lunes, 14 de febrero de 2011

Instrucciones para tener más followers


Si algo hay que dar crédito a la Web 2.0, es que su espíritu voraz y ventajoso no tiene límite.
Piénsalo un momento: en la Web 1.0 el editor era el responsable de los contenidos de los sitios y el lector, de algún modo se quedaba inmóvil, al borde de la pantalla con toda la pasividad que puede generar una lectura.

Para la versión 2, esto cambió. Imagina la red (al más puro estilo Farmville) como una parcela de campo donde el dueño permite que entre quien quiera para que la siembre y la cultive. El morbo, la curiosidad y las ganas de compartir miradas a otras tierras será el punto de gravitación, pero al final del día, el dueño de las hectáreas será quien lucre con lo que otros producen. El público es el generador y consumidor del contenido y el dueño no mueve un dedo.

Era lo que le faltaba al absurdo para que esta época lo adoptara como badge recién adquirido en Foursquare. El ego y el ocio instan a que se ventile la comunicación del modo más volátil posible. 140 caracteres. Unos cuantos segundos. Salir del anonimato y volverte trend topic. Hacer grupos y regodearte como fabricante de algo que es intangible. Estar enredado. Literal.

La vida en la red es lo más parecido a verte como araña. Tejes varios filamentos que bien podrán operar como obstáculo, y requerirás múltiples brazos y ojos para poder revisar tus cuentas y cuentos.

¿Qué twiteas para ganar aprecio en la Red? Hay quienes deciden generar una bitácora de su día, en respuesta obvia de que no hay quien lo escuche. Hay otros que optan por revelar que está desayunando un kiwi como dato quintaescencial para el desarrollo de la civilización. Y en teoría la herramienta está ahí para que compartas al mundo la respuesta personal al “¿Qué está pasando?”

Naturalmente, en la medida en la que parezcas más inteligente, más irónico, más sabio y más oportuno, será el grado en el que consigas más followers en el holográfico mundo donde un follow es el nuevo abrazo.

Para que alguien te siga (a menos que hayas estrenado la loción que te regalaron en Navidad o seas Mubarak sin escoltas), requieres tener algo de valor. Y ese es precisamente el punto: en las redes sociales vales con una métrica más cool, lo que permite que nerds y geeks estén mucho más emocionados que el verdadero cool análogo.

Ahora tu reputación se mide en cuántos pelados siguen lo que sea que tengas que decir. Sea tuyo o pirateado. El chiste es que parezcas inteligente, cool, único o gracioso. De este modo quien te siga tendrá un texto que copiar o piratear para buscar que alguien más lo siga.

viernes, 4 de febrero de 2011

Instrucciones para saludar a alguien


El paso medido, cronometrado y calculado para evitar toparte con alguien, usualmente desemboca en lo contrario. De este modo, verle a la cara es equivalente a verte la cara:


"¿Cómo estás?"
"Bien, ¿y tú?"
"También"
"Bueno, tengo prisa, bye"
"Sí, yo también, adiós"


El saludo se ha vuelto cosa tan mezquina, rutinaria y burda, que los diputados deberían dejar sus insultos y sus iPads por un momento y promover una iniciativa para derogar los saludos al ser éstos, un cliché y lugares comunes esparcidos de un modo hipócrita y poco elegante.

¿O qué quiere decir el "Bien, gracias ¿Tú?, si no es "Me da lo mismo, quiero evitarte, pero tengo que ser diplomático"? Ese 'bien' no sólo navega en una amplitud de disonancia, sino en un resorte para esquivar una plática no deseada. Por lo mismo, no necesariamente la respuesta estriba en que estés bien o mal, sino en que estés.

Por el contrario, la respuesta más honesta tendría que ser 'mal, estoy mal porque no sé cómo decirte que no te quiero saludar'. Ahí tienes, por ejemplo, la diplomacia al saludar en Egipto.

Un saludo es reconocer a alguien y expresar lo que sea que esto provoque en uno: usualmente alegría o sorpresa. Paradójicamente con este momento, la historia del saludo data de 5 mil años atrás, en tierras egipcias y mostrado en jeroglíficos, donde por medio de estrechar un par de sudadas manos, se sellaban pactos entre hombres y deidades.

