarillistas noticiarios nos asustan con sus fantasías?

Si el auto es rápido y furioso, lo más cool y shido (sic) será dar tapetazo o mojar peatones cuando llueva, pues segurito lo merecen.

Si el Ártico quedará sin hielo pronto, pues mal por ellos. Habrá que disfrutar –en lo que ello ocurre- mi cubita en las rocas.

Perseguir la moda en todo sentido es el nuevo nutrimento para la aceptación social, y si al comprar la prenda, el disco, el teléfono o una vida, se esconde un aporte porcentual para que niños de un impronunciable poblado tengan dos bocados más de comida, se habrá hecho el shopping con la conciencia lustrada y una sonrisa despejada.

La idiotez, la distopía, la contradicción abierta son referentes y causas que evidencian el terreno que transitamos entre escombros y una prostitución de la conciencia que autogeneramos de modo ciclado.

Y así, el desgaste social emerge como muñeco en caja de sorpresas a cada esquina. El porvenir de la desgracia hace que a la más inocente provocación, se mienten madres gratis como resultado del indefenso estado en el que se opera en esta fábrica de quimeras espontáneas. Pero lo que parece no ser claro es que somos madre, progenitora y promotora de la historia de histeria cotidiana y con ello de cada caja de sorpresas. ¡Y encima nos sorprende!

A quien le parezca que el mundo no es un caos que se dé una vueltecita por nuestro país. Que camine por Iztapalapa guiado por Juanito, que asista a una clase con la maestra Elba Esther, que juegue “liga ligazo” con Bejarano, que entienda el fenómeno Aburto-Posadas-Ruiz Massieu, que juegue Monopoly con Arturo Montiel, que fotografíe los palacios intocables en Michoacán, que pruebe -el ahora histórica- agua del Estado de México, que juegue a adivinar cuántos balazos habrá mañana, que se eche una carrerita contra Roberto Madrazo, que le pida una acompañante al Góber Precioso, que desafíe la gravedad en bici en la ciclopista capitalina, que platique con un Ministerio Público de leyes, y con un diputado de congruencia, que elija de un multivariado y colorido bufet a nivel federal, estatal o municipal, que es inagotable y se multiplican los platillos indulgentemente.

La novedad -por inverosímil que se manifieste- nunca deja de ser digerible. Todo indica que la capacidad de sorpresa es momentánea y de inmediato se relaja en el partido contra Costa Rica, los suministros de Lady Gaga o el chisme protagónico del momento.

Y nosotros parecemos estar en riguroso Zen, zin zaber que la contemplación es en sí un llamado actuar. En una realidad plagada de requerimientos urgentes por parte de todo cráneo, son absurdas abulia e inacción.

Más de una vez al día uno tendría que pellizcar la nalga izquierda para saciar la duda de si la certificada frontera entre ficción y realidad se habría alterado sin consulta previa. Y cuando el pellizco duela y aparentemente sigas despierto, vale preguntarte “¿y para qué?”.

Son tiempos inverosímiles. Se va pronto el fin de semana y el lunes es elástico como el Hulk que se rompía y dejaba peligrosa brea por doquier. Septiembre es atajo para Diciembre. Y Diciembre para indulgencia. Desvergüenza. Autocomplacencia. Cinismo. Indolencia. Ignorancia. Todas resultado de la inconciencia, misma que genera un comportamiento idílico y egóico, que anuda el cuello de la bolsa en donde nos encontramos, suponiendo que de ese modo estaremos tranquilos… y bien shidos.