jueves, 29 de marzo de 2007

Instrucciones para verse al espejo



El encanto de las utopías en una superficie aparentemente reflejante ha vuelto problemática la realidad cotidiana desde que pensamos que la autoimagen sería la portadora de distinción, identidad y baños de vapor mentales.


Para poder verse al espejo con propiedad uno requiere ser diestro en el arte de mover rápido los globos oculares. No tiene todo el día para fisgonearse cada pliegue: finalmente, uno ya debería saber lo que va a ver. El efecto scanning imperativo. No se detenga en microáreas que de verdad no tienen importancia, o que sabe que están dadas por perdidas. Mejor balancéese sobre su mejor eje, ponga cara astuta (especialmente si es uno de esos prácticos elevadores con espejos), y haga de cuenta que no es usted quien se está escudriñando sus más transparentes regiones.


Puede seguir la metodología de hacer de cuenta que este-cuerpo-no-es-mío (deberíamos hacer esto todo el tiempo) y sacar el colmillo como lo saca con el contigüo. Otra estrategia es accionar el scanning de arriba para abajo o en dirección inversa. La idea es poner en la vista el orden natural de los arquetipos que nos gusta confirmar, ensalsar y finalmente creer.


De ahí que a uno no le extrañe cuando el tiempo pase (porque... ni modo, éste tiene que pasar), las cirugías de fortuna y los doctores Del Villar pululen con mitocondrias en su mano izquierda.


Al espejo se le debería declarar un objeto ridículo. Obsoleto. Un instrumento para medir el paso del tiempo y para busrlarse de uno mismo. ¿Hace cuánto tiempo se narra que los indígenas se maravillaron con un espejo mostrado por exploradores? Ese choque cultural es el que debería reinar a diario cuando uno tal vez ruega que en la lisa superficie frente a uno aparezca lo que es inaparecible, o desaparezca lo que es un hecho que ya apareció.


Los espejos en un gimnasio son muy divertidos: tienen que soportar sacos musculares que asumen éstos como aduanas de admiración y sardónicas cartas de relación de la microevolución inflamatoria de uno de sus promiscuos deltoides. Uno no sabe a cuál irle cuando tiene frente a sí un saco y su reflejo.


¿Qué pasaría si para ver al espejo tuviéramos a bien detectar que el hecho de ver es un condicionamiento limitado por órganos sensoriales y por reflejo de luz incidente (sin atender por ahora las aberraciones que un espejo tiene, por mejor pulido que sea)? Probablemente daría lo mismo vernos ahí y olvidaríamos esa sosa idea persecutoria del ego en torno al miniajuste y corrección ulterior de la dignidad icónico del yo.


Después de todo, ¿quién está a gusto con su figura corporal?

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