En Grecia y Roma se acostumbraba saludar chocando las manos, pero con una pequeña variante a la de hoy: tenías que tomar la muñeca de la otra persona y el apretón tenía que ser sustancialmente fuerte.  Esto se le atribuye a que cuando se encontraban dos aldeanos de distantes pueblos, lo primero que debías hacer era pacíficamente retirar sus dagas y ver cómo reaccionaba la contraparte. Si ésta hacía lo mismo, entonces se guardaba el arma y agarrabas fuertemente la muñeca derecha de la otra persona para que no sacara su arma y te apuñalaran a traición. Sólo así podían hablar tranquilamente.

En la Edad Media se daba la mano contraria al lugar donde llevabas tu espada, (que solía ir colgada a la izquierda) al ofrecer esa mano el contrincante observaba que no ibas a sacar la espada y apañarlo cual sanguijuela.

Poco a poco, el saludo fue evolucionando en una camaradería, hasta que hoy se encuentra, casi como una App en iTunes, como un must, como un gadget pasado de moda, como un auto 1999 en lamentable estado: ¿Qué significa: “Besos o Xoxo”, por ejemplo? El descarado nivel de lejanía proxémica nos hace tamagochis alimentados por estímulos semiautómatas.

Y estas letras no son una apología grinch a sonreírle al prójimo, sino a cuestionar el nivel de superficialidad y automatismo que hemos cultivado.

¿Qué pasaría si saludaras a quien realmente quieres saludar? ¿Si conscientemente registraras el campo energético de tu interlocutor y estrecharas con total fuerza e intención su mano? ¿Si al preguntar: “¿Cómo estás?”, realmente te interesara?

viernes, 28 de enero de 2011

Instrucciones para ver la Luna



It may be that the old astrologers had the truth exactly reversed, when they believed that the stars controlled the destinies of men. The time may come when men control the destinies of stars.
-          Arthur C. Clarke


Lo primero sería saber que de ninguna manera podríamos verla sin que ella deseara ser vista.
Esta anuencia vuoyerista colma y calma cualquier ansia astronómica o meramente anecdótica que pueda emerger en el público cautivo.

Para ver la Luna en serio hay que convertirse en cuerpo celeste. Esto es, encontrar un espacio reservado exclusivamente para apostarse sobre la plataforma de la hipnosis y poder recorrer -delinear una vez más- el perímetro luminoso de dicha incandescencia. Unir los puntos y saber que no habrá fin numérico, si es que estamos hablando de números imaginarios, que serían los únicos que podrían dibujar la Luna.

Me resulta inexplicable acostumbrarse a no voltear a ver hacia arriba. Es sinónimo perfecto de aceptar al mundo en su versión más ramplona y contentarte con su desasosiego.

Tal vez para eso existe el cielo: como un recordatorio de la intangibilidad, pero accesabilidad de una realidad distinta a la que es percibida por estos cinco limitados (y también ramplones) sentidos.

Sin necesariamente hacerlo, pero febrilmente querer aullar cuando ni parpadeas frente al disco, a la uña recortada o al cuarto creciente, a la sandía gris, al conejo apenas perceptible, el espectáculo es el más impactante que un ser pudiera presenciar y deberían arrestar por no voltear a verla - al menos diario-.

Parece tan cotidiana, tan frugal y urbana, que hasta la adaptamos a nombres y apellidos, a marcas, espejos, tiendas, canciones y la asociamos con creencias de cualquier tipo de suceso en principio incomprensible.

Para ver la Luna tienes que saber que te provocará lo que precisamente traes dentro, como una proyección fidedigna de cualquier emoción o falta de esta, en una refinada versión de un intempestivo buffet experiencial y testimonial.

La noche boca arriba se tiende sin penumbra como lámpara velada en lo alto de la pared más alta que encuentres. Las poleas invisibles que sostienen y juguetean con las estrellas, que tan cómodamente se balancean para asombro del respetable le han puesto un caballito de tequila a la misma noche. ¿Quién hubiera pensado que la Luna lo iba a tener todo tramado?

Un vacío que se instala entre el (celeste) cuerpo y el cuerpo (celeste) no alcanza a dimensionar ni la magnitud ni el desmayo que de modo lógico generaría.

Así, con un halo, verde, roja, panzona, pellizcada, cacariza o escondida, la Luna y su origen, enigma apenas explicable por medio de mitologías o síndromes de adecuación se tiende como perfecto post it a la vista de todos, como para recordar constante e insidiosamente que no hay cómo creer que todo esto es “normal”, rutinario ni oblongo.

jueves, 6 de enero de 2011

Instrucciones para cumplir años


Debo decir que me da bronca, siquiera la idea de cumplirlos. No precisamente por la taruga idea de envejecer e intentar ganar una batalla que se pierde con el nacer, sino por el concepto de cumplir como un deber ya dado o programado, en este caso con el Sargento del tránsito vital.

Como si cada 365 días uno tuviera esta obligación casi fiscal de pasar a un estrado donde intentas justificar tu existencia ante el mundo con carita de no necesariamente saber lo que está sucediendo, pero repartir abrazos y besos a conocidos y archienemigos, el día transcurre con una anormalidad embarazosa.

Por ejemplo, si la existencia se contabilizara en una especie de legítimos logros con impacto propio y colectivo, el número sería significativamente más relevante que un mero odómetro al que much@s le temen por regla social. Y es que siempre se puede imaginar una conversación mucho más relevante: ¿Cuántos salvamentos comunitarios tienes? -Cinco, ¿y tú? No, yo apenas voy por el segundo, estoy chico aún. En todos sentidos.

A estas alturas de la vida, lo mejor que le puedes encontrar a un cumpleaños es que no sea tuyo. Pero éstos parecen embelezarse con uno hasta hacer desaparecer, casi del todo, este grincheo. Te bastarán unas cuantas horas para ser rodeado por un equipo SWAT de gente que ni conocías deseándote 'lo mejor, mejor del mundo, siempre'. Y se les agradece. Las palabras como los autos tienen pensiones donde se les deja unos días para usar otro medio en cuestión sin estresarse por su fuga voluntaria o involuntaria.

Romperás envolturas de regalos minuciosamente elegidas que combinan perfectamente con el moño y con la indiferencia y prisa por saber qué hay dentro. Te cantarán de un modo incómodo e incompetente Las Mañanitas que querrás que sean las nochecitas. Notarás quién tiene buena agenda, buena memoria y a quién se le escapó la fecha, por lo que tendrás que odiarlo por varios y reglamentarios lustros.

En los cumpleaños te llegan a decir que es 'tu día', lo que sea que esto signifique: Disney Face, doble hilera de dientes sonriendo para la foto, espíritu de ser el He Man del pastel de 9 pisos y en una de esas, secretamente esperar a que todos los días el trato sea igual.

De pronto hay un momento en todo buen cumpleaños, en el que, entre llamada y llamada de gente que hasta trabajo cuesta recordarla, que te separas brevemente del compulsivo latir del día, evitas los espejos que exigen atención constante (y para esta hora sostienen ya otras esperanzas), eructan ciertamente otras imágenes que no eran las invocadas (pero ¡qué diablos! son precisamente imágenes) y juegas con las preguntas: esas que te haces en días como estos y deberías hacerte también en días como otros.

Lo que sigue es el duchazo de agua fría que aparentemente incomoda pero es lo que mejor ayuda a la circulación y a saber que circulas con soltura, sea o no tu cumpleaños, y sonriendo con cada gesto de la gente.

Sea uno festivo o uno cotidiano.

sábado, 1 de enero de 2011

Instrucciones para entender que ya es otro año


Saber que un año se trata de un ciclo artificial, inventado y denotado por el hombre con el fin de administrar sus signos vitales, puede ser liberador o castrante, y en sí continúa siendo una elección.

Sea que lo grinch te haya abofeteado como affaire cachado, o tus fiestas hayan sido peligrosas odas a Baco, tienen un fin que evidencian el disimulo del paso del tiempo y la cuenta de lo que has hecho con él.


Para el coleccionista de cuentas, hurgar en las bisagras de los sietes y en los ganchos de los cincos puede referir una emoción más bien entendida como furor de esa misma acumulación y por ello un arte hecho ocio transformado en integridad del desperdicio.

Pero si acaso hubiera una rima que permitiera ser consecuente con un día más, sería algo parecido a usar la inteligencia con la que se cuenta para generar una consecuencia palpable de aquello que definitivamente no vaya a generar arrepentimiento. Esto sería vivir lo más cercano a un estado de verdadera civilización. Sin sustentar la experiencia como una dependiente de los filtros (agudos u obtusos) con los que se proyectan y se conciben como excepcional y dogmáticamente absolutos.

Pero al segundo parpadeo despiertas de la fiesta tirado en una cantina en febrero y contando más dogmas de los que pudieran ser resueltos o al menos identificados. Si no, tiempo al tiempo, lo que sea que esto signifiquen para ti y para febrero.

Si el tiempo existe como algo diferente a un concepto es un apartado que no tendría por qué estarlo del sentido común, dado el liviano encanto que engendra vivir de recuerdos o anhelos, de arrepentimientos no vividos, de culpas que te hacen dócil, de expectativas idealizadoras de la siguiente y más próxima decepción, en cualquiera de los casos, todos ajenos a la fidelidad, la alta definición de la experiencia, que es el instante actual, para con el cual, curiosamente, existe todo tipo de prebendas y disculpas para distraerse y ser ajeno a este momento de conciencia (que es todo cuanto se tiene, sobre cualquier tipo de posesión).

Un año es una vida y viceversa. Cuando se tiene el mínimo (y por ello plausible) sentido de reconocimiento de qué pasa y por qué, lo mínimo que puede ocurrir es un inmediato y fértil aflojamiento y distensión de la importancia personal.

Frente a un año, nuestra persona es una f(r)actura al aire, una estadística incomprendida y un fondo revolvente de algún banco impronunciable de deseos, de órganos o de lingotes.

Hacerte cargo de tu experiencia, por lo mismo, no es fácil de cultivar, especialmente cuando cualquier cultivo se da como resultado de la casualidad o del azar.

Dentro de los rituales de cambiar todos los calcetines de cajón en un armario imaginable, como lo supone agregar un número al año, hay posibilidades para transitar varias latitudes. Desde seguir sumando años a la vida y no a vida a los años, hasta saber que el año, como el día, el mes y la semana, son constructos que elaboramos para tranquilizarnos y respirar en paz, por pretender tener domado el mundo y con él, las doce uvas compulsivamente tragadas para seguir echando la feroz cumbia.

Sólo que al domarlo se sobreentiende un sutil pero contundente acto de responsabilidad.
Después de todo, si no eres capaz de asumir la responsabilidad de tu propia mente no habrá mucho qué hacer.


Ni en este año, ni en cualquiera.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Instrucciones para poner freno de mano al año


Recuerdo que los años se iban escandalosamente rápido entre onmásticos torcidos y dedos artríticos. Sabía de lo escurridizos y reptantes que son para hacerse pasar por semestres y hasta meses, pero la contabilidad creativa que supone el trayecto del punto A al B del día de un modo hurañamente mecánico los convierte en constructo residual de lo que tendría que ser una vida.

Un año es una ideación artificial. ¿Quién dijo que tendrían que ser 365 días los recovecos que le caben a este placard? De ahí que el desencuentro con las cifras y las categorías permitan ver como endeble hasta la cantidad de años que uno posee (esto es donde se pone bueno esto).
Pero un año en retrospectiva no es otra cosa más que el reflejo de un día y de una vida, sin mayor vuelta ni peritaje. Lo que uno confecciona y destroza suele ser cíclico y encuentra patrones que difícilmente se resisten al vistazo panorámico.

Así como en un año pasan muchas cosas, la melancolía por terminar un ciclo (que no es necesariamente digerirlo) otorga la posibilidad de turistear en la alfombra roja de la conciencia y valorar si en el fondo, dicho ciclo merece ser eso o puede desdoblarse en otra cosa. Algo que resulte nuevo, poco evidente y al menos, lo suficientemente lejano a un aburrido y pusilánime caminar del punto A al B.

Nacer, crecer, reprobar un examen (o una colección de ellos), idiotizarse con videojuegos, muñecas y luego novios y novias, casarse, reproducirse, ver la tele , trabajar como insano y morir parece ser lo suficientemente entretenido como para quedarse en una guardería toda la vida.

Por encima supone ser un reto, pero ante la incuestionable e irresoluble duda de lo que esto pueda significar para un próximo evento, se opta por el inmediato plazo: “total, de algo me he de morir…”.

Uno manda correos, cadenas y palabras con el menor empacho ni emoción deseando “lo mejor de lo mejor” sin siquiera entender lo trillado y absurdo que eso puede ser. Pero se queda tranquilo por haber cumplido la tarea moral. En esas líneas, en esas palabras corre una importante carga de lo que se es y lo que se transmite no es otra cosa que una extensión de sí.

Y en este reto significativo los conceptos y sus designaciones pululan como felicitaciones de Año Nuevo que en un instante se convierten en felicitaciones de cumpleaños, de bodas y de recuperación por la enfermedad mortal. La fugacidad de este juego es tan hipnotizante que no permite reparar en ella.

Un freno de mano podría ser optar por acariciar el punto A y el B y patearlos como una lata de 
refresco imprevista. Desnudar cualquier ruta programada que tenga que ver con satisfacer nece(si)dades impuestas que tengan como fin cumplir el rol familiar, social y del ego que sólo puede asegurar una insana competencia estresante y una abierta herida autodestructiva por complicar lo que de por sí es simple y fundamentalmente transitable.

Los seres humanos nos complicamos tanto las cosas, que hasta hemos privatizado el agua, misma que para ser bebida, se paga más cara que la gasolina, aunque ésta última no quiere quedarse atrás en esta carrera. Lo que supone ser una civilización encuentra en guerras domésticas, civiles, frías y de las galaxias, la llave para embrutecerse de poder y luego no tener idea qué diablos hacer con él.

En un año pasan muchas cosas.
Que no pasen inadvertidas es por lo menos, un tremendo y poderoso avance.

martes, 21 de diciembre de 2010

Instrucciones para grinchear con soltura


No es necesario escupirle al ponche ni activar la jeta más ponchada que tengas. Con ser almorzado por un tránsito vial que es ya una insignia permanente del gusto masoquista del ciudadano atrapado por los seasonalities, bastaría para refugiarte en cualquier excusa y quedarte a salvo en cualquier bastión de tranquilidad.
 

Pero a salvo no basta para entender un islote en el año que ha sido diseñado para cambiar de ciclo con un estricto apego al centro comercialvuelto tótem.

Probablemente se deba al reprobable hecho de no haber recibido el Castillo Grayskull claramente solicitado en la mentada carta, y de fondo escuchar las carcajadas del gordo rojo. O en una de esas, a tener que chutarte la plática política de los tíos borrachos y los reportes de inteligencia de las tías pretenciosas.


Lo cierto es que la temporada es realmente disfrutable si eres niño: te dan juguetes, viajes y vacaciones. De otro modo, padeces el tránsito, la turba de gente y la enrarecida y tensa atmósfera: por cmprar lo que le va a quedar y fingir que le gustó, por decidir si vas a casa de tus suegros o de tus padres, por proteger el aguinaldo de ojos ajenos para que sólo tus ojos lo vean materializado en tu nueva pantalla plana, en poner Disney face en la comida de la empresa y socialmente aceptar que no te burlarás de las ojeras ajenas, sólo porque las tuyas tienen ya una preocupante pero exótica coloración verdosa.


Otro ingrediente para rehuirle a esta fiesta son los villancicos. Cantarle a una estación puede ser pasable (sin la obligada duda en torno de una posible sanidad) pero no bajo las chillonas y melosas condiciones de lo que técnicamente se conoce como villancico.

Pero el punto crucial es que -siendo honestos- antier era todavía Septiembre (ése es el verdadero tiempo real) y pasadomañana será Febrero.
 

El tiempo se va entre las manos, no por una devastación de los recursos temporales, sino de los procesos de cpnciencia que derivan en saber estar alerta -no de una compulsiva compra navideña, sino de un refinamiento en los procesos de atención.
 

Con esta herramienta es con la que puede percibirse una temporada que no es otra cosa sino eso: una designación conceptual que aprehende y aprende que no hay días ni fechas absolutas, como tampoco nece(si)dad de volverse siervo de ellas, de una u otra forma.